Un alma perdida

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8: Miedo

Samuel no estaba dispuesto a seguir la última orden del monstruo sediento de sangre. Era imposible matar a su madre o su hermana, las amaba. A pesar de todo el daño causado por sus manos, del gran error cometido, no estaba dispuesto a hacer caso al llamado.

El monstruo se precipitada como una gran masa de oscuridad sobre las mujeres tiradas en el suelo.

Se notaba en el ambiente que estaban atemorizadas de él. De Samuel. El golpe fue duro, pero estaba hecho. La realidad le golpeó y se burló. El monstruo se reía con carcajadas gruesas y sonoras que taladraban su cabeza.

Con furia, odio y dolor contenido la pistola que antes estaba en el suelo pasó a sus manos.

La criatura dejó de reír.

Samuel ya había tomado su decisión.

En medio de lágrimas no soportó estar frente a la que ya no era su familia. Gracias a él todo se había caído como un castillo de naipes. Lloró porque su madre y su hermana le temían.

En su momento Samuel tuvo miedo al monstruo. Y no quería ser un monstruo para ellas.

Dio media vuelta saliendo de la casa. Caminó desesperado hasta el bosquecillo y se encontró con todos los cadáveres. Cometió ocho asesinatos, pero en el camino perdió el control de su vida, pues su alma estaba perdida. Sin posibilidad de salvación.

Samuel ya no era dueño de su cuerpo. Quería cumplir su último objetivo, pero no podía. Con toda su fuerza de voluntad se tiró bajo la sombra de un árbol.

El monstruo abominable le miraba. Esta vez se sentía más grande, fuerte y poderoso. El aire le sabía a muerte. Estaba seguro de una cosa, si moría, la criatura desaparecería. Podía sentir el miedo del monstruo, podía olerlo, saborearlo.

La cosa intentaba que Samuel se arrepintiera controlando su cuerpo, pero él hizo acopio de toda su fuerza y alzó la pistola. Justo frente a sus ojos, entre sus cejas.

Y allí, a la sombra de un árbol, su mente poco a poco se fue apagando, había llegado el momento de desaparecer.

Su último deseo fue que su madre y hermana siguieran viviendo. Acostado en la hierba, con el monstruo frente a él, se pegó un tiro.

Todo quedó sumido en un silencio sepulcral.

Los perros dejaron los ladridos. Los sollozos finalizaron en lo que fue alguna vez un hogar. No había voces, no había ruido y pronto no iba a haber vida alguna en aquel lugar.

A pesar de los esfuerzos de Samuel.

De no sentirse en el aire presencia alguna de aquella masa hecha de deseos macabros se podía sentir el peligro acechando en las sombras.

La monstruosidad se había ido de aquel lugar, la escena le parecía pobre y aburrida. Seguía vivo, deambulando en busca de más víctimas. Y aunque no estuvo para ver la estocada final siguió su camino con la muerte rodeándolo en un manto pesado y envolvente. 



Gatervel

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En el texto hay: miedos, terrorpsicolgico, luchas internas

Editado: 03.07.2019

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