Una ciudad gris para Umi

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Sucesos inesperados

El tan esperado lunes llegó, fui a la escuela emocionada, y presté atención a las clases, deseando que terminaran pronto. Toda mi felicidad fue derrocada, cuando me encontré en la puerta de la entrada del comedor a Lio. Imponente y seguro de sí mismo, con su brazo me obstruyó la entrada.

—Umi. —Sonrió al verme—. Veo que tus calificaciones siguen igual.

—Hola —saludé temerosa—. Mejorarán. —Pasé de largo de él.

Lio sujetó mi mano con una fuerza bestial que me hizo volcar mi corazón.

—Ve después de clases a la azotea —ordenó.

No respondí, jaloneé mi mano, y me adentré al comedor enojada. Comí sola, extrañando las conversaciones que mantenía con el delegado. Él también comía solo, consumido en su propio silencio. Sin embargo, de vez en cuando, desde su lugar, cuando no miraban los demás, me lanzaba una mirada y una sonrisa.

Me sentía nerviosa, por primera vez deseaba que las clases no terminaran. La maestra se despidió, mi corazón gritó en intensos latidos. Todos dejaron sus lugares y salieron del salón, incluyéndome. Dejé en mi pupitre mi mochila y pertenencias, como señal de que regresaría pronto. La escuela solía vaciarse rápido, los maestros salían a la espera del autobús que los llevaba de regreso a sus hogares, era un autobús muy puntual. Los alumnos se iban a pie a sus casas, no estaban lejos los fraccionamientos de la escuela. Solían quedar los delegados de clase, ordenando y limpiando sus aulas correspondientes. Todos los demás alumnos que se encargaban de su clase correspondiente, hacían su trabajo rápido y se iban. El delegado, Eri, demoraba más de lo normal porque se ponía a estar de ocioso, entre leer y hacer otras actividades que en casa no le dejaban. También, platicaba mucho conmigo sobre libros y diversos temas, las horas pasaban volando y terminábamos solos en la escuela vagueando.

Mi corazón me alertaba, en cada escalón que subí lentamente me gritaba en un latido.
Al abrir la puerta que daba acceso en la azota, me encontré a Lio contemplando el cielo. Era un joven que se distinguía de los demás debido a su porte y físico, esa misma apariencia agradable ante la vista le hacía tener mucha confianza y sentirse superior a los demás. A diferencia de Cai, Lio buscaba ser diferente a todos con su apariencia.

—Aquí estoy... tengo prisa, así que, dime... —hablé intentando no mostrar mi temor.

—Harás todo lo que te pida —soltó aquello sin dejar de ver el cielo.

—No sabía que hacías bromas, eso se encuentra muy fuera de tu lugar —respondí ocultando mi enojo.

—Te explicaré. —Se giró en sí mismo y clavó su azulada mirada en mí, vi mi reflejo en esta, vi el temor que me invadía—. Si tú no haces lo que yo te ordene, mis amistades, más de la mitad de la clase, votaran por ti en las próximas votaciones. Malas calificaciones, distraída, y muy expresiva... Umi está corrompida. —Caminó con mucha autoridad hacia donde me encontraba, tomó un mechón de mi cabello—. Si eres buena, y obediente, le diré a todos que no voten por ti.

—Eres un estúpido —respondí dejando salir mi ira—. No haré nada de lo que digas, hijo del director. Va en contra de las reglas... lo que haces. Te acusaré —amenace.

—Esa boquita, jovencita. Te ves horrible hablando así, no cuadra con tu inofensiva apariencia. —Sonrió confiando—. Tú no me acusaras de nada, pequeña Umi —Inclinó su cabeza hasta estar su mirada al par con la mía —. Sabía que algo andaba mal contigo, y descubrí el motivo... libros prohibidos. —fijó más su mirada en mi rostro inmutado.

—Eso... —Di unos pasos atrás.

—Revisé tu mochila mientras estabas en el comedor. —Sonrió victorioso—. Vaya, ese libro es demasiado... una perversión total. Definitivamente te juzgaran como una rebelde.

—¡No!—Mordí mis labios con fuerza, fue tanta la fuerza que sangraron.

—Pero sí haces lo que te digo, todo va a estar bien.

Lio caminó hasta que sentí su presencia invadir la mía. Llevó su mano encima de mi cabeza, la deslizó hasta mi nuca, acercándome a él con fuerza, tomó un beso de mis sangrientos labios.

Sabía que en ese momento había dos caminos a tomar: luchar y defenderme o hacer lo que siempre me inculcaron, obedecer y someterme a una ''autoridad máxima''. En mi mente hubo una lucha interna, el tiempo se detuvo para mí, la realidad me abandonó. No importó lo mucho que llamara con mi mente a las personas que conocía, nadie apareció ayudarme. Cedí ante los deseos lujuriosos de Lio.

Mi mente por decisión propia me llevó a donde más segura me sentía, a una aula vacía rodeada de pupitres. Cuando me di cuenta, realmente me encontraba en esa aula, llorando, echada en una esquina, perdida en mis pensamientos. No podía hablar, gritar, ni expresar nada, sólo de mis ojos emanaban lagrimas como una fuente.



Maichen

Editado: 18.10.2019

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