Ultralita

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5. Gema

Me pasé el fin de semana en casa, imaginándome que me convertía en una audaz ladrona de coches, que sabía realizar un puente y encender el motor sin necesidad de tener unas llaves. Conducía adentrándome en la reserva hasta el taller de Lincoln, y luego me aseguraba de que me viese. No obstante, la realidad fue que he estado haciendo el vago tirada en el sofá con un libro entre las manos.

Red, se marchó temprano el sábado a la oficina de Plains, le insistí en que no era necesario que regresara para la hora de la comida, que por pasar un día sola no me iba a ocurrir nada, pero de todas maneras se desplazó.

Tengo la ligera impresión de que teme que me derrumba en cualquier instante.

Hoy domingo, y pese a ser su día libre, volvió a acudir al trabajo, aprovecho para releer una de mis novelas imprescindibles, Mujercitas de Louisa May Alcott. Cuando cumplí los trece años mamá me lo regaló, y lo ojeo cada cierto tiempo. Muchos creerán que es una novela simplista, con personajes demasiado sensibleros, o incluso la típica obra escrita para mujeres. «¡Qué equivocados están!»

Sonrío en una de mis escenas favoritas, y paso a la siguiente página.

Mamá tenía razón, ella me había dicho, usando esa voz suave y melodiosa que tanto la caracterizaba: «En esta vida no todo es lo que aparenta ser, el tiempo te dará la perspectiva necesaria para apreciarlo».

Hace casi un año, en mi décimo séptimo cumpleaños me sorprendió con una edición nueva, la original, la que jamás debió ser censurada. Recuerdo que la primera impresión que tuve fue la de fruncir el ceño y decirle que ya tenia ese libro, pero no llegué a manifestarlo en alto. Ella se sentó en el sofá, y contuvo el aliento: «Solo te queda un año para que dejes de ser mi mujercita».

Cierro la novela, pasando la palma de la mano por la tapa dura, deteniéndome en acariciar con las yemas de los dedos los detalles del relieve. Las incógnitas que rondan la memoria de mi madre se acumulan, las conjeturas, y sospechas de que me ocultaba algo no dejan de aumentar en mi interior.

Dirijo la mirada al reloj de pared, acaba de llegar Red. Las horas se han ido volando, me percato de que es casi la hora de cenar. Me incorporo de un salto, y estiro los brazos antes de calzarme con unas zapatillas que me compró mi padre el viernes. No es que sean muy bonitas, para ser sincera son todo lo contrario; me van una talla más grande, tienen un estampado de cuadrados marrón y verde oscuro que me recuerdan a las faldas escocesas, sin todo el glamour que les rodea, pero… son prácticas, y muy calentitas.

―¿Tienes hambre? Traigo la cena ―vocifera dirigiéndose hacia la cocina.

«Me muero de hambre».

―¿Qué has comprado? ―curioseo por encima de su hombro, comprobando como retira de una bolsa unas cervezas, y dos bultos envueltos en papel de aluminio.

―Unos bocadillos del PJ.

―Tendrían que hacerte socio honorifico u algo por el estilo ―me burlo, y el se da la vuelta para guardar las bebidas en el frigorífico.

―Hay que contribuir con los negocios del pueblo.

―¿Sabes que también existe una pequeña tienda de comestibles, cierto? ―Reprimo las ganas de reírme en alto.

―Lo sé, pero no quiero envenenarte. Mis dotes gastronómicas se basan en bocadillos calientes, y pasta pasada.

―Creo que ya sé de donde he heredado mi don para la cocina ―suelto una carcajada recordando lo mal que sabían los canelones que le preparé a mamá con quince años. Me obligo a no darle más sorpresas que tuviesen que ver con la alimentación―. Aún así, tendremos que intentarlo, no podemos vivir a base de la comida del café.

―Hacen una comida casera muy suculenta… ―Me pasa uno de los bocadillos, y no tarda en darle un mordisco al suyo.

―Mañana me pasaré a la salida de clase por el supermercado. ¿Estarás en el PJ?

Lo imito y me siento en una se las sillas. Hinco los codos, y saboreo el delicioso lomo con queso.

―Quería hablarte de eso ―Red, fija su mirada en la mía. Bebo un sorbo del vaso de agua, para ayudare a tragar―. La temporada alta está empezando, y estaré más ausente, nos veremos a la hora de la cena y los domingos, por supuesto ―. «Como se parezca a lo de hoy, me da que será como vivir independiente…», pienso para mí― ¿Estarás bien?

―Claro que sí ―le respondo.

―Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites, ¿verdad?

Asiento, y le muestro una sonrisa para que no se preocupe.

Me paso la noche soñando con mamá, temo olvidar su voz, sus facciones, y que con el tiempo algún día no la recuerde con nitidez.

Cuando me levanto a la mañana siguiente, mi padre ya se ha marchado al trabajo. Me deja una nota en la cocina, aconsejándome que tenga cuidado con el coche, que nos veremos a la cena, y que por favor no compre verduras.

Pongo los ojos en blanco, si el supiese que no he salido el fin de semana por culpa de Lincoln… Expulso una bocanada de aire, resignada, y subo a mi dormitorio para terminar de prepararme.

Pasada una media hora escucho el sonido del claxon, ha de ser él.

En cuanto salgo de casa, alzo la vista. Caen copos de nieve diminutos que se mecen por el aire como si fuesen cenizas. Extiendo las palmas de las manos, pero al contacto con la piel estos se derriten con rapidez.



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En el texto hay: secretos, amorprohibido, amor eterno

Editado: 30.05.2018

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