Ultralita

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7. La leyenda

Tardo en recuperarme varios minutos, y con mil preguntas en la cabeza me subo al coche. Mi temor, estar volviéndome loca. Niego con la cabeza, he debido sufrir algún tipo de alucinación, causada por la pérdida tan repentina de mamá, no puede haber otra explicación a lo que me ha pasado.

Enciendo el motor, y mientras conduzco las palabras de ese hombre no dejan de repetirse en mi mente una y otra vez: «Debéis marcharos, y no regresar jamás».

A medida que pasan los segundos me voy autoconvenciendo de que todo ha sido causado por la adrenalina, o algo similar. Aparco el Buick enfrente de la tienda de alimentación aún con la duda recorriendo mi cuerpo.

Al entrar, me tropiezo con Brian que va cargado con dos bolsas de la compra.

―Perdona, soy un poco torpe, estaba mirando para otro lado ―se disculpa agachando la cabeza. Se ha puesto nervioso, dirijo la mirada al mostrador donde están cobrándole a… ¡Sally!

―Ya veo el motivo… ―comento― ¿Habéis venido juntos?

―¡¿Qué?! No, he llegado antes y… ―tartamudea, y se le suben los colores a las orejas―. Bueno, yo me voy que me esperan en casa, nos vemos mañana.

Su extraña actitud me desconcierta, pero al instante todo cobra sentido cuando Sally se me acerca para saludarme.

―¿Ese no era Brian? ―pregunta mirando por encima de mi hombro.

―El mismo ―le respondo, y aprovecho para que me ayude―. Oye, ¿se te da bien la cocina?

―Soy una experta chef ―se lleva la mano libre al pecho exagerando con la voz.

Cruzo los dedos para que sepa alguna receta fácil, y le indico a que he venido. Ella, se emociona… Creo que es su estado natural, es demasiado efusiva, no es que me desagrade, pero llega a agotar con tanta energía.

 

Una hora mas tarde, guardo todos los ingredientes que he conseguido en el ultramarinos, y reviso la hora que es. Quiero acercarme al taller de Lincoln, necesito que me diga lo que sepa de mamá, o de la procedencia de este colgante.

Me cercioro de que queda todo apagado, y cuando estoy a punto de salir por la puerta escucho el sonido del teléfono fijo. Apurándome para que no se pierda la llamada, descuelgo:

―¿Diga?

―¿Des, eres tú?―Oigo con dificultad, el sonido es lejano.

―¡Marion!

―Quiero que sepas que tengo un cabreo del mil demonios, no me has devuelto las llamadas. Y no sé nada de ti desde que te marchaste.

Me llevo la mano a la frente, y maldigo por lo bajo. Entre el cambio de hora, la novedad del pueblo, y todas las cosas raras que me han ido sucediendo se me olvidó.

―Lo siento mucho, no fue mi intención que te preocupases ―me muerdo el labio inferior, sintiéndome la peor persona del mundo.

―Solo dime si estas bien.

―Lo estoy, es… Hot Springs es pequeño, pero papá está haciendo lo posible para que me sienta cómoda.

Continúo relatándole mi llegada, y que ahora soy poseedora de un magnifico automóvil, todo un clásico. Me pregunta por las clases, y si ya he hecho amigos y es cuando le respondo que sí, que la mayoría de ellos son muy amables.

―¿La mayoría, eso que significa?

―Nada, es un chico del instituto que es… Él es distinto. ―Al hacer mención de William, mi corazón se acelera, puede que sea por la intensidad de encuentro de la biblioteca, o simplemente por que sus ojos me observaban con tanta rudeza que no supe cómo reaccionar.

―Des…, ¿has llorado? ―El dolor de su voz traspasa la línea telefónica y sé a lo que se refiere, según ella debo romper en el llanto y dejar salir al exterior mis sentimientos―. No es sano que te lo guardes para ti, menos aun siendo quien la vio…

―Estoy bien Marion ―la interrumpo, no quiero escucharlo―, perdona, pero me pillaste saliendo de casa. Hablaremos en otro momento, llevo mal lo de no tener internet, ni una buena cobertura, así que no lo uso mucho.

Está bien, te llamaré de nuevo en un par de días para cerciorarme de que sigue todo igual.

Con un sabor agridulce en la garganta, le cuelgo el teléfono, y decido centrarme en un objetivo. Necesito, no, mejor dicho: quiero respuestas.

Me subo al coche, e intento hacer memoria. No tengo muy buena orientación, siempre me he sentido mas segura regresando por la misma ruta en la ciudad, y aunque esto dista mucho de aquel sitio que ahora parece tan lejano en el tiempo, no puede ser tan complicado dar con el.

A los pocos minutos del trayecto tengo que encender la calefacción, y pese a que por suerte no está lloviendo, la visibilidad no es muy buena. Los senderos están repletos de bancos de niebla, que entorpecen la conducción, y al pillar las curvas más pronunciadas con temor al no conocer bien el camino estoy tardando más en llegar de lo que debería.

Toda la tensión de mis hombros se aleja cuando diviso a lo lejos la casa del abuelo de Lincoln. En cuanto bajo del Buick, decido ir directamente al taller por si se encuentra allí.

Empujo el portón con ambas manos, pesa mucho más de lo que aparenta y tengo que realizar bastante fuerza. Alzo la voz llamando a Lincoln mientras avanzo por el garaje, los tratos se acumulan por todas partes; neumáticos, unos cachis, e incluso lo que parece el esqueleto de lo que antaño fue una furgoneta.



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En el texto hay: secretos, amorprohibido, amor eterno

Editado: 30.05.2018

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