Ultralita

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21. El encuentro

El inicio de la temporada invernal se manifiesta con la llegada de las primeras nevadas que cubren cada rincón del pueblo con su manto gélido. La ropa térmica que llevo bajo el jersey de cuello alto azul ha sido todo un acierto, porque sin ella estaría tiritando durante toda la mañana.

He descubierto que los vecinos de Hot Springs dan la bienvenida a esta época del año con, quizás para mi gusto, demasiada alegría. Los alumnos del campus se han pasado el descanso del almuerzo en el exterior jugando con la nieve como niños pequeños, como si no viesen y disfrutasen de ella cada año. Según me ha comentado Sophie es debido a que la población se duplica en estas fechas gracias al turismo, y eso significa que las estaciones de montaña, los paradores turísticos, y los locales termales se llenan.

Por lo visto en este recóndito lugar perdido de la faz de la tierra prácticamente todos sus habitantes trabajan en algo relacionado con ese sector, y al final todos salen beneficiados, y sus hijos son conscientes de la gran importancia que eso tiene.

Durante la toda la mañana he intentado con todas mis fuerzas no pensar en el encuentro que tendré con el padre de William, mucho menos en la pesadilla… Pero, ni el entusiasmo de mis compañeros, ni la llamada de primera hora que mantuve con Marion antes de salir de casa, lo han logrado.

Marion me ha dicho que intentará visitarme en Acción de Gracias, pero que hasta dentro de un par de semanas no podrá asegurármelo debido al trabajo. Tengo la esperanza de que pueda venir, me siento culpable por la actitud que tomé cuando paso lo de mamá, sé que ella solo intentaba consolarme, y que me abriese a alguien. Sin embargo, no era sencillo, era demasiado doloroso. Aún sigue siéndolo.

En cuanto se escucha el sonido de la campana de la última hora todos los alumnos se levantan de los pupitres y empiezan a recoger con rapidez sus utensilios. Acompañada de Sally nos desplazamos por los pasillos, y salimos del edificio. Cargo la mochila en el hombro derecho mientras hablamos sobre una de las tareas que nos han puesto en Historia. Continuamos avanzando hacia la oficina principal para entregar los justificantes de asistencia, cuando me percato de que en el parking está William. Tiene una mirada tan intensa que, aunque intento luchar contra ello termino desviando la vista.

―No engañáis a nadie… ―murmura mi amiga soltando una risita al empujar la puerta de la oficina.

Hago como que no la he escuchado siguiendo sus pasos, y luego dejamos ambas nuestros justificantes encima del mostrador. Al salir de nuevo, Sally se despide guiñándome un ojo, y soltando a pleno pulmón en la dirección de William:

―¡Pórtate bien con ella Green!

Me llevo la mano a la frente negando al mismo tiempo con la cabeza. «¡Está loca!», pienso para mí.

Al volver la vista al frente me encuentro de nuevo con los ojos verdes de William que no dejan de seguirme durante el tiempo que tardo en llagar a su altura.

―¿Nerviosa?

―¿Lo dices porque estoy a punto de conocer a una familia de cazadores que en cualquier momento pueden matarme? ―Espero un segundo para comprobar su reacción que no es otra que alzar levemente la comisura de su boca en un amago de sonrisa, y me encojo de hombros respondiendo a mi propia pregunta y la suya al mismo tiempo―. Es posible.

William abre la puerta de su coche, parpadea un instante y me dice:

―Sube.

Me invade la duda, quizás seria conveniente que fuese en mi coche por si pasa algo y no me siento segura. Por el rabillo del ojo observo el Buick, y aprieto la mano derecha con tanta fuerza que me clavo las uñas en la palma.

―Puedes confiar en mí, no te pasará nada. Te lo prometo ―comenta con vehemencia.

Mis hombros se relajan, y decido subirme al coche. Exhalo expulsando un largo y sonoro suspiro mientras le veo rodear el vehículo. Debo estar completa e irremediablemente loca por dejar que me lleve. No obstante, en mi interior creo en sus palabras, y tengo fe de que no me esta engañado.

El viaje dura poco mas de diez minutos que transcurren con lentitud, al menos para mí. Cruzamos el pueblo, y siguió un sendero estrecho dirección a la montaña Baldy. En el camino vi una familia de tres ciervos pastando, me imaginé que serian los papás y el hijo dado su tamaño. Esa estampa apaciguó un poco mis nervios, pero ahora que está aparcando delante de lo que parece ser su casa han regresado con mayor fuerza que antes.

Sin esperar a que William me abra la puerta salgo del coche y reviso la cabaña de aspecto rustico en la que vive con sus hermanos y padres. Me guía hasta el porche que luce repleto de plantas silvestres en macetas de barro. El canto de un pájaro que se posa sobre la barandilla blanca me distrae, y cuando regreso la atención a William realiza un gesto con la cabeza para que pase dentro.

Oigo las voces de varias personas a lo lejos, pero a medida que avanzo todos guardan silencio. Al entrar en el salón, me fijo en el rubio, dado que me sondea de pies a cabeza mientras mantiene una postura tensa con los brazos cruzados. El padre me sonríe de manera amistosa y su madre imita su gesto.

―Te presentaré ―rompe el silencio William―, este es Jo ―señala al chico moreno y fuerte que alza la mano en modo de saludo―. Estos son mis padres. Jonathan, y Julie Green, y él es Nill ―este último mantiene la distancia.



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En el texto hay: secretos, amorprohibido, amor eterno

Editado: 30.05.2018

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