Un año fugaz

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La representación

– Podrías repetirme, por favor, ¿qué estamos haciendo aquí un viernes por la noche? – pregunté en un susurro, lanzándole a mi hermano una mirada de reojo mientras sacaba del bolsillo el paquete de gominolas que había conseguido colar en la sala.  

– Yo te lo repito – dijo, robándome una fresa azucarada de la bolsa –. Yo estoy aquí para apoyar a Sara en su debut, por el que está muy entusiasmada, aunque tiene tres míseras líneas. Sara, por si también lo has olvidado, es esa chica pelirroja que lleva semanas viniendo al piso, que está más buena que un bollo de crema y con la que espero tener algo en un futuro próximo. Y tú estás aquí como apoyo fraterno y para evitar que me quede dormido en mitad de un acto – sonrió. –. Y también porque te he pagado veinte eurazos, tío.  

Puse los ojos en blanco, reclinándome en el asiento. Empezaba a sentirse en el ambiente que estábamos en primavera, y no lo decía sólo por el buen tiempo.  

– Oh, cierto. Toda una fortuna, sí señor.  

– Anda, cierra la bocaza, que ya se han apagado las luces – me chistó, hurgando de nuevo en la bolsa.  

Observé el folleto que había cogido a la entrada del teatro, donde estaba anunciada la obra que se estrenaba y que íbamos a ver. Una adaptación de una compañía local de Bodas de sangre, de Federico García Lorca. Sabía que en el instituto había tenido que leerme para Lengua otra obra de Lorca, La casa de Bernarda Alba, pero ésta no me sonaba de nada. Siempre me había gustado el teatro, pero al leer “compañía local” sentí caer en picado mis expectativas. Estuve tentado a sacar el móvil y buscar en internet la sinopsis, pero el telón se abrió antes de que me diera tiempo y apareció en escena una mujer sentada en lo que parecía una habitación de paredes amarillas. Ella tenía la mirada perdida. Entró entonces a escena un joven, besándole la mejilla. Me sumergí entonces en una escena madre-hijo donde se discutía por una navaja y también por la novia del joven, la cual, por lo que pude intuir, no era muy del agrado de su futura suegra ni tampoco de los otros personajes. Arturo casi saltó de la silla cuando apareció su amiga la pelirroja, encarnando al personaje de la mujer de Leandro, el ex de la prota de la obra. El principio de aquel primer acto hizo que me sorprendiera gratamente el nivel de la compañía, la fuerza con la que expresaban los diálogos, sobre todo la madre, que parecía que cada palabra le arañaba las entrañas. A medida que pasaban los minutos, mientras me iba sumergiendo en aquella historia, se fue forjando dentro de mí una ansiedad por conocer a la Novia.  

Apareció entonces, por primera vez, cuando el novio junto a su madre fuer a pedir la mano al padre de la muchacha. La actriz era una joven bajita, delgada, rubia. Llevaba el pelo suelto y un vestido claro. Caminaba en actitud sumisa, las manos caídas y la cabeza baja, sin establecer contacto ni con el público ni con los otros personajes. Parecía muy pequeña al lado del resto del reparto. Fruncí el ceño, observándola. Ella habló bajito, la madre del novio la tomó de la barbilla, levantándole la mirada. Su rostro era hermoso, pero me pareció advertir en su gesto una mirada ausente, unos ojos azules opacos e insensibles. Era como si escondiera algo. Esperé, intuyendo que había más. La novia se quedó sola con la criada y entonces, como si se hubiese quitado una máscara, su rostro se tornó en furia contenida, en dolor sufrido, que aumentó cuando la criada mencionó que el antiguo amante de la joven, Leandro, venía cabalgando hasta su tierra. ¿Cómo la actriz podía trasmitir tanto? Me quedé alucinado. La observé de cerca durante toda la obra de teatro, observando los cambios de personalidad, la ansiedad de sus acciones, la fuerza que parecía empujarla, ajena a su voluntad.  

Hubo un momento clave para mí, el cual me dejó sobrecogido, cuando ella se escapa con Leandro a pesar de estar recién casada con el otro, y estando ambos solos, le decía:  

-¡Ay que sinrazón! No quiero contigo cama ni cena, y no hay minuto del día que estar contigo no quiera, porque me arrastras y voy, y me dices que me vuelva y te sigo por el aire como una brizna de hierba. He dejado a un hombre duro y a toda su descendencia en la mitad de la boda y con la corona puesta. Para ti será el castigo y no quiero que lo sea. ¡Déjame sola! ¡Huye tú! No hay nadie que te defienda.  

¿Por qué esas contradicciones? ¿Cómo podía ella decir aquello y hacerme sentir como si en realidad, no fuese su culpa, como si fuera culpa de algo sobrenatural que la empujaba una y otra vez hacia el mismo lugar, hacia la misma persona? ¿Cómo conseguía la actriz, con su mirada clara de maldad y aguada por el sufrimiento, hacerme sentir así? Me quedé sin aliento, sintiendo el pecho latirme deprisa, esperando lo inevitable. Dos violines sonaron de fondo cuando todo el escenario se llenó de luz azul y dos gritos cortaron el aire, rompiendo en abrupto silencio las notas de los instrumentos. Menuda maravilla de escena.  



BlackandSweetShadow

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En el texto hay: hilo rojo del destino, encuentros, artistas

Editado: 11.01.2019

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