Ultralita

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3. Señales

Es irónico que una de las avenidas de Hot Springs se llame Broadway, y que la haya recorrido en tres minutos. Localizar el PJ ha sido sencillo, muy sencillo. Después de salir del instituto he caminado recto, y he dado con el lugar sin la necesidad de preguntar a nadie.

Veo a Red desde la calle, sentado en una de las mesas ojeando la carta, mientras charla con la camarera con familiaridad. Cuando entro, me encuentro con la sorpresa de que está escogiendo algo para mí.

―No tengo mucha hambre, comí en la cafetería del instituto ―le recuerdo.

―Bobadas, los jóvenes necesitáis alimentaros bien ―asegura.

Y aquí me encuentro, esperando el gran menú, que según él deleitará mi paladar. Oteo el local en busca de algún signo que me alerte sobre qué comida es la mejor y cual debo evitar, pero a mi alrededor solo consigo encontrar rostros felices y conversaciones sobre el tiempo.

La camarera, que ha de llamarse Lucy, si me fio de lo que pone su uniforme. Me deja un plato lleno de patatas fritas y una hamburguesa acompañada de un encurtido de verduras.

Agrando los ojos, «¡¿todo eso es para mí?!». No creo que pueda acabarlo.

Red, me mira curioso. Espera a que empiece a masticar para meterse en la boca el primer bocado de un sándwich que ha pedido para él. Decido tomar la iniciativa y le pregunto qué tal le ha ido la mañana en el trabajo.

―Un grupo de excursionistas de la gran manzana han pasado por la oficina de Plains, preguntando si era seguro acampar en la ladera norte de la montaña. Casi nos da la risa, les hemos recomendado uno de los campings regulados que están cerca del lago, en plena naturaleza no durarían ni la primera noche.

Es la primera vez desde que he llegado que le escucho hablar tanto, debe ser porque se siente cómodo con el tema. Así que aprovecho y continúo.

―¿Plains queda muy lejos de aquí? ―indago un poco más, y agarro con las puntas de los dedos una patata frita llevándomela a la boca.

―No, una media hora en coche ―posa el sándwich en el plato, y alza la mirada―. Eso me recuerda, necesitas uno.

―¿Un coche? ―pregunto extrañada.

―Sí, un coche. Te sacaste la licencia el año pasado, y de esa manera podrás desplazarte a la ciudad siempre que quieras con tus amigos. Ya sabes, el centro comercial y esas cosas que hacéis las chicas ―intento reprimir una sonrisa, sé que está esforzándose para que me sienta a gusto aquí, con él―. ¿Las chicas seguís haciendo esas cosas, no? ¿Has conocido alguna hoy?

―He hablado con alguna, pero aún es pronto para que me vaya de fiesta con ellas.

―¿Quién ha hablado de ir de fiesta? ―frunce el ceño, y ahora sí que no puedo reprimir una carcajada.

―Tranquilo papá, nunca he sido de salir mucho, estaba bromeando.

Red aprieta los labios, sé que se está conteniendo para no reírse. Niega con la cabeza, y vuelve a centrar su atención la comida.

―Está bien, pues esta tarde realizaré alguna llamada para lo del coche.

―Perfecto ―le respondo, y me llevo la mano al cuello para acariciar el colgante de mamá. A ella no le fue bien aquí, y tengo mil preguntas sobre cómo era su vida por aquel entonces en este pueblo, pero quizás sea temprano para sacarle el tema.

A mi padre le cambia el semblante cuando se percata de que lo llevo puesto, pero no me dice nada, baja la vista y continúa comiendo en silencio.

El día siguiente amanece lloviendo, aunque me da que eso es algo a lo que tendré que habituarme. Cuando llego al instituto Sophie se acerca para sentarse a mi lado durante la clase de Lengua, la de primera hora, y me acompaña hasta la siguiente clase cuando el timbre anuncia el final.

Dejo de sentirme tan observada por los alumnos, quizás la novedad ha perdido fuerza. Cuando llega la hora del almuerzo entro en la cafetería junto a Sally, intento contenerme y no recorrer la sala con la mirada para buscarle, mi fuerza de voluntad dura dos míseros segundos.

Es muy presuntuoso de mi parte creer que tengo tal poder sobre él. Avanzo por la cafetería, y me acerco a la fila con la bandeja, un mareo repentino parecido al del día anterior me sorprende, y Sally me pregunta si me encuentro bien. Asiento. Al poco rato Brian nos interrumpe, y nos guía hacia su mesa. Sally eufórica por la atención acepta, y no tardan en reunirse el resto de sus amigas con nosotros.

De este modo es como acabo en una mesa llena de gente sin premeditación alguna.

Estoy rodeada por un gran grupo que incluye a Sally, Anna, y la chica que preguntó por el fallecimiento de mamá ayer, Kelly, la cual no deja de disculparse por su metedura de pata. El resto, cuyos nombres y caras ya recuerdo, charlan entre sí.

De pronto, empiezo a sentirme como si estuviera navegando en un barco, y el mar se topase embravecido. Me llevo la mano al estómago, estoy agotada. El murmullo del viento, junto con la rama que ha golpeado la ventana de mi dormitorio durante toda la noche, no me han dejado dormir.

Decido no comer nada, y me voy a la clase del Sr. Jones. A los cinco minutos de comenzar me solicita que dé una respuesta a un problema del encerado, y me equivoco. Cuando creo que el día no puede ir a peor, sucede. ¿Quién en su sano juicio pone la clase de educación física para la última hora de un viernes?



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En el texto hay: secretos, amorprohibido, amor eterno

Editado: 30.05.2018

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