Un conde para Ann

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Capítulo 10. Parte I

«Cuando saludes a un caballero, nunca le ofrezcas la mano por completo. Dos dedos son más que suficientes»

Lección vigésima cuarta de la señora Denson

 

—Se anuncia el compromiso del honorable James Relish, conde de Wilton, con la señorita Ann Denson, hija de Jacob y Sarah Denson. La ceremonia se llevará a cabo en la catedral de Salisbury, en el condado de Wiltshire, a principios del mes de junio…

La voz de Nick se fue apagando poco a poco mientras leía en voz alta el anuncio del periódico. Ann comió su panecillo y trató de ignorarlo, llevaba toda la semana de lo más insoportable.

Desde que su hermano Nicholas se había enterado de que había aceptado a James Relish como futuro marido, se había desbordado. Ann no recordaba haberlo visto tan enfadado desde que eran niños y, aunque comprendía que no le agradase que su hermana se casara con una persona a la que no soportaba, le había molestado ver lo insistente e irrespetuoso que estaba siendo a la hora de tratar de convencerla. Aquello solo había conseguido que se aferrara más a su decisión y le dolía que Nick no la respetase o que creyese que actuaba sin cabeza.

—Estarás contenta, madre, ya tienes lo que querías —resopló en la mesa de desayuno.

—No seas infantil, querido, y deja de fruncir el ceño, hace que te parezcas a tu difunto abuelo —replicó la señora Denson, que llevaba mejor que Ann las continuas críticas del joven.

—Un conde, ni más ni menos, y ahora que está en el periódico pronto lo sabrá todo Londres. ¿Cuánto calculas que tardará en llegar la noticia a tus amistades de Taunton?

—Nicholas —le advirtió su padre con voz severa.

Eso sirvió por el momento, pero su actitud desafiante no se había mermado. Ann se sentía presionada y es que justo cuando sus dudas empezaban a dejarle un descanso, era Nicholas el que creaba trabas para su tranquilidad.

Después de que lord Wilton hablase con su padre y este diese el visto bueno, Ann había empezado a relajarse y a sentir que lo que estaba por venir podía ser bueno. Al fin tenía aquello por lo que había esperado toda la vida, aunque siempre había parecido muy lejano. Debía preparar una boda y hacerse a la idea de que en poco más de un mes sería condesa, además de esposa. La señora Denson no dejaba de hablar de las magníficas oportunidades que tendría para disfrutar de la vida, al estar en una posición holgada y ser una mujer casada podría organizar obras para la beneficencia, viajar, visitar museos si su marido la acompañaba, llevar un baile en Wilton Manor… Tareas que amedrentaban un poco a la inexperta Ann, pero que al mismo tiempo la emocionaban.

—¿Y puede saberse a qué viene tanta prisa para organizar la boda? Apenas dará tiempo a que se lean las amonestaciones —inquirió Nick.

—Lord Wilton tiene una madre y una propiedad que requieren atención —contestó la señora Denson.

—Pero pueden esperar mientras él viene aquí a cazar esposa —soltó.

—Nick, de ahora en adelante, será mejor que permanezcas en silencio hasta que se te pase el berrinche —exclamó Ann, sin poder aguantar más.

—¿Berrinche? ¿Yo tengo un berrinche?

—Sí, estás siendo totalmente infantil —afirmó, mirándole a los ojos y ambos mostraban lo enfadados que estaban, en familia a veces era difícil mantener las formas.

—¿Yo soy el infantil? Pero Ann, si eres tú la que con un par de palabras bonitas has aceptado a ese idiota… Yo no soy el infantil, si te digo que casarte con ese hombre es un error es porque lo creo firmemente.

Ann lo fulminó con la mirada. Nick había sido su apoyo durante mucho tiempo, siempre había sido atento y amable, lo consideraba su amigo, pero en el fondo sentía que la trataba con una indulgencia que rayaba con lo ofensivo y ahora, después de todo, él estaba seguro de que ella debía seguir sus consejos a modo de agradecimiento.

—Niños, por favor, basta —les pidió su madre, que había dejado su taza de té, nerviosa ante tal situación.

—Por supuesto, aquí la idiota soy yo. ¡Ah, la pobre Ann, que no sabe pensar por sí misma! Olvidas que soy tu hermana mayor, no una pupila a la que dar órdenes —le soltó y se puso en pie, furiosa al sentir que se avecinaban las lágrimas.

Nick la imitó y también se levantó.

—Yo jamás he dicho eso.

—Ni falta que hace.

—Chicos, creo que lo mejor es que os tranquilicéis y habléis más tarde —intervino su padre procurando ser conciliador.

—No, padre, es mejor que lo diga todo ahora —lo interrumpió Ann—, porque no estoy dispuesta a aguantar ni un día más. Que a ti no te caiga bien lord Wilton no significa que por eso deba rechazarle, no voy a actuar según tu manera de ver el mundo.



Emily P. Dankworth

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En el texto hay: romance, drama, historica

Editado: 18.10.2019

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