Una ciudad gris para Umi

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No saber en qué pensar

Cuando me alejé del abrazo del delegado, observé sus ojos, su mirada se mostró muerta, algo dentro de él se murió junto con Lio. No quería despedirme, anhelaba consumirme en la calidez de su abrazo sincero. No obstante, tuve que regresar a mi gris hogar, igual que el delgado. Él cubrió su manchada camisa con su suéter, lavó sus heridas en los nudillos y se marchó, despidiéndose triste. Mientras caminaba de regreso, las grises nubes me acompañaron, pareció que me perseguían y juzgaban al par de la música de los altavoces. Resonaba una triste pieza de piano que casualmente embonaba en mi estado de animo.

Los faroles le daban relevancia al opaco cielo de nubes juzgonas. Las casas del fraccionamiento parecían ausentes de vida en su interior. Me sentí sola, en una gran ciudad gris.
Regresé a casa sin creer lo sucedido, temerosa del futuro y la repercusión de mis acciones. Un hogar sin alma, sin sentimientos, sin vida. Entré aquel lugar, y nadie se percató de la tristeza que me consumía. Mi madre preparaba la cena, mi padre se cambiaba de ropas después de regresar de su trabajo en el banco. Me escondí en el baño de mi cuarto, debajo de la regadera. El agua fría me hacía sentir viva, pero también sucia. Mi presencia se encontraba marcada por caricias despreciables, caricias ausentes de amor, rebosantes de lujuria. En la sociedad que vivía la sexualidad no era un tabú, pero tampoco algo especial. Normalmente recomendaban iniciar la vida sexual cuando tuvieras una pareja establecida. Para tener una pareja establecida debías cumplir ciertos requisitos, estar graduado y laborando. Después, se llenaba unos papeles para asumir y notificar al gobierno sobre tu estado actual en pareja. No había vuelta atrás, el divorcio se consideraba un fracaso, y quien se separaba, era considerado rebelde. Únicamente podías cambiar de pareja cuando fallecía o casualmente esta era considerada una rebelde y el gobierno la desaparecía. Eso se prestaba mucho para acusaciones falsas. 
No había bodas como en los libros prohibidos, tampoco un momento mágico íntimo en tu primera vez, sólo era algo que pasaba y no más. Por un momento me ilusioné, por andar leyendo libros prohibidos, soñé con que sería algo especial. 
En la falsa sociedad que vivía, supuestamente no existían casos de violaciones, según, todos eran ciudadanos íntegros que respetaban lo ajeno. Las acusaciones sobre violaciones eran tomadas con mucho cuidado por el gobierno. Casi siempre se consideraban rebeldes ambas partes, la víctima y el atacante, y desaparecían. 
Tristemente sí existían las violaciones y eran tabú, otro más de la lista. Lul fue víctima, y calló por mucho tiempo, por miedo a desaparecer. Al final, ella decidió desaparecer por cuenta propia, y su padre quedó libre. En mi caso, no contaba, asesiné junto con el delegado a mi atacante, no podía acusarlo, tampoco quería hacerlo.

Cuando salí del baño no sabía en qué pensar, ni cómo sentirme. Recordé los libros prohibidos que había leído, intentando apegarme a una emoción, no funcionó. Estaba acostumbrada a pasar por alto abusos y sólo obedecer.
 

Al día siguiente que fui a clases toda la escuela se encontraba en un silencio habitual. Declararon que Lio se suicidó, los forenses ignoraron los golpes en su rostro, más bien lo ocultaron. La idea de que había un asesino destruía el orden de la sociedad. De haberse notificado que la muerte de un estudiante fue a causa de un asesino, hubiera generado pánico colectivo, y despertado a los psicópatas que soñaban con matar. La verdad sobre la muerte de Lio hubiera sido un virus en la sociedad. 
En la hora de la comida, el delegado pasó detrás de mí y dejó cerca de mi lugar un pequeño sobre que contenía unas extrañas pastillas, eran dos y pequeñas. Recordé la mención de estas pastillas en clases pasadas y sin dudar las tomé acompañadas de mi jugo. 
Cuando me quedé después de clases, para ayudar limpiar el aula, el delegado me explicó con brevedad de dónde consiguió las pastillas.

—Mi madre es enfermera en una universidad —habló en voz baja—. Tiene muchas en casa, a pesar de que está mal. —Soltó una ligera risa—. Ni siquiera las utiliza, tiene la manía de coleccionar medicamentos.

—Ya veo de donde viene tu conocimiento sobre cierto asuntos. Gracias —agradecí apenada.

Me enfoqué en limpiar los pupitres, pasando un trapo húmedo, al llegar al de Lio me quedé quieta. Me pregunté desde mis adentros sí él mereció morir por lo que me hizo, me pregunté si era para tanto. Las lagrimas escaparon de mis ojos, me persiguió una culpa que me carcomía el alma y corazón.

—No deberías —habló el delegado, dejó de hacer sus labores y se acercó a mí—. No deberías estar triste por alguien como él. Yo quisiera poder eliminar a todas las personas que son como él —dijo con una seriedad terrible.

—Eliminar... ¿hay tanto odio en tu corazón? —pregunté sin pensar en lo dicho.



Maichen

Editado: 18.10.2019

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