Ultralita

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2. Primer día

Aprieto con fuerza los cordones de los botines, y termino de atarlos. Con prisas, agarro la carpeta donde guardo una libreta y un bolígrafo, aún no sé qué libros necesitaré, ni tampoco las clases a las que me apuntó Red.

Mirándome al espejo que hay en la puerta del armario, echo un último vistazo a las pintas que llevo; ojeras, una coleta medio deshecha, y…

«¿Dónde tengo el colgante?»

Frunzo el ceño, escrutando cada superficie de la habitación. Estaba convencida de haberlo dejado sobre la mesita de noche, pero no lo encuentro.

Me agacho y clavo la rodilla en el suelo para buscar debajo de la cama, mientras escucho de lejos a mi padre que me indica que llegaré tarde el primer día.

―¡Ya voy! ―exclamo en alto.

«¡Ahí estás!», pienso para mí al dar con el collar.

Casi a la carrera, bajo los escalones de dos en dos, sin darme tiempo a ponerme el colgante, así que lo guardo en el bolsillo del pantalón vaquero. Papá, abre la puerta de casa en cuanto me ve, y niega con la cabeza en cuanto paso por su lado pasándome el abrigo para que me lo ponga. ¿Estará pensando que soy la típica adolescente que tarda horas en arreglarse? Bueno, es posible que crea que es así, las veces que vino a visitarme a Jacksonville se quedaba hospedado en un hotel, y, por lo tanto, toda esta situación es nueva para ambos.

Agrando los ojos y siento como el corazón empieza a bombearme con más fuerza. Me he quedado petrificada al observar la densa niebla que proviene de la montaña, ni en mis peores pesadillas habría imaginado una estampa como esta. Tan solo sería superable si de pronto aparece de la nada un payaso, con una sonrisa diabólica en el rostro.

Pego un salto al sentir la mano de Red en el hombro, y suelto el aliento al darme cuenta de lo estúpida que estoy siendo. Me subo al jeep, arrimando la carpeta al pecho con fuerza. El desayuno de esta mañana con él, ha transcurrido en silencio, y parece que esa va a ser nuestra rutina. Un incómodo, y continúo mutismo.

Me fijo en el recorrido con la pretensión de regresar por mi cuenta más tarde. Como casi todo en este lugar, el edificio está al pie de la carretera, justo en el límite del pueblo. El instituto, por llamarlo de alguna manera, se parece a las construcciones prefabricadas hechas por bloques, que tanto se usan en caso de catástrofes naturales que hospedan a los damnificados. Esa idea logra que me sienta mal, ¿acaso ahora era una obra de caridad?

Con la lentitud de una abuelita de ochenta años, Red aparca en el pequeño solar asfaltado que sirve de parking tanto para alumnos como docentes, consiguiendo que varios grupos se volteen con curiosidad.

«¡Gracias, papá!», mi sarcasmo va en aumento, no me agrada ser el centro de atención.

―¿Te vengo a recoger a la salida y comemos juntos en el café de PJ? ―me comenta en cuanto saco un pie del coche.

―No es necesario que vayamos a comer fuera, puedo regresar a casa sola, me he fijado en el camino ―le respondo sosteniendo la puerta, mientras noto, por raro que parezca, como escrutan a la nueva.

―No es por… ―aprieta los labios, y se corrige―. Voy al café de PJ siempre, aún no he abastecido el frigorífico, así que no tenemos nada para cocinar.

―Está bien ―acepto, pero puntualizo―, nos veremos allí, preguntaré como llegar.

―¿Te avergüenza que venga?

―Mmm, ¿déjame pensar? ―realizo una mueca con la boca intentando sacarle importancia, y levanto una ceja― ¿Quieres la verdad o prefieres la versión adulterada?

―Siempre la verdad.

―No me avergüenzo, pero no es normal que vengas a recogerme a la salida como una niña de preescolar.

―Puede que tengas razón…

―La tengo ―. Miro por encima del hombro, y me doy cuenta de que la mayoría de los chicos han entrado, llegaré tarde ―. Tengo que irme, nos veremos allí, no te preocupes, sabré llegar ―le indico, y cierro la puerta con fuerza por culpa de las prisas.

Me hubiese gustado pararme a apreciar el paisaje, que es hermoso, por supuesto, pero siempre he sido una chica de asfalto. Todo es de color verde: los árboles, los troncos cubiertos de musgo, el suelo repleto de helechos. Hot Springs está situado en un valle, por lo tanto, todo lo que logro alcanzar con la vista son las montañas, la naturaleza en estado puro.

Aminoro el paso, en cuanto cruzo las puertas de la entrada, dos chicas dejan de hablar entre sí y fijan su mirada en mí. Debo asumirlo, soy la nueva, y en un centro como este pronto se corre la voz.

Sin amedrentarme, con la cabeza bien alta, continúo avanzando. No soy nada del otro mundo, físicamente me considero del montón, y hasta el momento jamás me ha importado la opinión de los demás sobre mi aspecto. No dejaré que eso cambiase ahora.

En Jacksonville, ser alta, rubia, con una tez bronceada, y tener como pareja a un jugador de rugby, te aseguraba entrar en el grupo de los populares. Anunciando a los cuatro vientos que tan feliz se es cada segundo del día por Instagram, y alardear de los miles de seguidores que se tienen. Por el contrario, yo nunca he encajado en ese perfil, mi piel es blanca como el marfil, mi cabello carece de volumen, y es de un color castaño soso. Vamos, igual que mis ojos. Siempre he sido delgada, más bien flacucha y, desde luego, no una atleta. Y en el supuesto caso de que me hubiese creado un perfil en esa red social, temo que los únicos en seguirme serian mi madre y Marion, su mejor amiga.



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En el texto hay: secretos, amorprohibido, amor eterno

Editado: 30.05.2018

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