Un conde para Ann

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Capítulo 19. Parte II

 

Caminó con paso rápido, ajustándose por el camino el abrigo y el sombrero. Por alguna razón no había calculado bien el tiempo y estaban a punto de llegar tarde, y por su culpa, ni más ni menos.

A Ann le congratulaba ser una persona puntual la mayoría de las veces, por lo general, los Denson podían echarle la culpa a la matriarca de la familia por sus tardanzas, pero en esa ocasión la causa no era otra que la nueva condesa de Wilton. James debía estar esperándola en la entrada principal, habían decidido que ya era hora de ir a la iglesia como hacían los demás vecinos. Se habían tomado unos días de permiso pero ahora que ya estaba todo organizado, nada impedían que cumpliesen con su deber. Asistir a los servicios religiosos les permitiría, además, darse a conocer en el vecindario y era una buena oportunidad para socializar.

Bajó las escaleras con rapidez y allí se encontró a James, que la esperaba tamborileando con el pie. Ann no se sintió demasiado culpable, lo conocía lo suficiente como para saber que no estaba realmente enfadado, simplemente quería molestarla.

—Lo siento —se disculpó.

—Eso espero, si nos apuramos a lo mejor no quedamos muy mal. Aunque tal vez hacer una entrada triunfal fuese lo propio.

—De eso nada.

El carruaje ya los esperaba y James la ayudó a salir. Se acomodaron y partieron sin más demora.

—¿Estarán bien los perros? —preguntó con la sensación de los nervios recorriéndole el cuerpo.

—Claro que sí, cuidarán bien de ellos —la tranquilizó.

Conocer gente no era una de sus pasatiempos favoritos, su timidez natural no le permitía iniciar conversaciones de forma fluida, pero para su sorpresa, no se encontraba tan nerviosa como se había imaginado. Los cuatro huéspedes perrunos se estaban adaptando bien a su nueva vida en Wilton Manor pero le preocupaba que le diesen demasiado trabajo a los empleados, a los más pequeños les gustaba escapar y esconderse donde quiera que cupiesen.

El buen tiempo no había tardado en volver y gracias al calor del sol los caminos ya estaban secos y en perfecto estado. El trayecto hacia la iglesia fue breve y no llegaron más tarde de lo habitual, para alivio de Ann.

Sin duda, llamaron la atención. Se había puesto uno de los vestidos nuevos que había mandado encargar hacer en el pueblo y lo acompañó con un abrigo en tonos naranjas que le daba un buen color a su piel. El sombrero también era nuevo y se había sentido elegante pero sin excederse, no creía que fuera el momento adecuado para ponerse galas más suntuosas, aunque sabía que muchas nobles gustaban de hacer eso. Sin embargo, ella siempre había preferido la sencillez ante todo.

James la llevó del brazo y fueron hacia los asientos que tenían reservados por derecho. Tuvieron que soportar las miradas de quienes, por supuesto, los reconocían. James incluso devolvió algunos saludos, pero desde entonces y hasta que terminó el oficio todo transcurrió con normalidad.

Al salir fueron varias las personas que, esta vez sí, se acercaron a saludar de forma oficial al conde de Wilton y a su esposa. Se trataba de varios caballeros y damas elegantemente vestidos y aunque fueron amables, Ann detectó la curiosidad en sus miradas. Decidió que sería prudente, estaba abierta a tener nuevas amistades en la zona, era lo lógico, pero se tomaría su tiempo para saber si serían conocidos o llegaban a ser agradables amigos.

Les habían invitado esa tarde a tomar el té y de vuelta en el carruaje James le preguntó qué opinión le merecían sus nuevos vecinos.

—A decir verdad, no puedo tener todavía una opinión sobre estas personas, incluso me cuesta recordar sus nombres y eso que acaban de presentarse.

James se rió, sentando frente a ella.

—El caballero del bigote era el señor Carlisle, su mujer lo acompañaba. También estaba la señora Ferguson y las tres jóvenes eran sus hijas, había dos Carlisle y una Ferguson, pero no sé cual era cual, eso lo admito.

Ann suspiró.

—Espero que recordemos sus nombres con el tiempo —también esperaba no quedar en ridículo, pero eso no lo dijo en voz alta.

El coche iba despacio debido a la afluencia de las personas que se habían acercado a pie y ocupaban los caminos. Casi no habían avanzado nada y Ann pudo ver, desde la ventanilla del coche, el cementerio que quedaba tras la iglesia.

Al contemplar las lápidas a lo lejos le vino el recuerdo de la pesadilla que había tenido. No podía decir si se parecía o no al campo santo que había visto en su sueño, pero un escalofrío la recorrió.

Desde ese día no había vuelto a tener ningún otro sueño desagradable y aunque se había sentido avergonzada porque su doncella hubiera descubierto a James durmiendo en su cama, se había dicho a sí misma que no tenía que importarle. Prefería guardarse sus intimidades para sí misma, pero en todo caso no habían hecho nada reprochable, y menos a ojos del resto del mundo, pues estaban casados.



Emily P. Dankworth

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En el texto hay: romance, drama, historica

Editado: 18.10.2019

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