Un conde para Ann

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Capítulo 7. Parte II

James se colocó a una distancia prudente de la familia Denson para esperar la llegada de Ann. El vals acababa de terminar y debía aguardar a que la joven regresase a su sitio, entonces se acercaría para bailar con ella la polca.

Travers lo saludó cuando le vio acercarse y el conde le hizo una reverencia a Ann Denson, que le correspondió del mismo modo. Esa noche llevaba un vestido de un color verdoso que le sentaba bastante bien, también tenía mejor color, quizá se debiera al baile. Para ser sincero, preferiría haber pasado la noche sin volver a verla, ella había sido una de las testigos de lo que había ocurrido antes cuando lady Rutherford lo rechazó de forma pública y se sentía un poco abochornado, pero debía estar allí.

—Señorita Denson, ¿lista para nuestro baile? —procuró ser igual de solícito que siempre.

—Por supuesto, milord.

Travers se despidió y fueron a colocarse en sus puestos, la orquesta no tardó mucho en empezar y dio comienzo la polca. James agradeció que fuese más movido y no permitiese mantener una conversación porque no se sentía con ánimos y la necesidad de fijarse en los pasos lograba mantener su cabeza ocupada.

Desde luego tenía por delante varios días en los que tendría que reflexionar sobre todo aquello, pero necesitaba descansar, creía que le vendría bien dormir toda la noche y al día siguiente pensar en aquello con todas las fuerzas renovadas.

En un momento dado, la orquesta se lució como nunca, los bailarines reían pletóricos y Ann empezó a contagiarse de aquella risa. Giraban y se movían por aquel gran salón y James se olvidó un poco de las preocupaciones que lo aquejaban. Nunca había visto a la señorita Denson tan sonriente y tan sonrojada, sus mejillas se habían coloreado debido al ejercicio y al calor de la estancia, sus dientes brillaban ante sus carcajadas y sin remedio alguno James terminó pasándoselo bien, haciéndola girar más y más rápido.

Al terminar la canción la gente prorrumpió en aplausos y los músicos saludaron, aun más sonrojados que los bailarines, por el esfuerzo realizado. James y Ann también aplaudieron durante unos minutos, hasta que se disipó el momento y se apartaron para dar paso a los bailarines de la siguiente pieza. La joven empezó a darse aire con el abanico y James se preocupó un poco al verla respirar de forma un tanto agitada.

—Señorita Denson, ¿quiere salir a la terraza un momento? Para que le de el aire fresco.

Ella miró en la dirección que él le indicaba. Había unas puertas abiertas que daban paso a una pequeña terraza, no era grande y la iluminación del interior conseguía llegar hasta allí, el conde consideró que no sería indecoroso llevar a la muchacha puesto que estarían a la vista de todo el mundo. Ann debió pensar lo mismo, porque terminó asintiendo.

—Permítame que la acompañe y después le traeré una bebida, nos vendrá bien refrescarnos, ha sido un baile agitado.

—Así es, creía que acabaríamos cayéndonos —rio—. Iba usted muy rápido, milord. Un poco más de tiempo y acabaríamos desmayados del mareo.

—No pensé que fuese usted una derrotista, señorita Denson. Su padre afirma que es más fuerte de lo que parece y como ve, aquí estamos, en perfectas condiciones.

El aire nocturno llegó hacia ellos cuando llegaron al balcón y fue todo un alivio. James notaba como una ligera sudoración le cubría el cuello y esperaba que un tiempo de reposo le aliviase. No podía quitarse la chaqueta, pero lo estaba deseando.

—Aquí se está mucho mejor —comentó Ann.

—Es cierto. Permítame que la deje aquí por unos segundos, iré a por unos refrescos, los necesitamos.

Ella asintió y siguió abanicándose con entusiasmo. James procuró darse prisa e hizo una rápida visita a la gran mesita de los aperitivos para hacerse con dos copas, cuando le entregó la suya a Ann esta bebió dos pequeños sorbos, pero él estaba seguro de que solo lo hacía por decoro, con lo acalorados que estaban lo que el cuerpo pedía era bebérselo de un trago.

Se tomaron unos minutos para recobrar el aliento y serenarse, James observaba el interior de la estancia, iluminada por las velas y llena de movimiento una vez más. Ann, por su parte, se apoyó en la barandilla del balcón y se fijó en la luna. No podía observarse mucho más porque aunque ese ventanal daba a los jardines traseros estaba todo muy oscuro como para que pudiese apreciarse algo más que las sombras.

—¿Se encuentra usted bien? —le preguntó James, con el ceño fruncido.

La joven continuaba teniendo el rostro muy sonrojado y los ojos le brillaban un poco febriles y eso hizo que se preocupara.

—¿Dónde está su chal? Tal vez debería acompañarla junto a sus padres, es posible que esta brisa no le siente bien.

—Estoy perfectamente, lord Wilton, no se preocupe. Me temo que poseo una piel que se sonroja con facilidad cuando hago ejercicio y usted bien sabe que ahí dentro hace mucho calor —procuró tranquilizarlo—. Me vendrá bien quedarme aquí unos minutos, para recobrarme. Acérquese más, el cielo está precioso y sus ropas deben dar más calor que las mías.



Emily P. Dankworth

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En el texto hay: romance, drama, historica

Editado: 18.10.2019

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