Una Caperuza De Fuego

Tamaño de fuente: - +

VIII

Acostada en la cama de la celda, su vestido fue rasgado y su cabello lo han cortado. Para una princesa eso era el peor castigo que jamás se imaginó. Era muy baja para ver por la ventana de la celda y muy grande para pasar por los barrotes. Este lugar lo conocía, era donde varios niños nobles fueron encerrados y murieron en manos de varios reyes hace siglos, el estar ahí le ponía los pelos de punta, tenía miedo y deseaba que fuera un sueño. Pasaron las horas y nadie le ofrecía comida, siquiera los pocos guardias que pasaban cada dos horas a ver como estaba decían alguna palabra. Sus muñecas le hicieron recordar el dolor de las esposas, pronto y sin querer su estómago se revolvió.

Limpió su boca con las mangas de aquel vestido destruido, extrañó su cabello largo y se echó a llorar.

― ¿Tienes hambre?

Se escuchó una voz, Daphne vio en todas las direcciones, pero no encontró su fuente, decidió ignorarla hasta que en el pasillo vio algo extraño. El vestido blanco adornado con flores rosas era iluminado por la luz de la luna, a medida en que subía la mirada su corazón dejaba de palpitar, esa mujer era su viva imagen.

― ¿Tienes hambre? Puedo darte de comer si quieres.

Sus ojos se abrieron en par en par, su cuerpo temblaba y no pudo responder, estaba horrorizada por lo que veía. Su estómago gruñó, reaccionó en el acto y no negó su hambre. Pronto, de la nada apareció un pequeño cachorro blanco, era un perro de caza y traía una pequeña bolsa en su hocico. Pasó por los barrotes y luego de dejar la bolsa en el suelo subió a la cama.

― ¿Sabe quién soy yo?

―No…

En su mente no lo negaba, ella sabía quién era. Aquella que tenía su mismo rostro y no sus mismas intensiones.

―Soy tu tía. Me costó reconocerte debido a que pensé que te parecerías a Gloria, pero eres diferente.

―Me parezco mucho a mi padre. Eso siempre me lo han dicho.

―He escuchado mucho de ti. ―Sonrió y aplaudió en el acto ― En aquella bolsa hay una medicina, mañana volverán a traerte comida, al menos esto te ayudará.

―Gracias.

―Si necesitas algo, no dudes en pedírmelo, estaré siempre vigilándote.

― ¿Y cuál sería el precio para obtener ese favor?

―Pronto lo sabrás.

Ella desapareció, el pequeño perro corrió y se escondió. Aquella bolsa traía una pequeña botella y la bebió con aquel pensamiento de “Moriré de todas formas”.

 

***

 

Aquella mañana era esperada por muchos nobles, algunos tendrían un nuevo título mientras que otros continuarían llevando su casa una década más. Dorothy estuvo en vela toda la noche pensando en su hermana menor, su corazón se agrietaba y pedía justicia, quería perdonar a su hermana y la otra parte de su corazón pedía que fuera sentenciada. Desiré y Denise se encontrarían con sus prometidos y luego de arreglar trajes que combinasen, los cinco marcharon hacia la sala del trono a esperar al emperador.

Cuatro se encontraban presentes alrededor del trono, los demás encapuchados habían ido las mazmorras a liberar a la sentenciada, pues por la orden de su Majestad, tenían que estar presentes cuando el suero de la verdad hiciera efecto.

Bajaron las escaleras, abrieron una gran puerta de madera y cruzaron por aquel pasillo de piedra. A cada lado se divisaban cadenas y solo aquella que no tenía esos objetos fue la elegida para la condesa. El olor a humedad y la baja energía positiva, hizo que Fox retrocediera unos momentos. A diferencia de los demás, Fox era más humano que el resto y su empatía era el doble de las personas comunes.

―Condesa ―Dijo aquel hombre de ojos rojos mientras abría la cerradura ―Necesitamos hablar.

La joven miró en la dirección opuesta, no importaba que tanto le hablara, ella no respondía e ignoraba cada palabra suya. Justo cuando no pudo decir nada más y vio que era en vano lo que hacía, el emperador ordenó que se le suministrara el suero y así fue obligada a tomarlo.

―Hubo un dinero que se destinó para la creación de las líneas férreas, ¿dónde está?

―No lo sé ― respondió de mala gana.

― ¿Quieres que destruya el condado de Amato?

― ¡No!

― ¿Dónde está ese dinero?

―Yo… ―Su tez perdió su color, sus ojos se oscurecieron y dejó de moverse por unos momentos ―Yo encontré ese dinero en los negocios que tenía ese maldito. Una mínima parte fue usada para sus once compañías aquí en Romance. El resto del dinero lo gastó en sobornos para fugarse con la futura emperatriz al otro continente. Todo fue calculado entre su mayordomo y yo un mes después de que muriera. Yo no comprendía nada y fui obligada en mi matrimonio a hacerlo. No lo comprendí, quería pagar esa cantidad y al calcularlo me hubiese tomado unos veinte años.

― ¿Dónde está ese dinero?

―No lo sé. No encontré nada, no había nombres, incluso planeé fugarme de su castigo para revisar sus cosas.

― ¿Por qué no lo hizo?



Ram Shirley

Editado: 25.11.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar