Ultralita

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12. Destellos

William Green es, sin duda alguna, un misterio de la humanidad. No comprendo su forma de actuar, primero me asalta en la biblioteca y me dice que no me acerque a él, días más tarde me aborda en plena noche para acompañarme hasta el restaurante donde me esperaban las chicas, para luego marcharse sin ni siquiera despedirse.

¿Quién comprende a los hombres? Por qué yo a este no puedo entenderle por mucho que me esfuerce.

Han pasado varios días, y continúo rompiéndome la cabeza con eso. Es inevitable, me lo cruzo en los pasillos del instituto, lo observo en el comedor, y cuadramos en una clase. Me he percatado de que no habla con ningún compañero y, sin embargo, lo conoce todo el mundo porque fue parte del equipo de baloncesto.

No es que lo esté espiando ni nada por el estilo, ha sido pura casualidad. Ayer Brian me interceptó en el comedor, y me preguntó si iría a ver el partido que disputan el viernes contra los Braves de Kalispell. Sally, a la que empiezo a conocer mejor, le confirmó que no nos lo perderíamos por nada del mundo. Cuando él se alejó a la mesa con sus amigos, le pregunté más sobre el asunto a las chicas.

Se pasaron toda la hora del almuerzo poniéndome en antecedentes sobre los jugadores, la fiesta de final de curso en caso de llegar a la final del estado. Y, también me enteré de que hasta el año pasado William había sido el pívot, pero a mitad de curso, pese a ser muy bueno, renunció. Y que fue en ese momento cuando sus calificaciones se vieron afectadas hasta el punto de repetir el año entero.

«¿Me pregunto qué fue lo que le pasó?»

―¿Así que irás al partido? ―me pregunta Red, consiguiendo que deje de pensar en el hombre misterioso.

―Sí… ―me tapo la boca con la mano al responderle por culpa de un bostezo involuntario.

―¿Por qué no invitas a Lincoln? Tengo entendido que le gustan los deportes. ―Levanto una ceja al escucharle.

―¿Quieres que salga con Lincoln? ―Mi voz sale aguda, ni yo misma me creo lo que me dice.

―¡No! Por supuesto que no, eres muy joven para salir con chicos ―«Uy, si tú supieses…»―. A lo que me refiero es que conoces a muy poca gente, y los niños del pueblo no son siempre la mejor compañía ―fijo la mirada en él, que se levanta con nerviosismo de la mesa de la cocina al recoger su plato―, al menos sé que es de fiar. Solo comento que podrías proponérselo.

―Quizá este ocupado con el taller ―pienso en alto dando la primera escusa que me viene a la mente.

―Es posible ―me dice, mientras se aproxima a la mesa de nuevo para retirar mi plato y ponerse a fregar.

Desde que empecé a ser la responsable de la preparar la cena, él se ocupa de fregar, y aunque no es una norma escrita me agrada el acuerdo no verbal al que hemos llegado.

―Pensé que te caía bien… ―murmura dejándolo caer como quien no quiere.

―Y me cae bien ―afirmo.

―Pues llámale, y pregúntale. Estoy seguro de que apreciará alejarse un día de los motores y la grasa.

―Papá ―llamo su atención, y él cierra el grifo del agua dándose la vuelta para mirarme―, dime la verdad. ¿Por qué quieres que me acompañe Lincoln?

Me doy cuenta de que he dado en el clavo cuando le veo en tensión, expulsa una bocanada de aire por la boca y se sienta en una de las sillas antes de comenzar a hablar.

―Me quedaré más tranquilo si vas acompañada, existen rumores de que un chico se quiso propasar con una chiquilla de Kalispell el año pasado.

―Los rumores no son fiables ―le respondo.

―Aun así, me quedaría mucho más tranquilo si él te acompaña.

―Está bien, lo llamaré… ―termino cediendo―, dame el número de la casa de los Couture.

―Lo tengo en una pequeña libreta al lado del teléfono. ―Su mirada se ha suavizado en cuanto he accedido, y aunque solo sea por eso, me alegro de haberlo hecho.

 

El ambiente del partido se nota en cada rincón de Hot Springs, el color rojo fuego del equipo local está presente en cada una de las ventanas de los hogares. Varios grupos de amigos ataviados con sudaderas, y gorras de nuestro equipo se desplazan dando un paseo dirección al campus. Estoy esperando en el parking a que llegue Lincoln, no he querido que me viniese a buscar a casa, porque no es una cita, y no quiero que piense que lo es.

Ayer cuando llamé por teléfono para proponerle venir al partido, lo primero que me preguntó fue si estaba bien, y si me había sucedido algo. Estaba algo nervioso, y en cuanto le confirme que no me había pasado nada volvió a insistir en si había vuelto a ponerme mal. Me resulta un poco extraño que cada vez que nos veamos, o hablemos me pregunte lo mismo, es cierto que cuando llegué me noté algo rara, y que incluso tuve un episodio un tanto paranoico, pero llevo varios días sin notar nada, y creo que todo ha sido cosa del jet lag, o el shock de lo de mamá.

Intercalo el peso de un pie a otro, observando como entran los distintos espectadores al gimnasio para tomar asiento en las gradas. Los gritos de unos chicos llaman mi atención, ladeo la cabeza y compruebo que llevan los colores del equipo rival; naranja y negro. Red es un exgerado, dudo mucho que ninguno de los alumnos sea de un perfil agresivo.



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En el texto hay: secretos, amorprohibido, amor eterno

Editado: 30.05.2018

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