Un conde para Ann

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Capítulo 9. Parte I

 

«Cuando te cases, pasarás a ser el apoyo de tu marido y tu deber, como tal, será obedecerle. Pero no te confundas, querida mía, eso no quiere decir que debas dejarle todo el poder a él»

Lección septuagésima segunda de la señora Denson

 

—Ann, por mi difunta madre, dime que no has rechazado al conde —la voz de la señora Denson sonaba débil pero afilada, incluso algo temblorosa.

Habían pasado unos minutos desde que el conde había salido por la puerta y parecía que la señora Denson tenía que procesar lo que acaba de pasar, porque no terminaba de encontrarle el sentido.

Ann no miró a su madre y no supo qué hacer con las emociones que bullían en su interior. Estaba tan confusa que incluso se sentía mareada. Todavía no se podía creer lo que había pasado. Eso no podía estar ocurriéndole a ella. ¿El destino también había querido burlarse de la torpe y tonta Ann?

—Ann, respóndeme. ¡Respóndeme Ann! ¿Has rechazado al conde de Wilton? —la señora Denson agarró por los hombros a su hija para procurar que saliera de aquel trance.

Ann se deshizo de su agarre, dolida y llorosa.

—¡No lo he dicho nada todavía! ¿Ya estás tranquila, madre? ¿Estás mejor ahora que sabes que no he abandonado mi última posibilidad de casarme? —gritó, sin poder contener más todo lo que sentía.

—¿Pero qué está pasando aquí? —la voz del señor Denson sonó fuerte por el eco que había en el vestíbulo, donde se hallaban él y Nick. Al parecer, acababan de llegar—. Ann, ¿por qué estabas gritando? —exigió saber cuando abrió la puerta de la salita, que estaba entornada.

Su figura se impuso a la de las mujeres, puesto que era más alto que ellas. Detrás, apareció Nick, que parecía confuso y preocupado.

—Lo que ocurre, Jacob, es que tu hija… tu hija… —la señora Denson tomó aire—. Hace unos minutos ha estado aquí lord Wilton y venía para verte y pedirte la mano de Ann.

La sorpresa se reflejó en la cara de los dos hombres y Ann se apartó de donde estaba, llena de vergüenza, sin saber por qué. No quería que sus asuntos fuesen el tema de conversación de su familia, no quería seguir viendo el gesto de sorpresa de su padre, el enfado de su madre y la incredulidad de Nick.

—¿El conde de Wilton?

—¡Sí! Y Ann no lo ha aceptado todavía, no sé qué demonios le está pasando por la cabeza —exclamó su madre.

—¿Es eso cierto, Ann? ¿Lord Wilton te ha pedido que te cases con él? —le preguntó su padre con autoridad. Ella asintió, conteniendo las lágrimas por toda aquella escena—. ¿Y es cierto lo que dice tu madre, no le has respondido todavía? —ella solo pudo negar con un gesto y volvió a apartarla mirada.

—¡Debe aceptarle! —sentenció su madre.

—¡Claro que no! —gritó Nick—. Por supuesto que debe negarse ¡menudo lameluzo! Ese cretino quiere burlarse de Ann, se ha acercado solo por interés ¡os lo digo yo! —soltó—. Ann, por nada del mundo debes volver a verlo.

—¿Cómo osas decir algo así, Nicholas? Te ordeno que te calles ya, solo dices tonterías. ¡Esta es la mejor oportunidad que tu hermana tendrá en su vida, mejor de lo que jamás podríamos imaginar!

—¡Pero madre, ese canalla solo busca…!

—¡BASTA YA! —clamó el señor Denson—. ¡Basta ya los dos!

—¡Jacob!

—¡Sarah! —la mirada de su padre no admitía réplica—. Estáis dando un espectáculo. Ann, sube a tu cuarto, ahora mismo iré yo, quiero tener unas palabras contigo. Sarah, te aconsejo que tomes una copa de coñac para calmare y Nicholas, tal vez deberías dar un paseo.

Ann obedeció en seguida, esquivó a su hermano y a su madre y pasó por la puerta que su padre sostenía para ella. No se quedó para oír lo que les decía su padre a su madre y a Nick después, solo quería desaparecer de allí y dejar de verles.

Subió corriendo las escaleras para llegar al primer piso y las lágrimas resbalaron por sus mejillas, ya no era capaz de contenerlas por más tiempo. Cerró la puerta de su cuarto, que ya estaba ordenado y vacío. Se sentó en la cama y rompió a llorar, aunque no sabía muy bien por qué. Ni siquiera podía ponerle nombre a lo que sentía… sentía vergüenza por todo aquello, porque algo íntimo fuese asunto de todos, porque hablasen de ella y de su futuro como si la propia Ann no tuviese nada que decir, como si fuese una niña o una tonta. No eran solo lágrimas de vergüenza, también eran lágrimas de rabia. Sentía que odiaba a lord Wilton por ponerla en esa posición, ella ya había asumido su papel en la vida y ahora había llegado él y lo había trastocado todo, con sus invitaciones para bailar, sus sonrisas y su estúpida idea de que serían felices si se casaban el uno con el otro… y si contaban con su dote, claro, un importante detalle que no se podía obviar.



Emily P. Dankworth

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En el texto hay: romance, drama, historica

Editado: 18.10.2019

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