Ultralita

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20. Sueño eterno

Hoy ha sido un día ajetreado, Susan ha insistido en que la acompañase a su casa para que le ayudase con la materia de Álgebra, teme que ninguna universidad la acepte por culpa del promedio que lleva. Le envié un mensaje a mamá para avisarla, pero no recibí contestación alguna, así que me imagino que habrán vuelto a pedirle que trabaje en su día libre y aun no haya visto el wasap.

Entro en casa, y dejo la mochila en la entrada.

―Mamá, siento llegar tarde. Susan me ha liado como de costumbre… ―avanzo hasta el salón, y frunzo el ceño. La televisión esta encendida, es extraño la única que ve la tele soy yo―. Mamá.

Vuelvo a llamarla en alto, pero nadie contesta. Apago el televisor, y entro en la cocina. Busco en la alacena el paquete de cookies, que tanto me gustan, y mordisqueo una mientras camino dirección al dormitorio de mi madre.

Empujo la puerta con la cadera, y a llamo con la boca llena. No la veo por ningún sitio. Regreso a la cocina, para fijarme si me ha dejado alguna nota en el imán de la cocina, pero no es así.

Una sensación extraña se apodera de mí, saco el móvil del bolsillo del pantalón y marco al restaurante donde trabaja.

―Hola, soy Des. La hija de Norah, ¿está disponible mi madre?

―¿Norah? ―el jefe de mamá se extraña― Hoy tiene el día libre.

―Habrá salido, disculpa ―termino la llamada, y justo después llamo al teléfono de mamá.

El sonido de su móvil suena en casa, agudizo el oído para detectar de donde proviene. En cuestión de segundos entro de nuevo en su dormitorio, y abro el armario. Dejo apoyado el móvil en el suelo, y me acuclillo para apartar un caja hacia un lado. Su bolso se encuentra en el fondo del vestidor, lo agarro y al abrirlo doy con el móvil y la pequeña caja que contiene el colgante que tanto le gusta a mamá.

―¿Qué hace esto aquí? ―murmuro mientras lo abro, y acaricio la gema azul con la yema de los dedos.

Me levanto guardándome el colgante en el bolsillo, y salgo al pasillo. Andando a paso lento miro la pantalla del móvil de mamá extrañada. De repente, me paralizo. Bajo la mirada a mis pies, esta saliendo agua del baño.

La respiración empieza a fallarme, y el móvil se me cae de las manos.

―¡Mamá! ―grito con todas mis fuerzas.

Asustada, giro la manilla, y empujo la puerta con todo el peso de mi cuerpo. Cuando logro entrar, mi mundo de rompe en mil pedazos. El corazón deja de latirme por un segundo, y sin dudarlo ni un instante me corro hacia ella.

Resbalo, haciéndome daño en la rodilla, pero me da lo mismo. La mejilla de mamá está apoyada en el borde de la bañera, acaricio su rostro.

―¡No, no, no, no! ―exclamo histérica.

Introduzco las manos en el agua helada, el color carmesí lo inunda todo. Doy con sus brazos, y compruebo las heridas de sus muñecas. «No puede ser verdad, ella no me haría esto», pienso para mi mientras me arrastro hasta el mueble de las toallas y engancho la primera que alcanzo. Aprieto con todas mis fuerzas taponando los cortes, y sin dejar de temblar busco mi teléfono para llamar a emergencias.

Me atienden con rapidez, no sé lo que digo, ni como lo expreso, hablo de manera entrecortada, y el hipo del sollozo no me lo facilita. El chico de emergencias me pide que compruebe el pulso de mamá, que ha enviado una ambulancia y que no tardará en llegar. Pero, me da miedo…

―Mamá no me dejes ―le suplico abrazándola.

El agua rebosa de la bañera esparciéndose por todo el baño, el teleoperador de urgencias continua hablando a través del móvil, sin embargo he terminado por ignorarlo. No puede estar pasando esto.

―Mamá, ¿por qué? ―sollozo entre lágrimas.

―Destiny, despierta ―confusa, escucho la voz de William a lo lejos―. Destiny, es solo una pesadilla.

Abro los ojos, atemorizada. Los latidos de mi corazón son tan fuertes que siento que se me va a salir del pecho. Centro la mirada, sorprendida y desorientada. William me sujeta de los hombros, y me observa con preocupación.

―¿Estas bien? No dejabas de moverte de un lado para otro en el colchón, y has empezado a hablar en sueños.

El cuerpo me sigue temblando, y no controlo el llanto. Pensé que podría aceptar lo que había pasado, pero parece que no es tan sencillo. Intento realizar una pregunta en alto, y en su lugar un sonido lastimero sale de mi garganta. Eso causa que me tape la cara con las manos, queriendo así que nadie me vea, muchos menos él.

No obstante, William me estrecha entre sus brazos, y me acaricia el cabello mientras me susurra al oído:

Shh, todo irá bien.

Lo dice unas cuatro veces seguidas, logrando que poco a poco me vaya tranquilizando. Cuando al fin consigo inhalar con fuerza, y alejarme de él le pregunto:

―¿Qué estás haciendo aquí?

―Vigilar a mi presa de cerca ―me contesta alejando una lágrima de mi mejilla.



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En el texto hay: secretos, amorprohibido, amor eterno

Editado: 30.05.2018

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