Tú, mi salvación

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Capítulo 25

Entrar a la tienda de ropa interior es como llegar al paraíso, definitivamente hoy voy a quedar más pobre de lo que soy con tantas compras, me llevaré todo.

Aunque no tenga por ahora a quien mostrarle mi ropa interior —porque no permitiré que Samuel se me acerque—, siempre me gusta andar bien arreglada y que combine todo. Nunca se sabe cuándo se presentará alguna emergencia.

En la sección de encajes hay tantos diseños que no sé cuál escoger, definitivamente necesito buscarme un amante para poder estrenar todo lo que voy a comprar. Sonrío ante mi ocurrencia. Sería el colmo meterme en otro problema, con Samuel es suficiente; por lo menos le puedo presumir y enseñárselos a Alina, se morirá de envidia.

Entre más veo, más me repito que tengo que controlarme; cada conjunto que miro, lo quiero y pienso comprarlo, a este paso voy a gastar todos mis ahorros y tendré ropa interior para estrenar por años. Vuelvo a reír. Al girar mi cuerpo choco con alguien. Ambos nos disculpamos mientras mis conjuntos caen al suelo. Muy amablemente, la otra persona me ayuda a levantar mis cosas. Sin embargo, al alzar la mirada y verlo, casi me desmayo. Su cara me dice que su sorpresa es mayor que la mía.

—Carolina, ¿eres tú? —pregunta, cerrando sus ojos varias veces como si creyera que soy un espejismo.

—A-Alex —balbuceo.

No pierde tiempo y me abraza con fuerza, aspirando sobre mi cabello al mismo tiempo que a mi nariz le invade su olor varonil. Aprovecho el momento y también lo abrazo, acariciando su espalda lentamente.

—Es increíble verte por acá. Nunca imaginé encontrarme contigo —confiesa. Mira a mi alrededor como si buscara a alguien.

—La sorprendida soy yo al verte en una tienda de ropa interior femenina —cuestiono. No quiero pensar que esté acompañando a la mujer de ayer.

Él se sonroja y sonríe.

—Ando con mi compañero de departamento y su novia. Para no quedarme solo, decidí acompañarlos para ir a algún lado. Ella decidió entrar cuando encontró el local de paso. Y tú, ¿con quién andas?

—Encontré una oferta de vuelo —indico. Dudo en decirle la verdad, pero lo hago —. Me enseñaste a valerme de las promociones, así que decidí aprovecharla.

—Pero debiste escribirme para decirme que ibas a venir. Hubiera hecho arreglos para mostrarte los pocos lugares que conozco de acá, conversar un poco ya que ni nos despedimos. —Sonríe con tristeza—. ¿Hasta cuándo vas a estar acá?

—Mañana regreso en la tarde —informo.

Alex mira su reloj y a su alrededor.

 —¿Te parece si me despido de mis amigos y vamos a tomar algo por allí? —ofrece.

No sé qué responderle. Al fin lo tengo frente a mí, pero no quiero que mis sentimientos vuelvan a alterarse. Ni siquiera sé cómo estoy de pie, las piernas me tiemblan. No entiendo cómo es posible que de todos los lugares y de tantas personas, lo haya encontrado aquí.

—No sé, no quiero que dejes a tus amigos por mí.

—Se las arreglarán solos —insiste—, incluso soy yo el que anda de más. Déjame irlos a buscar, no te vayas a ir sin mí.

Miro su espalda hasta que desaparece, al poco tiempo reacciono y voy directo a la caja para cancelar lo que he escogido. La idea de irme enseguida desaparece cuando se pone a mi lado, no tengo escapatoria. Toma mis bolsas para ayudarme. Tener las manos sin sostener nada más que mi bolso provoca más nervios en mí.

—No conozco mucho la ciudad, pero creo que hay un lugar bonito cerca de aquí donde podemos sentarnos a hablar —manifiesta. Solo me dejo llevar.

Caminamos en silencio por unos minutos e ingresamos a un lugar donde hay mucha variedad de postres. Pido un esponjado de maracuyá y Alex un mousse de chocolate helado. Mientras esperamos que nos sirvan, nos miramos pero no decimos nada.

Pasan los minutos y arriba el pedido, el delicioso sabor inunda mi paladar. Cuando levanto la mirada, Alex me ofrece probar del suyo y, aunque dudo, finalmente acepto. Una punzada de dolor atraviesa mi pecho al recordar que eso hacíamos cuando solíamos comer algo. Con todo el poder del mundo, me concentro en el postre y no en el hombre que tengo frente a mí.

—¿Cómo está Alina? —pregunta aligerando el ambiente.

—Está enorme. —Sonrío al recordarla. Ha sido mi mejor compañía—, y cada día más terrible. Me ha dañado muchas cosas, pero es la consentida de la casa, lo sabe y por eso se aprovecha.

—Ya me la imagino, pero tienes que disciplinarla también. Ella necesita saber que hay reglas —especifica.



Gisselle Mendoza

Editado: 27.02.2019

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