Un año fugaz

Tamaño de fuente: - +

Viaje en tren

Un toque en mi hombro izquierdo acalló por un momento la voz del interlocutor de radio que entregaba un premio de mil euros y una entrada a un concierto a la llamada ganadora de aquella mañana. Parpadeé, quitándome un auricular. Un hombre con traje de chaqueta me sonrió al tenderme la mano. Rebusqué en el bolso, a punto de tirar el café con leche ya frío que descansaba en la mesilla plegable. Saqué el doblado billete del bolsillo interno y se lo entregué al revisor. Él comprobó mi asiento y colocó una marca en él con el bolígrafo bic que sujetaba con firmeza antes de devolvérmelo.

– Buen viaje, señorita.

Me recosté, perdiendo la vista de nuevo en el bullicio urbano reflejado en la ventana mientras subía el volumen del teléfono cuando comenzó a sonar una de mis canciones favoritas. Había tenido suerte aquella mañana, el asiento a mi izquierda llevaba vacío todo el viaje, dándome espacio de sobra para estirar las piernas. Observé la forma desordenada en que los edificios dibujaban continuas sombras sobre la piel de mi mano, apoyada en el cristal. Cerré los ojos, disfrutando del calor de los primeros rayos de sol de la mañana y, posiblemente, los últimos del verano.

Muy lentamente, una nada amorfa cegó mis pensamientos para después comenzar a dibujar líneas finas, componiendo colores brillantes que formaron un paisaje exterminador donde caí abruptamente.

No podía dejar de contemplar el más allá mientras descendía por aquellos pedregosos escalones que se amoldaban a la roca para no quebrar el molde de la naturaleza primigenia. Tenía la sensación de haber estado mil veces en aquellos acantilados, pero aquello era imposible, sólo había viajado a la costa una vez.

Único en altura y verticalidad, el precipicio proporcionaba la escalofriante visión de una bahía. Todo lo que alcanzaba a contemplar estaba teñido de azul turquesa. Cielo y mar se unían de manera sutil en el horizonte, expresando en una finísima línea la infinitud de lo creado, la ambigüedad del devenir. Vigoroso y violento golpeaba el oleaje, devorando en un segundo lo que milenios había tardado en ser formado. Gaviotas atravesaban el ancho océano planeando con una delicadeza exquisita que me hizo desear ser pájaro para unirme a ellas y poder coronar las nubes en mi vuelo hacia lugares nunca vistos por los ojos de los hombres.

El fin del mundo era, sin duda, un lugar extraordinario.

Un paso, un escalón. Otro paso, otro escalón. Y otro, y otro. No podía detenerme. La brisa golpeó mi cuerpo, azoró la superficie del mar. El agua al salpicar furiosamente cayó sobre mis pies descalzos cuando llegué al último escalón. Mi piel debería haberse erizado. Debería haber sentido frío. Sin embargo, todo lo que sentí fue miedo al darme cuenta de que tenía que saltar. Me quedé paralizada, jadeando. Tenía que hacerlo, necesitaba hacerlo. Los dedos de mis pies estaban al borde. Todo parecía gritar: ¡salta!

No, no podía hacerlo. El oleaje rugió, llamándome. ¡Salta! Unas manos invisibles me empujaban. ¡No, no por favor, no!

El sonido de una voz masculina me golpeó repentinamente. Las luces detrás de mis párpados cerrados escocían. Aún podía oír el bramido del mar en algún recóndito lugar de mi mente. Tomé una bocanada de aire. El cuello me hormigueaba por la postura que había adquirido, apoyando la mejilla contra el cristal. Un auricular se me había caído de la oreja. Confundida, abrí los ojos, sintiéndome por un segundo orbitar fuera de mí misma. Miré alrededor.

– Disculpa, ése es mi asiento – dijo un muchacho de pie en el pasillo. Llevaba una descolorida mochila carmesí al hombro y un libro en la mano. Debía haber estado leyendo mientras esperaba porque marcaba la página por la que iba con el dedo corazón.

Mascullé una disculpa con voz pastosa, ronca, mientras me recolocaba un mechón de pelo rubio detrás de la oreja. Aparté las piernas y recogí la mochila, colocando ésta última en el hueco bajo mi asiento. El muchacho se sentó y continuó con su lectura. Yo busqué una postura más cómoda mientras le daba un último sorbo al café, hace horas frío. Tenía la garganta reseca. Apagué la radio que seguía sonando de fondo. Había un mensaje nuevo en el teléfono. Mi padre me preguntaba si me había comprado ya las zapatillas de correr para las que me dio el dinero. Suspiré, sin llegar a responderle. No había mensajes de mi madre, ¿estaría bien? ¿Habría podido hoy ir a trabajar al final o se había tenido que quedar en casa cuidando del mocoso y su resfriado? Se me hacía extraño estar lejos de casa tanto tiempo. El próximo fin de semana volvería, les daría una sorpresa por el cumpleaños de Sonia, aunque todavía necesitaba encontrarle un buen regalo. Mis ojos se desviaron hacia el muchacho casi sin darme cuenta. Llevaba el pelo demasiado largo, un rizo moreno le caía sobre la frente al inclinarse para leer. Quizás podría comprarle un libro a Sonia. Él pasó una página y me fijé en sus manos. Tenía los dedos largos, las uñas levemente mordidas. Debía ser una persona ansiosa, o estar pasando por un momento de estrés. El chico parecía tener mi edad, puede que un poco más. ¿Universitario, tal vez? Un túnel engulló las vías del tren unos segundos, sumergiéndonos con él.



BlackandSweetShadow

#5974 en Otros
#2234 en Relatos cortos
#9411 en Novela romántica
#1548 en Chick lit

En el texto hay: hilo rojo del destino, encuentros, artistas

Editado: 11.01.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar