¡un bombón para Navidad!

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CAPÍTULO 5

Si me hubieran dicho que hoy sería el día donde primero, mi mejor amiga me dejaría plantada. Segundo, donde un hombre sumamente atractivo y amable me diría que su esposa está muerta y luego me subiría con él al coche para ir a casa de sus padres, bueno...le hubiera tomado por loco, pero aquí estoy. Sentada en el asiento de copiloto el lujoso coche de ese mismo hombre.

Desde su confesión ninguno de los dos a dicho una palabra. Parece que los dos estemos físicamente en el mismo lugar, pero con la mente a miles de quilómetros de aquí y cada uno en direcciones opuestas.

Sus manos se aferran con fuerza al volante y su mandíbula esta apretada. La tensión en su cuerpo es más que evidente y sus ojos duros no se despegan en ningún momento de la carretera.

Por mi parte, me estoy rebanando los sesos para decir algo que rompa el hielo y amenice el ambiente, pero soy pésima dando ánimos.

—Lo lamento.—mi voz es a penas un susurro, pero igualmente eso parece sobresaltarle.—Lo de tu esposa y haberme entrometido donde no me han llamado.—hablo por hablar. No sé lo que estoy diciendo realmente, pero siento que le debo una sincera disculpa por mi curiosidad y falta de tacto. 

—No te preocupes.—hace una mueca que se supone que debe ser una sonrisa, pero sin quitar la vista de la carretera.—No ha sido tu culpa, no lo sabías—frunce el ceño, como si le doliera algo y en un susurro tan bajito que me cuesta oírlo termina la frase.—Nada de esto lo es...

Y después de su última intervención el vehículo vuelve a quedarse en silencio, pero solo son por unos segundos, ya que inmediatamente se me ocurre un tema del que hablar que le puede distraer un poco. Al menos eso espero.

—Háblame de tus padres.—la animó reincorporándome en el asiento, mirándolo con una gran sonrisa.

—Mis padres...—repite, esta vez formándose una verdadera sonrisa en sus labios.—Son las personas más maravillosas del mundo.—suelta una pequeña risa y yo no puedo evitar imitarlo.—Mi padre fue un reconocido abogado, ahora retirado, al igual que mi madre y ahora se dedican a consentir demasiado a mi hija.

—Y seguro que ella está encantada con eso.—bromeo haciéndolo reír más.

—No sabes cuanto.—dice y mueve la cabeza, de manera que nuestros ojos se encuentran.—Pero siempre voy a estar eternamente agradecido con ellos. Fueron los que nos ofrecieron ayuda después de la muerte de mi esposa e hicieron que Charlotte no lo pasara tan mal, dentro de lo que cabe.—dice irónico.

—¿Y tu?—pregunto un tanto insegura.—¿Quien te ayudó a ti?—mi voz es un mero susurro por miedo a elevar mi tono y asustarlo.

—Digamos que mi trabajo fue lo que me mantuvo a flore.—y me dirige una última mirada cargada de significado antes de volver la vista al frente.

En lo que queda de camino no volemos a hablar del tema, pero puedo ver por la actitud de su cuerpo, lo mucho que le afecta la pérdida.

***
Al llegar a la casa de sus padres me quedo con la boca abierta. ¿Eso es una casa o más bien una mansión?

—¿Estás seguro que es aquí?—no puedo evitar preguntar.

Oigo como suelta una gran carcajada a mi lado y yo no le puedo quitar la vista de encima a la casa. En serio es grande.

—Diría que en los 24 años que llevo viniendo a casa de mis padres no se ha movido de sitio, así que sí. Esta es su casa.—me vuelvo hacia él, sin poder cerrar completamente la boca aún y Sergio se limita a encogerse de hombros como si no fuera la gran cosa. Vale, puede que él ya esté acostumbrado, pero para mi es como una casita de dulces.—Vamos, que si no nos vamos a quedar hechos muñecos de nieve.

Coge mi mano delicadamente y me guía hasta el interior de la casa. ¿Han sido cosquilleos lo que he sentido cuando me ha cogido de la mano? Puede ser porque me he quedado con las ganas de permanecer agarrados así todo el día.

Si el exterior me parecía increíble, el interior es espectacular. El enorme pasillo de entrada está decorado con luces y grandes adornos navideños colgados de las paredes. Todo parece tener su propio brillo y mis ojos se niegan a parar de examinar cada rincón.

—¡Sergi!—la voz femenina de una señora de mediana edad me sorprende y me hace fijar la vista en su figura.

Junto a la mujer también se encuentra un hombre, que deduzco que son los padres de Sergio. El hombre es unos centímetros más alto que la mujer, pero tanto la madre como el me sacan unas dos cabezas. ¿Que hice para ser tan baja?

—Hola, mamá.—le devuelve el abrazo.—Papá.—se estrechan las manos para darse unas palmaditas en la espalda después.

—¿Como es que te has tardado tanto?—cuestiona la madre.—Tu padre ya estaba empezando a pensar que te habías quedado en el trabajo y Charlotte iba a comer sin esperarte.

—Lo siento, mamá. Pero hoy me he entretenido un poco más de lo habitual.—se disculpa encogiéndose de hombros.

—Y por lo visto ese entretenimiento tiene cuerpo y nombre.—habla por primera vez el hombre con una voz profunda y su mirada dirigida a mí.



Ina Gonzalez

Editado: 24.02.2019

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