Todo cuando quiera

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Capitulo I

¿Cómo comienza el día de una empresaria?

Pues siendo interrumpido por el estruendo del timbre de llamada de un teléfono celular.

Tenía tantas cosas en mi cabeza que había olvidado apagarlo la noche anterior antes de dormir; me estiré sobre la cama encontrándome un cuerpo justo a mi lado, rodé los ojos y bufé al verlo, él no se daba por vencido. Salí de la cama de un salto y me encaminé al baño y coloqué seguro a la puerta luego de entrar; no necesitaba interrupciones mañaneras hoy no tenía tiempo para ello.

Las horas del día eran para ser aprovechadas y el sexo —no tan bueno — con Simon, no lo valía. Si algo había aprendido en tantos años en el negocio era que el control es fundamental, además de una buena organización, y que perderlo sería capaz de desestabilizar todo el equilibrio que había creado. Era veinte de agosto, faltaban menos cuatro meses para el décimo aniversario de mi empresa, fundada cuando tenía humildes diecinueve años.

Sin embargo, todo ese tiempo no había sido suficiente para explotar todo el potencial que sabía que tenía. Cada día que pasaba era otro más en el que podía enriquecer mi imperio un poco más. Luego de cubrir mis necesidades y darme una ducha salí del baño me dirigí al armario para tomar mi atuendo de ese día, nada fuera de lo común, una falsa tubo hasta la rodilla, una camisa blanca manga larga y unos tacones para completar el atuendo. Cuando salí, doblando las mangas de la camisa, me posicioné frente a la cama queensite, Simon aún no se había despertado y me estaba haciendo perder el tiempo.

Suspiré aburrida y salí de la habitación en dirección a la cocina, una idea había pasado por mi cabeza haciéndome sonreír con crueldad; al llegar a la cocina me encontré con Clara —mi ama de llaves y cocinera —.

—Buenos días, niña Alessa —me saludó entrenándose mi taza de café.

—Buen día, Clarita —respondí — necesita un jarra de agua helada, por favor —le sonreí con inocencia cuando me miro levantando una ceja.

Ella sabía lo que haría, no era la primera vez que pasaba.

—Le diré a Milo que saque el colchón y lo coloque de nuevo cuando esté seco — me dijo mientras se acercaba a la nevera a buscar el agua, sonreí.

—Tu si sabes, Clarita —contesté, tomando la jarra que me entregaba — vuelvo en un momento.

Casi corrí hasta la habitación ansiosa por lo que iba a hacer.

—Debiste salir de aquí antes de que despertara, Simon —musité para mi misma estando frente a él —una lástima que hicieras caso omiso — lamenté haciendo un puchero gracioso.

 

Volteé el contenido de la jarra justo sobre la cabeza de Simon y casi corrí fuera de la habitación ignorando los gritos que hacía para llamar mí atención, algunos hombres necesitaban la completa aceptación de la mujer para ser felices o mejor dicho para estar satisfechos. Una lástima que conmigo no conseguían una mirada dulce que los hacía creer que me tenían a sus pies, eso nunca pasaba conmigo. Pero debo admitir que esa misma mirada me la han regalado más de tres individuos luego de haber pasado por mi cama.

Me despedí de Clara y tome mis cosas para irme a la oficina, faltaban dieciséis minutos para las siete de la mañana y yo no podía llegar tarde; al salir de casa Marco— mi jefe de seguridad— me esperaba junto a la puerta de mi coche como cada mañana. Recuerdo que no dejaba de decirme lo peligroso que era salir sola en coche pero me negaba a tener un chofer por lo que, cada mañana, salgo seguida de un auto donde va él y otro acompañante que cambia casi a diario.

Al llegar a su lado lo saludé con un asentamiento mientras entraba al coche, Marco cerró la puerta luego de que entré y segundos después lo vi montarse en el que estaba estacionado detrás.

El camino se me hizo corto, gracias a Dios no me encontré el tráfico tan común en Nueva York; estaciones mi auto en el subterráneo de la empresa y tome el elevador hasta la planta baja. Algo me enseñaron una vez y aunque casi no tenía sentido para muchos, para mí era una norma inquebrantable.

Cada mañana tenía la oportunidad de subir desde el subterráneo hasta mi oficina sin molestias pero una prefería pasar por cada piso, saludar a las personas que ahí trabajan y que cada uno de ellos tuviera presente quien era la jefa.

Manda, de recepción; llevaba trabajando tres años, ella creía no ser tomada en cuenta hasta que un generoso cheque le era entregado anualmente. Carlos, de contaduría; un hombre casado con una hija recién nacida, él creía que cumplía con su trabajo mientras se cogiera a la jefa del departamento. Galileo, departamento de aseo; llevaba desde el inicio de la empresa por esos lares, uno de los más fieles...hasta que hace un año empezó a robar productos de limpieza.



Esteffany B.

Editado: 06.06.2019

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