Un año fugaz

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La cafetería

Me había olvidado el paraguas. Aquel pensamiento me fastidió mientras bajaba del bus. Las primeras lluvias del invierno se habían estado retrasando, hasta hoy. Las nubes negras se arremolinaban en el horizonte, ocultando la caída del sol, en un claro indicio de que el hombre del tiempo se había equivocado, para variar. Y yo iba camino del ensayo, sin auriculares, sin paraguas. Las calles del centro eran bulliciosas, ociosas. Era tiempo de rebajas, la gente paseaba, veía las ofertas, compraba aquí y allá, y las tiendas aprovechaban hasta el último segundo para liquidar el máximo posible. Las luces de Navidad seguían colgadas, como si no hicieran ya dos semanas desde el final de las vacaciones. Miré el reloj de mi muñeca, la aguja marcaba menos veinte. Por una vez, iba bien de tiempo. Cogí el coletero de la muñeca y me hice un moño flojo, dejando caer el pelo rubio a mi espalda. Ya lo llevaba demasiado largo, necesitaba un corte.  

Me detuve cuando el semáforo se puso en rojo. Noté el comienzo de un tic nervioso hormigueando en las plantas de los pies. Tragué saliva, ajustando el asa de mi bolso al hombro. Observé sin ver en realidad el muñequito rojo y brillante. Hoy publicarían la lista con el reparto. ¿Habría conseguido el papel de la Novia, por fin un protagonista? Ojalá. Mamá adoraba a Lorca, seguro que si me daban el protagonista vendría a ver el estreno. De verdad quería ese papel. Me lo había preparado tantísimo. El tacón de mis botines comenzó a zapatear en la acera. Miré el semáforo. Verde, vamos, ponte verde. Un par de gotas me cayeron en la frente, en la mejilla. Levanté la cabeza, observando el cielo y sus tintes oscuros, frunciendo las cejas. Maldita sea. Cuando volví a enfocar el semáforo el muñeco caminaba, iluminado en verde. Me apresuré a cruzar la calle, mirando el reloj de nuevo mientras se me escapaba un bostezo. Estaba cerca del recinto, tenía tiempo de parar en la cafetería y pedir un café para llevar. No sobreviviría tres horas de ensayo sin un chute de cafeína.  

Para ser miércoles, la cafetería, muy elocuentemente llamada La Esquinita, estaba bastante llena. Empujé la puerta de la derecha y me apresuré a esquivar a una pareja que buscaba un asiento entre las mesas para llegar hasta la barra. Me situé entre dos hombres, apoyándome en el pequeño escalón con los pies, intentando llamar la atención de algún camarero. Apoyé los codos sobre la encimera, inclinando el cuerpo hacia delante, buscando la mirada correspondida de la camarera del pelo moreno, la que siempre me atendía con una sonrisa.  

–¿Qué te pongo, bonita? – dijo ella desde el otro lado, mientras cobraba un par de cervezas a una mujer que estaba cerca de mí.  

–Un café con leche, bien cargado, por favor – respondí, alzando la voz para que me oyese –. Para llevar, si no te importa.  

–Marchando un café para la señorita. – respondió, cargando el depósito de la cafetera con un gesto ágil, rutinario.   

La gente a mi alrededor comenzó a aplaudir. Me di cuenta entonces, sorprendida, de que en la parte de atrás del bar había una pequeña tarima. Me giré para observar. Un chico con una guitarra estaba sentado en medio del improvisado escenario. Comenzó a tocar, raspando con una púa rojiza las cuerdas del instrumento. El chico tenía una voz profunda, muy bonita. Tarareé mentalmente la letra. Tardé unos segundos en recordar el nombre de aquella canción. Aquella era una versión acústica de Something I need de OneRepublic. Hacía años que no la escuchaba, pero recordaba el día que Sonia apareció por casa con el disco, Native, dispuesta a obligarme a enamorarme del su grupo favorito. Había escuchado cien veces, mil veces, aquella canción.  

Instintivamente, bajé de la barra para quedar un poco más cerca y poder escuchar mejor. El chico cantaba con los ojos cerrados, como si se aislara, como si allí sólo estuviesen él y su guitarra. Conocía esa sensación, era lo que yo sentía justamente antes de pisar un escenario. El público fluía con él, moviendo la cabeza, el cuerpo, en un vaivén rítmico. Les gustaba, lo estaban disfrutando. Yo misma me encontré marcando el compás con el golpe de mi tacón en el suelo. Sonreí, olvidando por un instante el tiempo que seguía corriendo y los nervios ante el reparto de papeles. Olvidé la tensión familiar entre mis padres, olvidé que hacía dos semanas que no sabía apenas nada de Sonia. Incluso olvidé las noches llorando, abrazada a la almohada. Olvidé a Andrés, a su “necesito un tiempo”. Allí, en esos minutos, todo se esfumó y simplemente disfruté de la canción, del sonido en directo de la guitarra, de la voz vibrante del cantante. 



BlackandSweetShadow

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En el texto hay: hilo rojo del destino, encuentros, artistas

Editado: 11.01.2019

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