Umbrella

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Caroline

Las cosas más simples de la vida, son generalmente las que ocupan mi mente, cuando medito en lo absurdo que llega a ser el simple hecho de sobrevivir y no es que tuviera grandes expectativas, pero a veces el destino llega a ser realmente cruel, ¿Qué tan difícil puede ser que una cosa me salga bien? Digo no es que haya sido una santa durante mi vida, pero a este paso ya he pagado Karma suficiente de mis vidas pasada y esta, y aun creo que me deben el cambio.

-ya deja de quejarte – dice mi amado gato en la ventana – pareces loca

-estoy loca al oírte hablar – le digo en tono pacifico.

- ¿hablando con el gato de nuevo? – dice mi suegra, entrando por la puerta.

- ¿es ese mi paraguas? - le cuestiono al ver que llevaba mi viejo paraguas negro en su mano.

-lo tome porque pensé que llovería –

-esto es una reliquia familiar – le digo tomándolo de su mano y guardándolo – era de mi tataratatarabuela y es lo único que tengo para recordar a mi familia

Mi suegra no contesta se dirige a la cocina, parece que nuestra batalla diaria por la cena empezara, a ella le gusta hacer su guiso de pollo, una receta de su pueblo o algo así, con la que mi adorado marido creció sano y fuerte, yo prefiero la variedad, ya que si de ellos dos dependiera comeríamos ese guiso todos los días a toda hora.

-no entiendo – dice mi suegra, cortando unas verduras- ¿Por qué? te opones al guiso si sabes bien que a Fredy le encanta, Caroline

-porque – le contesto a su lado – creo que es bueno variar un poco

-cuando en el pueblo no había nada que comer…

-en todas las casas se cenaba con ese guiso- interrumpo - ya lo sé, no digo que sea malo solo que…

-es bueno variar – me interrumpe ahora ella a mí, ya nos sabíamos la pelea de memoria, era como el dialogo para una película que se repetía.

Al final terminábamos cenando el dichoso guiso, no entendía como a mi marido le fascinaba, o como mi suegra luego de tantos años de comerlo no había terminado hastiada de este, yo ni siquiera me había tomado el tiempo o la paciencia para aprenderme la receta, estaba segura que, si algo pasaba y mi suegra dejaba de vivir con nosotros, ese guiso no volvería a ser servido en la mesa del apartamento jamás, aun y si me estaba muriendo de hambre.

- ¿Cómo estuvo tu día? – me pregunta mi esposo, mientras me tomo mi típico vaso con agua antes de dormir, tomo asiento en una de las esquinas de la cama.

-rechazaron otra de mis propuestas, Elizabeth, me dijo que me concentrara en confeccionar los diseños que se me daban y me olvidara de los míos – le digo mirando al suelo.

Mi sueño siempre ha sido diseñar y crear mi propia colección de ropa, trabajó en la ciudad para una de las mejores casas diseñadoras, pero nunca por más que presentó mis diseños siempre son rechazados, por no ser lo suficientes atrevidos o novedosos o que se yo, nunca faltaba una excusa

-sabes- le digo le digo a Fredy – no entiendo porque los siguen rechazando, como si hoy en día la gente fuera exigente con la ropa, se vestirían de papagayo, si su cantante o actriz favorito así lo hiciera

-talvez eso es lo que debas hacer – me dice, cerrando los ojos – vestirte de papagayo

Me causa gracia lo que me dice, y antes que yo pueda preguntarle por su día, él cae dormido me impresiona la rapidez que tiene para conciliar el sueño a los pocos minutos empieza a roncar, lo oigo casi por una hora mientras lo observo dormir, admiro su serenidad, y me encuentro tan enamorada como el día que no casamos, él ronce con más intensidad, como advirtiéndome que deje de mirarlo, para muchos los ronquidos son una molestia, pero para mí eran como el sonido de la más bella canción posible, por muchas noches cuando Fredy se unió al ejercito desee escuchar sus ronquidos, me acostaba cerraba los ojos y casi imaginaba que estaba a mi lado, era sentirlo, cuando nos casamos le hice pasar una tortura por sus ronquidos, me frustraba el no poder dormir bien, pero ahora que mi sueño de volver a compartir la cama con él se cumplió, ya nada me molesta. Me pregunto si pasaría lo mismo, con el guiso, talvez si dejara de comerlo hasta lo extrañaría. Pensando en el guiso de mi suegra recuerdo que mi abuela tenía una receta familiar, que también me negué a aprender, era tan terca.

-no puedo creer que seas una inútil – me gritaba mi abuela, yo era una niña de 6 años, pero tenía mi carácter, me negaba a aprender cualquier cosa que mi abuela quisiera enseñarme, puedo sonar como una malagradecida, pero es que ella no era fácil tampoco me golpeaba todo el tiempo y había creado en mí una necesidad de desobedecerla.

-te lo dije, no voy a aprender tus estúpidas recetas – le gritaba todo el tiempo, para luego salir de la casa tirando cosas. En un pequeño previo baldío jugaban todas las tardes mis 3 mejores amigos, Julián, Federico y Antonio los tres nos divertíamos.

Aún recuerdo el día que nos dieron una paliza a todos por meternos en lo que no nos incumbía, era una bella mañana nos habíamos escapado de clase, creo que teníamos 8 u 9 años, vivíamos en una pequeña ciudad llamada Santa Ana, y nos dirigíamos a jugar futbol en aquel pequeño terreno, corríamos y reíamos aprovechando nuestra niñez e inocencia, hubiéramos querido ser niños por siempre, “es estresante y aburrido ser adulto” les decía a mis amigos y vaya que tenía razón. Antonio era el más rápido de todos, era casi imposible alcanzarlo, yo intentaba competir con él, pero siempre me ganaba, ese día se adelantó tanto que lo perdimos de vista, al llegar previo baldío Antonio discutía con unos chicos, ellos estaban molestando a una chica.



R. Diamond

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En el texto hay: familia, amor, amistad

Editado: 15.08.2019

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