Ultralita

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10. La presa

Cuando emprendí el regreso a casa, después de que el señor Couture me contase un par de historias sobre su pueblo, me encontré a mi padre hecho una furia. Y sé que no me porté como una adulta al responderle como lo hice ―recuerdo mientras intento cocinar la cena―, pero sentía tanta rabia acumulada en mi interior que no supe cómo expresarla. Me indignó que me tratara como una niña pequeña, y me molestó que me interrogara de esa forma.

Al final comprendí que todo era debido al miedo de no saber dónde me hallaba... Esa noche la pasé en vela, preguntándome qué relación existía entre las leyendas y el colgante, pero sobre todo con mamá.

El resto de la semana pasó con rapidez, a excepción de los momentos en los que sentía su mirada sobre mí. Intenté concentrarme en los temas que fueron dando los distintos profesores, y lo conseguí, excepto en la clase que comparto con él. William Green. Y lo extraño de todo esto es que tanto uno como el otro no nos hemos cruzado ni una sola palabra, hemos creado un juego de miradas de los que solo somos conscientes los dos.

Me pregunto qué sentirá cuando eso sucede. Sé perfectamente los síntomas que yo noto, pero ¿y él?

Por otra parte, con Red me mantengo, hasta el día de hoy, prudente. Pretendo recuperar la poca libertad que me sea posible adquirir aquí, y eso solo lo conseguiré si se fía de mí. Así que he sido la hija perfecta durante toda la semana, o al menos lo intento.

Me inclino para olfatear la olla que tengo al fuego mientras remuevo la salsa, y arrugo la nariz con desconfianza. Retengo el aire en los pulmones, a la vez que cierro los ojos cuando me introduzco en la boca un poco.

―¡Argg! ―exclamo sacando la lengua. Está repugnante.

Me llevo la mano a la frente, ¿qué puedo hacer para solucionarlo?

―¡Ya llegué! ―anuncia Red a pleno pulmón.

―¡Qué! ―Me giro con rapidez, y dirijo la mirada a la entrada de la cocina.

―¿Qué sucede? ―me pregunta lleno de curiosidad.

―Creo que me he pasado con algún ingrediente… ―agacho la cabeza con pesar, me he esforzado, pero no ha sido suficiente.

―Tonterías. Seguro que está buenísimo ―da un paso al frente, y agarra una cuchara del primer cajón de la alacena. Me lanza una sonrisa, y lo prueba― ¡Ves, sigo vivo!

―No te burles de mí. Ha salido asquero…

―Te ha salido genial, no te quites méritos ―me interrumpe, para luego alejarse dirección al salón―. Mañana puedes ir a la ciudad con tus amigas.

―¿Eh? ―Yo…, yo no le he dicho nada sobre eso desde hace varios días.

―No me lo hagas repetir o puede que me arrepienta ―suelta de golpe.

Me mantengo callada mientras coloco los platos sobre la mesa. Red no tarda en regresar, y en vez de sentarse como un marques a que le sirva lo que hace es poner la bebida, y cortar un poco de pan.

Empezamos a cenar, y con el primer bocado que doy pienso: «¿Por qué no tendrá un perro Red?» Aunque lo más seguro es que el pobre animal huiría antes de ingerir esto.

Al terminar, me indica que él se ocupa de fregar los cacharros, así que me despido y subo a mi habitación. Preparo la ropa que me pondré mañana, y decido dejar el móvil cargando toda la noche para llevármelo a la ciudad.

Unos minutos mas tarde, mientras me lavo los dientes, me percato de que no tengo ni idea de como tiene pensado Sally quedar. ¿Es necesario que lleve el Buick, o iremos todas en un mismo coche? ¡¿Y a qué hora volveremos?!

Como la situación en casa era bastante tensa, no llegué a concretar nada con ellas. Sin embargo, recuerdo que Sophie me anotó su número de teléfono en una de las libretas del instituto. Me seco con una toalla la cara, y salgo del baño.

Escudriño el interior del cuarto, no recuerdo donde he dejado la mochila. Encima de la cama no está, tampoco en la silla, ni el escritorio… Me llevo la mano a la cabeza, ya recuerdo donde la dejé, ha de estar en el salón.

Decido ponerme el pijama antes de bajar, y cuando me saco la camiseta me da la sensación de escuchar un ruido del exterior, como si se hubiese caído una rama pesada al suelo. Termino de cambiarme, y abro la ventana. No soy capaz de atisbar entre la oscuridad, pero no alcanzo ver a ningún animal herido.

Sacándole importancia, vuelvo a cerrar la ventana y me dirijo al pasillo. Bajo los escalones en silencio, todas las luces están apagadas, y creo que Red ya se ha ido a su dormitorio a descansar. No obstante, antes de dar pisar el último peldaño me percato de que no es así. La luz de una de las pequeñas lamparas está encendida, asomo la cabeza intentando no hacer movimientos bruscos, y le veo.

Mi padre se encuentra sentado la butaca con el rostro triste, y una botella de cerveza en una de sus manos. Le da un sorbo sin desviar la mirada de una fotografía que agarra con delicadeza con la otra.

―¿Qué nos pasó Norah? ―le escucho, y un nudo se me forma en la garganta.

He estado tan concentrada en seguir adelante, que no he sido consciente de lo doloroso que ha debido ser para él. Sintiendo que estoy invadiendo su espacio personal, regreso a mi dormitorio y me meto en cama sabiendo de sobra que tardaré en conciliar el sueño.



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En el texto hay: secretos, amorprohibido, amor eterno

Editado: 30.05.2018

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