Un conde para Ann

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Capítulo 1

 

«Unos bucles bien hechos pueden salvar el día»

Lección tercera de la señora Denson

Londres, 1814

—¿Qué le parece este color, mademoiselle? —le preguntó la dependienta con amabilidad.

—Horrible —respondió la señora Denson por Ann—. Quedaría espantoso con su color de piel —sentenció.

Los hombros de Ann se hundieron ligeramente, solamente un observador experto podía darse cuenta y el que mejor entendía sus estados de ánimo era su hermano Nick, pero él no se encontraba en la tienda de Madame Beaufoy, así que no había nadie a quien le importase su opinión.

A sus veintiséis años, Ann seguía como a los diecinueve: dominada por su madre. Había sido así desde siempre, no conocía otra cosa, pero había esperado que en los últimos años algo cambiase. Bien, ya era una solterona oficial, nadie esperaba que se casara, ni siquiera la misma Ann lo creía, pero la señora Denson estaba acostumbrada a decidir cada aspecto de la vida de su hija. La ropa, desde luego, no era algo que pudiese dejar en manos de la inexperta señorita Denson. Su hija podía ser una solterona, pero no sería criticada por no vestir con lo mejor.

—Bueno, creo que ya hemos acabado aquí. Madame Beaufoy, le dejo encargados esos dos vestidos, ya sabe a qué dirección enviarlos —y sin esperar más respuesta que una sonrisa complaciente, salió del establecimiento, seguida de su hija, que iba con la cabeza gacha.

El centro de Londres mostraba el bullicio habitual, estaban en marzo y pronto empezaría la primavera. Ese había sido el momento elegido por su padre para viajar a la ciudad y su madre ya lo había preparado todo para que pudiesen estar listas para la temporada. Ann esperaba que ese año fuese el primero en el que de verdad pudiese disfrutar de las diversiones de Londres sin preocuparse por agradar a los caballeros presentes. Ya no buscaba marido y aunque había sido su gran temor desde que su madre le comunicó cuán importante era esa tarea, ahora también sentía alivio. Había libertad en el hecho de despojarse de todas esas preocupaciones y responsabilidades, en todo el nerviosismo que pasaba en cada conversación o baile. Nadie quería a la hija del mozo de cuadra venido a más, ni siquiera su cuantiosa dote parecía inclinar la balanza a su favor.

Solo una vez estuvo cerca de pisar el altar, pero el señor Coleman, además de ser un jugador empedernido, había demostrado tener unos modales pésimos. Eso fue suficiente para que su padre y su hermano Nick insistiesen en que no era un buen matrimonio, sino una unión desesperada. Su obesidad, su falta de clase y de fortuna habían conseguido que su madre tampoco insistiese en tal matrimonio y desde luego Ann sentía que había sido alejada de un futuro terrible. Solo tenía veinte años por aquel entonces y parecía que tendría muchas más oportunidades, pero su padre dijo que no aceptaría que le pidiese su mano ningún cazafortunas que estuviese en una situación complicada. Quería un arreglo conveniente para ambas partes y que no fuese un matrimonio poco apetecible para su hija.

La reputación de su padre se había hecho saber, no tenía los modales de alguien elegante, aunque tampoco llegaba a ser grosero. Era franco, o eso creía Ann. Su hermano Nick tampoco era fácil, los gemelos, sin embargo, eran mucho más alegres. Tal vez por ser los pequeños de la familia o porque cuando ellos llegaron ya disfrutaban de una posición económica holgada. Ahora mismo, Jake y Rob estaban centrados en sus respectivas obligaciones. Uno había escogido el ejército y el otro la marina, solo Nicholas había mostrado interés en seguir con el negocio familiar, lo que era bueno porque era el mayor de los varones. Estaba muy orgulloso de su ascendencia y de cómo habían conseguido todo lo que tenían.

Pero no todo su fracaso se debía a la fama de su familia, sino que Ann consideraba que el mayor culpable era su falta de atractivo. Siempre tenía un aspecto enfermizo y ojeroso. Su piel era pálida pero un tanto amarillenta, y su pelo caía ahora sin el volumen de antaño, largo y triste sobre sus hombros. Las pecas del puente de su nariz se habían atenuado un poco, pero seguían estando ahí y por supuesto, seguía tan flacucha como siempre. Puede que su padre tuviese razón y todo fuese una secuela de las fiebres que había tenido de niña, pero aunque el doctor decía que estaba sana, su aspecto no lo demostraba.

Además, no tenía habilidades sociales. Se ponía muy nerviosa cuando alguien desconocido se dirigía a ella, a veces incluso tartamudeaba. Nunca había aprendido a coquetear y no disfrutaba nada de los bailes a los que había tenido que asistir. No, su juventud no había sido nada agradable, más bien veía todo aquello como un calvario. El año anterior no acudieron a Londres porque su padre había estado enfermo, si no fuera por lo mucho que temía que le ocurriese algo a su progenitor se habría alegrado. Ahora volvería a tener que enfrentarse a la sucesión de bailes, de jóvenes mucho más bellas y listas que ella que solían encontrarla como un blanco perfecto… Y es que lo peor era que tampoco tenía amigas. Su mala experiencia durante la niñez la había vuelto tímida también con las personas de su mismo sexo y su madre tampoco encontraba productivo que se relacionara con ellas si no tenían algún hermano o tío soltero.



Emily P. Dankworth

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En el texto hay: romance, drama, historica

Editado: 18.10.2019

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