Twenty Shadows

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Capítulo 3. Loca de atar.

Quería seguir con los ojos cerrados, pero esa maldita luz no me lo permitía. Abrí lentamente los ojos, mi visión era borrosa y lo único que podía oír era un pitido agudo y con ciertos intervalos de tiempo. No sabía muy bien que había pasado ni donde estaba. Traté de hacer memoria, lo último que había grabado en mi mente (o al menos lo que podía recordar) era mi imagen en el espejo del baño de la universidad. 

Mi vista se fue aclarado poco a poco, pude apreciar que me encontraba en una habitación blanca y que estaba acostada en una cama para nada cómoda. Con la mejoría de mi visión mi mente también se fue aclarado, poco a poco nuevas imágenes se hacían presentes en mi cabeza.

Un test de embarazo, lágrimas, una ventana, el césped de la universidad cinco pisos abajo...

Sí. Me había lanzado de un quinto piso, y al parecer no había sido suficiente. Seguía viva y sedada, muy sedada, porque no sentía ningún tipo de dolor, y mi cuerpo no debía de estar en un buen estado. 
Quise hacer un breve análisis de mi estado, pero dejé eso para otro momento al ver a un hombre que jamás había visto, sentado en una silla enfrente de mi cama. 

El hombre, bueno, el chico (no debía ni tener veinticinco años) vestía de negro, sus ojos eran oscuros, como los míos, incluso más. Su pelo era de un tono cenizo, era musculoso y me sonreía. Sin duda su sonrisa era perfecta, todo en el era perfecto, demasiado perfecto en realidad. 

El chico me miraba fijamente, ni siquiera parpadeaba, comenzaba a darme mala espina.

—¿Quién eres?—Le pregunté con una voz áspera y seca. El muchacho sonrió aún más.

—No soy nadie, pero soy todo.—Dijo divertido. 

—¿Qué?—¡Genial! Me había tocado un pirado o un payaso, en todo caso lo que menos necesitaba era que alguien me molestara en esos momentos. 

—Sí, bueno, ya es un poco difícil de explicar en una situación normal, como para explicárselo a una persona que ha recibido un golpe en la cabeza y esta drogada.—Su voz era dulce y muy atrayente, de alguna manera me traía paz. ¡Aunque aquel tipo fuera raro de narices! Por un momento se me pasó una idea loca por mi cabeza, idea que no pude retener en mi interior.

—¿Estoy muerta?—Le pregunté como si fuera estúpida. Por alguna razón creía que había muerto y estaba en algún lugar extraño con un tipo extraño, sí, no tiene sentido, pero estaba demasiado dopada como para pensar de forma coherente. 

El chico soltó una sonora carcajada. Después de todo mi pregunta fue estúpida. Cuando se cansó de reír me miró nuevamente, como si me fuese a devorar con los ojos.

—No, no lo estás. Bueno, sí. No.
En realidad... Digamos que estuviste muerta, por casi un minuto entero. Al menos los médicos te declararon clínicamente muerta durante ese breve periodo de tiempo. Fue una buena caída amiga.—Entonces morí...¿Por qué tuve que regresar? ¿No me podía haber quedado así? ¡Menuda mierda! 

Miré a mi alrededor nuevamente, había una ventana, fuera todo estaba oscuro, era de noche. 

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?—Le pregunté un tanto asustada.

—Una semana. Pensé que no ibas a despertar, estaba aburrido de esperar, tengo trabajo ¿sabes?—Me respondió frustrado.

—Sigo sin entender, ni te conozco. ¿Quién eres?—Volví a preguntarle.

—Creo haberte dado ya esa respuesta hace un momento.—Suspiré frustrada.

—Por lo menos dime tu nombre.

—¿Un nombre?—Se quedó un momento pensativo.—Stefan. Puedes llamarme Stefan si gustas, o como prefieras, me es indiferente.—Dijo sonriendo de nuevo y encogiéndose de hombros. 

—Bueno Stefan. ¿Qué haces aquí? No te conozco de nada. ¿Eres de esas personas que van a hablar con los enfermos terminales?—Le pregunté ya empezando a enfadarme.

—Si ese fuera el caso, créeme que tú serías a la última que visitaría.—De nuevo esa sonrisa burlona. No entendía nada de ese chico. 

—¿Y entonces qué haces aquí?

—Intenta moverte. Mueve tus manos. Así.—Stefan movió sus manos arriba y abajo enérgicamente. Yo dudé, pero él me animó con un gesto con la cabeza. Lo pensé nuevamente, pero finalmente cedí. Moví mis manos pero... no se movieron a la distancia que yo quería. Había un límite, algo que impedía su libre movimiento. Lleve mi vista hasta una de mis manos.

-¡¿Pero que demonios?!—Exclamé llena de pavor.—¿Qué es esto?—Le grité. 

—A mí no me mires. No fui yo quien te las puso.—Dijo levantando las manos en forma de defensa. Miré de nuevo lo que me impedía moverme con libertad. Mis manos había sido sujetadas por unas correas de cuero.—Tienes otras en los tobillos.—Dijo con esa maldita sonrisa otra vez. 



Sybil Reed

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En el texto hay: misterio, seres sobre naturales, romance

Editado: 26.04.2018

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