Última Señal

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Capítulo II

16 de enero de 2019, 6:47 a.m.

Amy Aravena, 18 años de edad

Un extraño zumbido que estaba presente en mi soñolienta mente iba aumentado su intensidad, este estaba tornándose cada vez más y más fuerte hasta el punto que llegué a pensar que había algo ajeno en mi pequeña habitación. Decidí no prestarle atención, quería fingir su ausencia, pero no podía. Evitar escuchar ese pitido era imposible, ya que, con cada segundo transcurrido, se tornaba a un tono familiar, tan familiar que lograron avivar cálidas lágrimas que brotaban desde mis ojos a mi descuidada mandíbula.

Ese sonido atiplado empezaba a cobrar sentido, era incapaz de olvidar. Todo se volvía a poner tan nítido como el mismísimo albor que se posaba en mi rostro en aquel tibio cuarto de hospital, aunque allí el sonido no era constante, sino paulatino. Ese ruido iba más allá de unas horas de estar en esa fría camilla, va exactamente cuando mi temple de chica impávida se rompió.

Podía sentir mis temblorosas manos suaves sudando, juraría que estaban empapando las delgadas sabanas que se encontraban tapando mi medio torso hasta mis pequeños pies. Era como estar recreando ese horrido momento, todo era más claro aún. Cómo no olvidar estar flotando en los brazos de un desconocido amigo, cómo no sentir los pequeños, pero ligeros, movimientos de un par de piernas yendo a un mejor lugar, y qué he de decir del suave bullicio de aquel tropel que estaba envuelta yo con aquella alma grata.

No fui la misma desde aquel entonces. Cada cierta noche, al azar, se repetía en bucle estas mismas sensaciones, imágenes, y, por supuesto, resonancias conocidas.

Sabía muy bien que tenía que esperar unos miserables minutos para iniciar con el día con normalidad, sin embargo, se me era absurdo mantener la calma cuando revivía todo eso. Decidí intentar mantener la calma por unos instantes para intentar llevarme por la levitación que estaba sintiendo.

Finalmente, cuando todas esas vivencias se alejaron completamente de mí, abrí los ojos pesadamente hasta estar completamente en mis sentidos. Dirigí mi mirar al reloj que se encontraba posando en mi diminuta mesa que está junta mi cama y mi ropero.

No sé cuánto tiempo estuve en trance observando los números que se marcaban en esa delgada y opaca pantalla, puesto a que me costaba mantener un ritmo lógico desde ese suceso que me ha logrado marcar profundamente.

Seguidamente escuché unos livianos pasos dirigirse a la puerta marrón de mi habitación.

—Cariño, sé que no va a ser fácil —dijo mi madre cuando estaba abriendo la puerta, mientras mantenía una sonrisa tímida y tenía una diminuta taza entre las manos—, pero debes de levantarte ya.

Sabía muy bien que ella también había quedada marcada desde ese día, podría atreverme a decir que igual o peor que yo, debido a que mi madre, Sofía, tenía ese dolor psicológico de la falaz culpa.

Aunque ella nunca me haya mencionado algo relacionado respecto al tema (habíamos acordado evitar lo más que pudiéramos hablar de ello), se sentía en su vibra, su hablar, su caminar y, principalmente, su ánima invadida por una impura conmoción que crecía gradualmente en todos los dieciséis de enero, justamente un día después de mi cumpleaños, lo cual la sumía en la más pura condena de arrepentimiento.

Posteriormente procedió a sentarse cerca donde me estaba posando. Me entregó gentilmente la taza, yo simplemente la agarré, mas no tomé.

Mi madre parecía estar reflexionando, tenía sus ojos en dirección al añoso suelo de madera. El líquido dentro de la taza estaba algo frío, era de esperarse, sabía que le tomó tiempo para agarrar la valentía para abrir la puerta, seguramente escuchó el crujido de mi cama cuando estaba teniendo ese mal episodio o nada más por este día.

—Ya me voy, tienes que ir a trabajar —soltó sin gracia alguna mi desdichada madre cuando se atrevió a mirarme—, espero que nada pase hoy.

Dio media vuelta y se retiró sin tambaleo alguno.

Tanto ella como yo sabíamos que hoy no sería un grato día, así que tendría que actuar que esto nunca pasó y seguir con el resto de horas que quedaban lidiar en un trabajo de medio tiempo en un café.

 

16 de enero de 2019, 8:32 a.m.

Paul Rivera, 17 años de edad

Estaba realmente feliz, se suponía que hoy sería el último día de revisión general que me tenían que realizar. Llevaba años yendo a constantes chequeos de salud, debido a un grave accidente que tomó lugar alrededor de 5 años.

Mis padres siempre me acompañaban, aunque, por ser un momento especial, también vino mi hermano, Andrés.

—Creo que eso será todo —dijo tras haber terminado la misma rutina de las otras veces—, espere acá, tengo que ir por algunos papeles para cerrar este procedimiento.

El doctor se retiró de la sala, dando así la posibilidad de conversar con mi hermano.



Max

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En el texto hay: tragedia, amor, adolecencia

Editado: 28.10.2019

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