un príncipe en mi camino

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Capítulo 9

Miguel no detuvo sus pasos, corrió por los lugares cercanos, aun no entiende el porque Ismael se veía tan dolido pero a la vez tuvo la sensación de que escondía algo, y por un momento tuvo la sensación de que le diría algo, pero guardó silencio desviando la mirada, como si temiera que su secreto huyera de su boca. Sin embargo no tiene tiempo de seguir pensando en eso, le preocupa Carolina, teme que algo pueda pasarle al salir huyendo sin un rumbo fijo.


Buscó en tiendas, en donde lo quedaban mirando curiosos al verlo andar con esa desesperación, su corazón late acelerado, con la culpabilidad persiguiendolo, sí, el deseaba volver a su vida de antes, a sus lujos, a no vivir preocupado de tener dinero en el bolsillo a fin de mes, pero ¿A que costo?.
Apretó los dientes y siguió buscandola en las esquinas conocidas, pero nada, y cuando sintió la brusca frenada de un auto fue como si le hubieran atravesado el pecho de un golpe, se detuvo y giró con temor de encontrarse con Carolina tirada en el piso, atropellada. Por fortuna solo se trataba de un choque ligero por alcance y se alejó sin prestar más atención a los dos conductores que ahora se trenzaban a golpes ante la mirada de los curiosos.  

 

Al final desanimado se fue a buscarla al parque, por lo oscuro y temible que se ve a estas horas no cree que Carolina se haya metido en ese lugar. Suspiró, la oscuridad nunca le ha gustado, de niño le aterraba, y de adulto aun le angustia. Caminó con cautela hasta que la imagen de una mujer lo sobresaltó, al darse cuenta que es real y sospechando de quien podría tratarse se acercó, sentada en una banca donde apenas la luz de un poste iluminaba el lugar Carolina no pareció notar su presencia. Miguel se sobó los hombros al sentir frio y arrugó el ceño preocupado al verla tan sola y cabizbaja, tal vez ella no quiera verlo ahora pero aunque la interrumpiera, aunque quiera golpearlo por su poco tino, le inquietaba dejarla en ese estado, y más en este lugar. Empezó a caer una leve llovizna, y fue como si los sentimientos de la joven mujer lo rodearan, suspiró sintiendose desolado, con ganas de ir y abrazarla con fuerzas, teniendo el poder de quitarle el dolor que siente.  Y se acercó a su lado intentando que pudiera sentir el ruido de sus pasos  y así no asustarla.

 

―Cuando eramos niños ―habló Carolina al notar su presencia―,  Ismael y Manuel solían jugar en este parque, siempre pateando una pelota fea y vieja ―se rió con tristeza―. Yo solia quedarme en esta banca con mis muñecas y jugar a la mamá.

 

Movió la cabeza atragantandose con sus palabras.

 

―Pensaba que los tres nunca nos separariamos, que ellos eran dos caballeros de dorada armadura y yo una princesa guerrera, y que nada podría contra nosotros. Ni los adultos con su realidad cruel... se supone que Ismael y yo nos casariamos, y mi hermano sería el tio entrometido y alegre que llegaba a casa a alborotar a sus sobrinos ―se limpió las lagrimas―. Y vendriamos a esta plaza a pasear a los niños y...
Apoyó su cabeza en sus manos sin poder contener su llantó.

 

El príncipe solo guardó silencio, mientras siente el dolor de Carolina, y entrecerró los ojos sin importarle la llovizna que los cubre.

 

―¿Por que las cosas no pueden seguir siendo así? Seguir el camino de nuestras fantasías infantiles ―le preguntó sin mirarlo mientras Miguel no pronuncia palabra sin saber que decirle. 

 

La lluvia aumenta de intensidad y ambos permanecen en sus posiciones como si temieran moverse de su lugar, como dos esculturas que a pesar de estar juntas se sienten solas y tristes.

 

―Soy una tonta ―murmuró dolida.

 

Y Miguel al escucharla no pudo evitar sentarse a su lado ¿Por que no hay palabras en él para consolarla? Él que siempre tiene que decir algo ahora no sabe que hablar.  Solo pudo acercarse más y apenas colocó su mano en la cabeza de la mujer aquella se giró aferrandose en su pecho llorando con desconsuelo, y entendió que es lo que Carolina esperaba.

 

―Lo siento ―musitó―. Todo esto es mi culpa.

 

La mujer movió la cabeza a ambos lados.

 

―Tarde o temprano tenía que darme cuenta que esto que siento no era recíproco ―confesó Carolina.

 

E intentó sonreir aunque no fue posible. Tragó saliva y trató de arreglarse el humedo cabello que cae en su rostro. Y se sorprendió cuando Miguel le colocó su chaqueta encima.


―Vamos a casa ―exclamó extendiendole su mano para ayudarla a ponerse de pie.


Titubeó pero ante el seguro rostro del príncipe se aferró a su mano poniendose de pie.


―Esta noche yo prepararé la cena ―agregó con seguridad.


―¿Lo dices en serio? ―preguntó Carolina secandose las lagrimas―. No quiero terminar envenenada.


―Al contrario, vas a terminar encantada ―respondió seguro.


―Esta bien ―dicho esto soltó su mano caminando adelante de él―. Creere en tus palabras.


Indicó esto último sin mirarlo. Y aunque su tono sonó alegre Miguel se quedó observandolo preocupado, y Carolina con la tristeza y aun dolor encima levantó su rostro hacía la lluvia rogando que las gotas se llevaron consigo su melancolia. Pero sabe que no será fácil quitarse esa angustia de encima con esa facilidad.



A.L. Méndez

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En el texto hay: amor comedia, familia real

Editado: 03.01.2020

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