Una Caperuza De Fuego

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El sol de aquella mañana quemaba las espaldas de aquellos hombres. Se les consideraba traidores y por ello tenían que servir al pueblo que tanto estafaron. Lupo se encontraba mirando desde la parte superior de la casona, se acomodó en la madera del balcón y desde ahí entrecerró sus ojos por unos instantes.

El reino de Cesare era complejo, no se parecía en nada a Romance o Bruno, pero, aun así, a pocas semanas para la llegada del verano, las cosas no eran tan convenientes como ella creía. Tras de ella se encontraba Reina, con su caperuza rosa de la cual caían pequeños pétalos y sus ojos eran de un rosa claro cuando se comunicaba con sus compañeros.

―Lupo, sé que no te gusta este lugar, pero por el momento tenemos que vigilarlos.

―Ellos no tienen fuerza para escaparse.

―No me refiero a eso. Se nos ordenó que vigiláramos que hicieran su trabajo ― dice mostrando su látigo ―Debes entender que no estamos de visita.

― ¿Lo usarás con ellos?

―Si llega el caso, se me ordenó que se lo diera por si acaso.

― ¿Quieren que yo los discipline? Mi área es mas a las oficinas. Jamás he lastimado a alguien de esa forma.

Hubo un silbido, ambas miraron hacia los hombres y hubo uno en el suelo. Se negaba a regañadientes a levantarse. Su ropa no estaba tan gastada como las otras, parecía que era su primer día en esta zona, incluso pedía agua de más.

―Tendré que dártelo.

― ¿Qué? ¿Enserio crees que debo disciplinarlo?

―Por supuesto.

―No sé usar un látigo siquiera.

―No te preocupes, sé que lo logarás, ya me has visto usarlo―dice picando el ojo.

La joven mira su brazo, ella comprendía que no le mentía. Luego de haber huido de su hogar junto con ellos, se le castigó debidamente, ahora sus muñecas tenían pequeñas marcas pocos visibles y con un horrible recuerdo. Tomó el látigo y fue directamente a la plantación.

― ¿Qué pasa?

―Señorita Lupo, señorita Reina, este joven ha echado a perder esta parte y esta ― señaló el suelo.

― Dese la vuelta ― ordenó Reina.

― ¡No! ¡No me pueden hacer esto! ―Chilló

―Lupo…

La joven miró en otra dirección, apretó el látigo con fuerza y luego de pensarlo por mucho tiempo, lo lanzó al suelo. Todos se quedaron en silencio, incluso los demás nobles castigados abandonaron lo que estaban haciendo.

―Lupo…

― ¿Qué se le ofrece al joven? ¿Quiere que le sirva un té en el balcón de allá? ―Dijo señalando al segundo piso.

―Por supuesto que …

Lupo no lo dudó y le dio una cachetada al chico, fue tan duro el impacto que este cayó en el suelo y ensució la vestimenta que traía. Sobó su mano y luego la guardó en uno de los bolsillos de su pantalón.

―Esto no es una broma. Está aquí debido a que fracasó su casa, aquella que le dio la espalda a su propia gente, la misma que conspiró hace menos de un año contra Cesare. Debe entender que ya no es un niño, que debe trabajar, que debe pagar la gran deuda que tiene.

―Pero yo no hice nada

―Por eso mismo. Señores, quiero que por cada hora que este chico rezongó, se le aumente la deuda.

― ¿Qué? No puede hacer eso.

―Puedo hacerlo.

― ¡No!

Aquel noble fue detenido por sus parientes, estos pidieron perdón en su nombre y luego de susurrarle algo al oído, este correspondió lo que se pedía. Se inclinó ante las mujeres y entre lágrimas repitió su arrepentimiento.

―Vamos Lupo. No era lo que esperábamos, pero lo has hecho bien.

La mujer de cabello oscuro y ojos verdes entró a la casona seguida de Lupo, quien traía aquel látigo que lanzó al suelo. No pasó mucho tiempo hasta que el mediodía llego y con ello su próximo destino. En Cesare, un condado cerca a Bruno, hay varias casonas, su labor en el día era vigilar a los nuevos nobles que llegaban a servir a estas.

Al ver como las mujeres que una vez vistieron glamurosas joyas y vestidos con trajes de algodón y lino oscuro mientras hacían quehaceres normales, Lupo agradeció su destino por vez primera.

―Lupo, el emperador vendrá esta noche, dijo que le esperaras aquí.

― ¿Te irás?

―Por supuesto que sí. Si me ve aquí, es capaz de despedirme y no quisiera eso― Dice abrazándola ―Eres fuerte, trata de no caer ante nadie.

Reina se pierde en la siguiente esquina dejándola en medio de un gran pasillo. A unos cuantos pasos estaría la habitación especial donde ella y el emperador revisarían las cuentas correspondientes de los condados de la semana pasada.

―Lupo, llegas tarde.

― ¿Qué? No sabía que ya había llegado.

―Yo siempre llego a tiempo, por favor ve esto.

La joven pone sus ojos sobre cierta carta, parecían usar los mismos caracteres, pero era diferente. Las palabras eran parecidas, la gramática estaba bien, pero no lo entendía del todo.

― ¿Qué es esto?

―Un nuevo idioma, debemos aprenderlo.

― ¿Qué?



Ram Shirley

Editado: 25.11.2019

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