Un bebé para llevar

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Capítulo 1

—Lo cierto es que no es necesario hacerte una entrevista, con la recomendación tuve para saber que eras la persona indicada, así que relájate, solo estás aquí para que yo pudiera conocer a la nodriza de Mary.

Esas fueron las palabras con las que Adriana, mi nueva empleadora, intentaba que yo no estuviera tan nerviosa como me notaba, pero que no servían en nada.

El puesto para el que había sido recomendada era una total incomodidad. Digo, una cosa es cuidar a un bebé, otra muy diferente amamantarlo sin ser su madre. Sentía que era raro, y el sentimiento debía ser general o, al menos, compartido, pues ella hizo una pregunta que también me hacía yo.

»¿Puedo hacerte una pregunta? —preguntó con seriedad. Asentí—. Lu me dijo que no eras de las que quisieran una familia, entonces, ¿por qué intentar ser nodriza?

—Si le preocupa que quiera quedarme con su marido e hija, no tiene qué preocuparse —dije y ella sonrió—. Es cierto lo que dijo Lucy, no me gustan las cosas problemáticas, así que no me aventaría a hacer una familia ni aunque me pagaran por ello y, para empezar, nunca tuve la intención de ser nodriza, es solo que Lucía no tenía suficientes personas para su taller en el centro de salud y le hice un paro, luego se le ocurrió esto del trabajo y, en algún punto de su explicación, sentí que no era del todo malo aceptarlo… ella tiene una labia increíble.

—Ya lo que creo que sí —concordó burlona la mujer de cabello negro, lacio y tan corto que apenas llegaba a su barbilla—. Pero no solo su labia es increíble, toda ella lo es. Por eso no dudé ni un segundo en aceptar su propuesta, además que en serio lo necesito. Ya no puedo seguir siendo madre, mi trabajo se está poniendo complicado como para que mis pensamientos sean sobre los pañales de mi sobrina. Ah, cierto, ella es hija de mi hermano, y es padre soltero, así que no me preocupaba mucho eso de que quisieras quedarte con Mary y su padre. De hecho te lo agradecería, si así sucediera.

Esa bula de su parte me hizo sonrojar, y también me invitó a repensarme el aceptar el trabajo, pero esos pensamientos quedaron ahogados en el llanto de la pequeña niña que no paraba de llorar aun cuando el carrito que la contenía no dejaba de mecerse.

»Está incómoda —señaló la mujer que dejaba su silla para levantar a la pequeña Mary, de tres meses y medio de edad—, es intolerante a la lactosa, así que las formulas le causan gases y dolor. No hemos dado con una buena para ella. Cuando le comenté a Lu de esto, ella sugirió una nodriza, y te recomendó. Me pareció buena idea, viniendo de una enfermera.

—¿Aunque esa enfermera fuera Lucy? —pregunté y ambas reímos—. Creo que es la única enfermera en el mundo que haría un taller de nodrizas para sus prácticas profesionales. Aunque no me sorprende tanto la idea, me sorprende que haya logrado que le permitieran hacerlo. Ella es increíble, en muchos sentidos.  

Adriana concordó conmigo. Nuestra amiga en común no era la enfermera más sensata, a decir verdad. Estaba tan loca que a muchos nos sorprendía que trabajara en algo tan serio e importante como la salud.

—Tal vez fue la desesperación, o la falta de sueño —dijo ella andando hasta mí—. Tiene hambre así que, ¿te importaría iniciar de una vez?

La mención del inicio de un trabajo que jamás había hecho, y para el que no me sentía para nada preparada, hizo que la tensión olvidada se hiciera presente con más fuerza. Pero no quería echarme para atrás, sentía que si había decidido hacerlo, aunque lo considerara ahora como un momento de locura, era porque había encontrado un beneficio en ello.

Negándome a seguir pensando en las implicaciones y consecuencias de lo que hacía, extendí los brazos para aceptar a la bebé. Adriana sonrió y yo le pedí que me diera privacidad, gracias al cielo accedió.

—¿Qué estoy haciendo? —pregunté en voz alta una vez que comencé con una tarea que, hasta cierto punto, me parecía rallaba en lo desagradable.

La pregunta era de lo más normal. Socialmente, que yo lactara a un infante que no había crecido en mi ceno, seguramente era raro en el mal sentido de la palabra, incluso yo lo sentía así.

Suspiré, me había replanteado las cosas y decidido que no era lo que quería hacer, porque me sentía incómoda al punto de anular todas mis vergonzosas escenas protagonizadas en público, ya saben, esas de tropezar en la calle y caer aparatosamente tirando algo sobre alguien, por ejemplo.

Igual no me detuve. ¿Qué clase de ser humano sería si interrumpiera la comida de alguien hambriento solo porque yo me sentía incómoda?



MaryEre

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En el texto hay: familia, romance, nanowrimo2019

Editado: 08.12.2019

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