Umbrella

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Federico.

- ¿Cuándo publicaras el siguiente articulo? – me dice mi jefe, don Leónidas, sosteniendo la puerta de mi oficina.

-estoy trabajando en ello – le digo sin voltearlo a ver.

-que sea pronto Fede – me dice en tono autoritario y paternal a la vez antes de darse la vuelta y cerrar la puerta

Desde hace unos años trabajo en el diario local el Capitolio, escribo artículos y novelas mágicas que no hechizan a nadie porque a la gente lo que realmente le importa creo sin temor a equivocarme es saber que famoso dejo a quien, quien se casa con quien, y ese montón de vainas que a mí ni me van ni me vienen pero que tengo que investigar para escribir artículos basados en espectáculos. El último artículo que escribí fue con un título de pacotilla “que no le pase lo mismo que a Mercedes Benítez 10 consejos para mantener vivo su matrimonio” llene una página con pura fanfarronería que ni me convencía a mí mismo, siendo yo el autor, pero que fue muy popular porque llegaron cientos de cartas elogiando dicho artículo, pero ninguna referida a la pequeña novela en la última página del periódico, ni una sola que me alentara a seguir escribiéndola, porque a nadie le interesa la buena lectura están más absortos en la vida de fantasía de otros, que los engañan haciéndoles creer que son perfectos, pero yo conozco a todos esos famosillos, no son más que títeres en una tela de entretenimiento vano y absurdo que nada más consume la mente de la gente sin sentido común.

Desde que era un niño soñaba con escribir un libro de aventuras copiar la escritura mágica de mis escritores favoritos, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, los escritores que me acompañaron durante mi infancia, con sus cuentos llenos de vida y pasión que me atrapaban en el libro, donde no podía parar hasta terminarlos, pero me convertí en un escritor mediocre que no puede escribir una buena novela que interese a alguien, me vendí a mí mismo escribiendo cualquier cosa para ganar dos pesos.

-deberías escribir una novela de amor – me aconsejo una vez mi madre.

La idea revoloteo en mi cabeza por varios días hasta que la deseche, creo que ella me lo sugirió con la malicia de desvelar en mis escritos algún indicio de que alguna vez he estado enamorado, la mayoría de personas se extraña que a mis 35 años nunca haya tenido esposa, ni una novia formal que durara más de 6 meses. Pero nada es lo que parece y por supuesto que he amado, y que sigo amando más que a mi propia vida a una mujer, desde mi infancia he la he adorado como a una diosa, nadie ha amado y adorado a alguien como yo a ella, conocía cada parte de su cuerpo, conocía si rostro angelical, aún recuerdo su dulce voz en las tardes de juego infantil en la casa de mi amigo Antonio, los trajes de gala que usaba cuando se dirigía al teatro de la mano de su esposo, un pobre hombre insípido que no la merecía ni de chiste, la primera vez que la vi fue a los cinco años

- ¡despierta! – me gritaba Antonio a modo de broma, estaba recostado sobre la mesa del salón en el jardín de niños

- ¿Qué quieres? – le contestaba al frenético niño, a quien había visto un par de veces.

-vamos a jugar – me dijo de la nada, lo observe por unos segundos, era demasiado alocado para mi gusto, pero al final no tenía ningún amigo, acababa de integrarme al grupo, luego de que mi madre decidiera que nos mudábamos. Acepte la invitación de aquel niño, sin saber que se convertiría en mi mejor amigo, pero a la vez en el conducto que me llevaba hacia la mujer de mis sueños, varios meses pasaron desde que Antonio y yo empezáramos nuestra amistad, en el calor de los primeros lazos amistosos que ambos entablamos en la vida, yo no podía parar de hablar de la locura de mi amigo Antonio en casa, y él hacía lo mismo, tanto así, que un día él me invito a su casa, acepte sin ninguna otra pretensión que la de pasar un buen rato jugando, el padre de Antonio nos recogió, luego de pedir permiso a mi madre, nos dirigimos a la casa de Antonio, era una de las más grandes de la ciudad, tenía un portón negro como entrada principal, un jardín delantero, lleno de rosas y gardenias que le daban un toque paradisiaco, una puerta de cristal, eran dos plantas grandes, al entrar se encontraba la sala, con muebles franceses, los había visto en alguna de las revistas de mi mama, eran de color blanco crema, un sofá largo y dos pequeños sillones que rodeaban una gran mesa de vidrio templado, varios cuadros alrededor que no recuerdo exactamente de que eran, unas escaleras estilo caracol, que conectaban la casa, al otro extremo de la sala, frente a la puerta principal había una puerta corrediza que daba hacía el jardín trasero, de ahí surgió la mujer más bella que jamás había visto y que jamás vi, alta, con una postura recta elegante que le daba un aire real, su pelo lacio que le llegaba hasta los hombros, su rostro joven y sonriente por recibir al hijo, sus gestos, sonreía mientras tomaba la mochila de su hijo, luego me daba la bienvenida, era toda una aparición angelical apenas podía respirar o mantenerme de pie, ante tal divinidad.

-el almuerzo se servirá en unos momentos – nos dijo con una voz suave melodiosa, que me daba la sensación que lo había dicho cantando



R. Diamond

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En el texto hay: familia, amor, amistad

Editado: 15.08.2019

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