Un diario olvidado

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Capítulo II: Distancia y desesperación

¡Maldición! Se ha metido uno, rápido Lissana vete de aquí con Natalia, suban a mi cuarto y no salgan hasta que les diga o mejor, si no salgo en cinco minutos váyanse de aquí y no regresen.

Lissana: Pero José, tu brazo aún sigue mal, ¿Cómo lo harás? Quizás entre los tres podamos...

José: ¡Demonios, no pierdan tiempo! Hacen esto más difícil; váyanse, yo subiré después, primero debo cerrar esa ventana y matar a ese infectado.

Natalia: Esta bien hermano, solo... solo procura subir sano y salvo. Vámonos Lissana.

Lissana y Natalia subieron rápidamente por las escaleras mientras el infectado había puesto su atención en ellas. Raudo me abalancé sobre él y comencé a golpear su cara con mis puños teniendo cuidado de que no me mordiera.

En un descuido mío o por la habilidad del infectado, me caí y terminé estrellándome contra un sofá mientras él se preparaba para lanzarse contra mí.

Tomé un cojín e intenté alejar el rostro del infectado para que no me muerda, pero al igual que en el hospital, las uñas de este infectado razgaron el cojín como si fuera papel y él me atrapó del cuello de la polera acercando sus dientes.

Con las piernas lo alejé de mí antes que siquiera pudiera encajar sus colmillos en mi garganta. Me puse de pie y él no paraba de gruñir, de su boca saltaba espuma y arañaba el suelo.

José: Sabes, mamá te hará trizas cuando vea lo que hiciste con su suelo... o quizás a mí por dejarte hacerlo. Vamos chico rudo, voy a patearte el trasero.

Como si ese bastardo me entendiera, se abalanzó contra mí. Raudo lo esquivé y cumpliendo mi palabra lo patee en el trasero.

Busqué algún objeto contundente con el cual golpearlo y en un descuido mío, ya se encontraba de pie acercándose a mí. Traté de alejarlo con una patada pero él se agachó y tomándome de la pierna me lanzó contra el comedor.

José: Mierda, este bastardo me está causando muchos problemas. -dije mientras frotaba mi espalda por el dolor.

Al dirigir la mirada hasta su posición, noté que había saltado hacia mí mostrándome sus enormes dientes. Y antes que siquiera intente encajármelos, tomé una silla y lo golpeé con ella.

El infectado salió disparado unos pocos metros por la fuerza del golpe y yo trataba de reincorporarme del todo pues el golpe de hace un rato contra el comedor me dolió bastante.

El zombi trataba de mantenerse estable pero sus movimientos eran torpes. Parece que el golpe lo había aturdido.

Vi la silla hecha pedazos y la solución a este problema por fin podía vislumbrarse.

José: El pequeño bastardo ha sido un zombi muy malo -dije sujetando firmemente la pata de la silla rota que funcionaría como estaca- sabes, mis padres van a matarme para cuando regresen y vean la casa así, pero siquiera tendré la satisfacción de haber acabado contigo.

El zombi sacudía su cabeza y gruñía. Me acerqué a él y traté de enterrar la pata de la silla en su cráneo; sí, como vi en muchas películas, pero él detuvo mi mano con la suya y trató de morderme el brazo.

José: No acerques tu asquerosa boca a mi brazo -dije empujándolo del cuello y usando mi pie para hacerlo caer liberando mi brazo- esas películas me mintieron, se supone que serías fácil de matar.

Una vez que estuvo en el suelo me preparaba para enterrarle la estaca pero el bastardo ese lanzó un alarido que me hizo llevar mis manos a los oídos y aprovechando eso se abalanzó sobre mí y me golpeaba y rasguñaba mientras yo hacía todo lo posible por cubrirme con los brazos. ¿Es idea mía o este bastardo aprende de nuestra pelea? 

Al principio sus golpes eran topes pero luego se tornaban contundentes. Uno me dio en la cara y escupí sangre.

Quizás esto no me lo creas querido diario, pero noté como el zombi esbozó una sonrisa después de eso. Pero eso no fue lo que realmente me sorprendió, lo que pasó después, realmente no lo había esperado.

Esas estúpidas, después de todo lo que les dije, ellas se atrevieron a bajar.

Lissana: José, ¿Estás bien?

José: ¿Me podrían decir qué carajas hacen aquí? Les dije que no bajaran.

Quizás no me entendieron puesto que mis palabras no eran muy claras por la sangre en mi boca.

No pasó mucho rato y el zombi fijó su atención en Lissana y Natalia.

Traté de resistir el dolor en mi torso y cara para ponerme de pie pero el infectado me azotó contra el suelo. Mi vista se nublaba de a pocos y cuando creí que perdería el conocimiento, vi como Natalia empujaba a Lissana para que no sea atacada por el zombi y ella lo inmovilizó empujándolo con un sillón contra la pared.

Me di un golpe en la cara buscando espabilar ya que el infectado empezaba a ganarle en fuerza a Natalia, agité la cabeza para recuperar la lucidez y cuando lo logré corrí hasta el zombi, lo tomé de su capucha y usando su propio peso a mi favor lo estrellé contra una pared.

José: ¡Escúchame imbécil, a mi hermana no la tocas!



Adegea S. L.

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En el texto hay: zombies, humor y romance, suspeso

Editado: 19.05.2019

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