Un año fugaz

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Un paseo por el parque

–¡Cuidado, tío!  

Me aparté de la trayectoria del balón justo a tiempo. La pelota cayó a un metro de mi posición e instintivamente corrí hacia ella antes de que se alejara aún más. Controlándola con el pie, busqué al propietario con la mirada para devolvérsela. Un grupo de chiquillos con uniforme de colegio me hacían gestos desde una pista al otro lado del parque. Sonreí un segundo, afianzando con una mano la cinta de la funda de la guitarra que me cruzaba el pecho para echar la pierna hacia atrás y chutar. El balón hizo un pobre intento de parábola, desviándose a la derecha. Uno de los chicos corrió a por él mientras otro me daba las gracias a voces. Le levanté el pulgar desde lejos antes de girarme para continuar mi camino.  

La brisa de otoño sacudía las ramas de los árboles, llevándose con ella las hojas ya acartonadas que después se acumulaban en húmedos montones dispersos. A pesar de que el tiempo había empeorado en las últimas semanas, el parque era un recinto bastante transitado. Un hombre con un carrito de bebé doble, sentado en un banco, daba la merienda a dos manos. Una mujer con un carrito de la compra caminaba por la acera, observando distraídamente un edificio al otro lado, seguramente calculando cuánto le quedaba para llegar a casa. Un grupo de quinceañeras con teléfonos más caros que mi guitarra estaban sentadas en el césped, riendo con jovialidad mientras se enseñaban fotos las unas a las otras. Dos señores con boina y bastón junto al quiosco, se terminaban un paquete de pipas. Paseé la vista por los rincones hasta que encontré un banco solitario, apartado del camino y a resguardo bajo un árbol.  

Me acomodé, colocando la guitarra junto a mí. En el bolsillo exterior había folios arrugados, servilletas de bar pintarrajeadas con frases pegadizas, partituras que no habían llegado a nada, composiciones que aún no estaban acabadas, melodías sin letra. Cogí el cuaderno negro gastado y un lápiz mordisqueado antes de perder la mirada en las copas de los árboles, buscando inspiración entre los cantos de los pájaros, sin hallar ni la una ni los otros. Componer siempre me había parecido un acto natural, necesario, vital. Melodías saltaban a mi mente, obsesionándome hasta que les daba forma, hasta que las letras encajaban, fluyendo conmigo. O al menos, antes era así. Ahora llevaba dos meses sin ser capaz de enlazar tres palabras seguidas en un mismo verso. Las semanas se sucedían sin descanso y cada día que pasaba sin componer era un tormento para mis nervios. La fecha límite que me había dado la discográfica para entregar la maqueta estaba demasiado cerca, casi tan cerca como el ataque al corazón que sufriría si no conseguía escribir una maldita canción. Me había comido ya todas las uñas de los dedos a pesar de que mi hermana me golpeaba el dorso de la mano cada vez que me veía mordisqueándomelas y también, a pesar de saber que tocar la guitarra sin uñas era cometer una masacre.  

Rogué entonces, bajando la mirada hacia el papel, por un soplo novedoso, un impulso creador, una idea reflexiva. Lo que sea, pero, algo y pronto. A ser posible, hoy. Garabateé con el lápiz, sin llegar a escribir nada coherente. A lo mejor Arturo tenía razón y lo que necesitaba era dejar de obsesionarme con la discográfica, dejar de obligarme a escribir y simplemente hacer otras cosas. Volver a editar versiones, a cantar con pequeños públicos. Quizás simplemente esperar a que la inspiración volviese. Un golpe sordo, raposo, y un posterior grito ahogado me distrajeron cuando tomé la guitarra entre las manos, dispuesto a tocar notas aleatoriamente hasta juntar las melodías que bailoteaban por el cuaderno en una sola. Levanté la cabeza, sobresaltado.  

–¡Auch! ¡Oh, mierda!    

La voz era la de una joven. Tardé medio segundo en localizarla, no lejos de donde yo estaba. Una chica rubia, vestida con un chándal de Decathlon y unas zapatillas azules fluorescentes, arrodillada en el suelo, las manos en la tierra. Los auriculares de un llamativo color bermejo le colgaban del cuello. Debía haber tropezado con algo. El pelo rubio que llevaba recogido en una coleta deshecha, se le pega a la frente, a la sien, en mechones oscurecidos por el sudor. Siempre me habían gustado las rubias. Su cara de piel aparentemente pálida estaba enrojecida, no sólo por el sofocón del footing, sino también por la vergüenza de la caída. Sus ojos azules, grandes, visibles desde la distancia se entrecerraron con enojo cuando echó la vista atrás y vio una lata pisoteada de cerveza en el suelo.  

Hice el ademán de levantarme cuando vi que, al apoyarse en el suelo con las manos para ponerse en pie, su gesto se contraía en una mueca de dolor. ¿Se habría hecho daño? Me detuve, indeciso, con la guitarra a medio camino de volver a ser guardada en la funda. ¿Qué haría, ir allí y preguntarle si estaba bien? Quizás podría ofrecerle ayuda o comprarle una botella de agua en el quiosco para que pudiese recobrar el aliento. Ella se puso en pie, resoplando, echándose el pelo hacia atrás con un gesto del hombro. Tenía las manos vueltas hacia arriba, debía de haberse arañado las palmas de las manos al tropezar. Sí, definitivamente, iba a preguntarle si necesitaba algo. Solté la guitarra en la funda, me puse en pie y al volver los ojos hacia ella, ya no estaba sola.  



BlackandSweetShadow

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En el texto hay: hilo rojo del destino, encuentros, artistas

Editado: 11.01.2019

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