Un conde para Ann

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Capítulo 12. Parte II

 

El banquete fue celebrado por muchos, había carne en abundancia y buenos vinos para acompañarla. Los postres también tuvieron éxito, pero el menú resultaba demasiado pesado para Ann, que, de todas formas, como cualquier dama no debía comer demasiado.

A pesar de estar sentada junto a lord Wilton no pudo hablar mucho con él, los comensales más cercanos habían entablado conversación con ella y no parecían dispuestos a dejarla comer en silencio. Lo último de lo que tenía ganas era de bailar y cuando se reanudó la celebración se refugió durante unos minutos en el tocador de señoras, al menos hasta que Samantha Rutherford la encontró allí.

—¡Señorita Denson, volvemos a vernos! —estaba ligeramente arrebolada y Ann pensó que tal vez había bebido demasiado vino—. ¿Se lo está pasando bien? —preguntó con una gran sonrisa, que mostraba sus perfectos dientes.

—Sí, gracias por preguntar. Se la ve muy animada —el sonrojo se hizo más patente y Ann se vio sorprendida cuando la joven sostuvo su mano.

—No voy a negarlo, pero ya tendremos tiempo para hablar más tarde. He visto a lord Wilton buscándola, no quiere separarse ni un minuto de usted, deben estar muy enamorados —dijo con admiración.

A Ann le pilló totalmente desprevenida tal afirmación. ¿Enamorados? ¿Samantha Rutherford creía que ella y lord Wilton estaban enamorados? En ese momento se dio cuenta de lo joven y candorosa que era la muchacha, pero le costaba entender cómo alguien que había nacido con la misión de hacer un buen matrimonio podía conservar la esperanza de un matrimonio por amor. Ann, desde luego, nunca lo había hecho. Jamás había buscado enamorarse, ni de un futuro marido y mucho menos de ningún otro, el matrimonio debía proveerle de cierta felicidad, pero no contaba que dentro de esa felicidad existiese una suerte de amor romántico. La amistad que tenía con el conde era más de lo que nunca hubiera esperado.

—Hacen una pareja encantadora —añadió la chica y Ann se limitó a sonreír, pues no sabía que responderle.

Se despidieron y Ann no tardó en encontrar a lord Wilton, que se acercó en cuanto la vio.

—Señorita Denson, al fin —se acercó un poco a ella—. Estaba buscándola porque he encontrado el momento idóneo para que podamos tomarnos un descanso.

—¿Un descanso, milord? —repitió Ann sin entenderle.

—Sígame —tenía una mirada traviesa en los ojos y la guio alrededor del salón, cuidándose de esquivar a sus amistades.

—Lord Wilton, ¿qué estamos haciendo? —susurró ella.

—He pensado que un poco de aire fresco le vendría bien, así que procuro que podamos salir al jardín sin que nadie se dé cuenta.

—Me parece que eso no está bien, se preguntarán dónde estamos.

—Oh, la señorita Samantha Rutherford le ha dicho a su madre que yo quería hablar con usted y que iba en su busca; yo he mencionado que me pasaría por la sala de juego. Diría que tenemos unos minutos para alejarnos de todo el alboroto porque le aseguro que en cuanto la vean tendrá a algún caballero pidiéndole un nuevo baile.

Ann frunció el ceño, la verdad era que no le apetecía nada bailar, empezaba a sentir dolor en los pies y un poco en la espalda. Si por ella fuera, estaría de camino a casa en ese momento, ya había tenido suficiente por esa noche.

—¿Qué me dice? ¿Seguimos con mi plan de ser unos maleducados y escondernos de todos, o regresamos?

Ann hizo algo muy poco educado y resopló.

—Está bien, pero solo unos minutos.

Sonrió, satisfecho, y caminaron entre las sombras para pasar inadvertidos, como si pasearan con desgana, hasta que llegaron a las puertas traseras que daban al jardín. Solo la luz de la luna lo iluminaba y nadie parecía interesado en salir a pasear, por lo que los dos jóvenes pudieron entremezclarse en esa penumbra en el momento oportuno.

—Tendremos que alejarnos un poco de la puerta o su vestido nos delatará, me temo.

El aire fresco y limpio (todo lo limpio que podía estar en Londres) les recibió y enseguida Ann notó como todo el jaleo y el ruido del interior de la casa parecía quedar atrás. La sensación fue de calma y se volvió para ver como las luces del interior contrastaban con la oscuridad de allí afuera.

—Mire, hay un pequeño banco allí —señaló lord Wilton—. Aunque está bastante oscuro.

—No tanto, la luna brilla con fuerza —dijo Ann y se dirigió hacia allí.

Había un sendero adoquinado por el que pasear y los arbustos eran grandes y alguno que otro ya tenía flor. El banco estaba cubierto por un árbol joven pero bastante frondoso, era un jardín más que aceptable para tener en la ciudad.

—Los Rutherford tienen una bonita casa —comentó ella, sin llegar a sentarse.



Emily P. Dankworth

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En el texto hay: romance, drama, historica

Editado: 18.10.2019

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