Una ciudad gris para Umi

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Emociones

Al entrar a mi casa, descubrí que mi familia dormía, me sorprendió que nadie notara mi ausencia.

Ese día soñé algo extraño, visualizaba la espalda de Lul, ella se encontraba en un campo sobrepoblado de flores de pétalos blancos. La llamaba, me daba gusto y felicidad verla, pero ella no me respondía, avanzaba lentamente hasta fundirse con el crepúsculo eterno del sueño. El sueño me causó mucha tristeza, me levanté llorando. Ya no podía hablar con Lul, en su momento no me percaté de lo valiosa que era su amistad. 
Me habían educado para ver a todo humano reemplazable y poco valioso, para no tener emociones que me arraigaran a los demás.

Temí por las nuevas emociones que conocía y adquiría, temí por perder lo que era valioso para mí. No quería sustitutos, quería a las personas con quienes conviví e hice recuerdos.

En el desayuno nadie comentó sobre mi ausencia en la cena, me pareció que simplemente no les importaba.

Al ir a la escuela, me encontré en el pasillo con el delegado, estaba cabizbajo, y un tanto pensativo. Cuando me dispuse acercarme a él, Cai se puso frente de mí, retándome con la mirada.

—Umi, últimamente te encuentras muy distraída. Mira los puntajes, hoy los subieron. Bajaron tus calificaciones, eras una de las mejores de la clase. ¿Qué te pasa?, ¿quieres ser una fracasada? —me regañó y clavó su penetrante mirada en mí.

Cai era una joven dotada de una belleza exótica, pero ella odiaba su belleza. Teñía de negro su rojizo cabello, maquillaba mucho su rostro para cubrir sus pecas y usaba lentillas negras para apagar el bosque que eran sus ojos. Ella anhelaba ser como los demás, como el estereotipo normal de los demás, ser hermosa y diferente la amargaba.

—No... nada de eso —respondí intimidada.

—Umi, me preocupas... estás diferente. No quiero que caigas en algo malo.

—¿Te preocupo? —pregunté asombrada.

—Claro, si mis amistades fracasan, eso me hace un tanto fracasada —dijo.

—Ya veo. —Bajé la mirada, las palabras de Cai me parecieron vacías y frías—. Entonces no seas mi amiga. Igual, hace mucho que no me hablas. —Me encorvé de hombro y entré al salón ignorándola.

Enojada, triste y preocupada, había tantas emociones fundiéndose en mi ser. Temí, demasiado, por el despertar emocional por cual pasaba.

Intenté poner atención a las clases, como en el pasado. Sin embargo,  me cuestionaba todo lo que decía la maestra, y los libros. Para mí eran reglas de vida a seguir forzadamente, no reglas para intentar ser feliz. Me vendían la idea de lo qué de era bueno para mí, me querían hacer creer que ser como los demás era bueno, y que tener un control emocional inhumano y pensar sólo en mí, era lo ideal. Me enojé y me tranquilicé en clases de biología y matemáticas. Cuando llegó la hora de almorzar, busqué en el comedor al delegado con la mirada, pero extrañamente él no estaba. Dejé mi bandeja con comida en un lugar libre y salí en búsqueda de quien consideraba un amigo. Caminé por los desolados pasillos, entré a los salones, y más. Cuando estaba a punto de rendirme, me topé con él, salía del baño de hombres.

—¡Delegado! —lo llamé entusiasmada.

—Umi, hola. —Fingió una sonrisa.

Sus armoniosos ojos estaban opacos, los párpados hinchados, me pareció que lloró. Entonces, al fijarme más en él, vi en su cuello unas marcas rojizas que parecían ser unos elegantes dedos, como si fuesen una gargantilla.

—¿Qué sucedió?, ¿todo bien? —pregunté desconcertada.

—Sí... no es nada —volvió a sonreír de manera falsa—. Vi que tus notas bajaron. —Caminó lentamente.

—Algo. —Lo seguí.

Observé la espalda del delegado mientras él avanzaba dejándome atrás, justo como en mi sueño con Lul.

—Espera —pedí, y él dejó de avanzar—. Somos amigos, no tienes porque ocultarme cosas —le reproché—. Dime que te pasó, ¿por qué estás tan decaído? Confía en mí. —Llevé mi mano a mi agitado corazón—. Yo no soy como los demás, no te juzgaré y criticaré.

Las palabras que le dije, salieron de lo más profundo de mi corazón, me hubiera gustado decirle palabras similares a Lul, hacerle saber qué no estaba sola en este mundo gris.

—Mi padre estaba enojado, no midió su ira. —Confesó sin mirarme, dándome la espalda con la cabeza hacia abajo—. El teme que termine como mi hermana, siendo una deshora para la familia. Él trabaja en el gobierno, tener una familia impecable es esencial para su imagen.

—La violencia y abusos no está bien... están rompiendo las reglas de la sociedad.

—Todos rompemos las reglas, de alguna manera —reveló con una triste entonación.

—Pero nosotros no hacemos daño a nadie con leer libros... —defendí.



Maichen

Editado: 18.10.2019

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