Una ciudad gris para Umi

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Cumpleaños/ Parte uno

Nevó tanto el día de mi cumpleaños que pocas personas asistieron a la celebración. Me pareció curioso que festejáramos cumpleaños, era algo que perduró del pasado, sólo le había cambiado el significado. Los cumpleaños se festejaban porque nos acercaba a la adultez. Mi padre invitó varios compañeros de su trabajo, platicaban asuntos del trabajo y como mejorar mientras disfrutaban de la comida. Mi madre postiza hablaba con sus amigas del fraccionamiento, de temas comunes.

—¿Qué deja más blanca la ropa?, ¿el cloro o el vinagre? —preguntó una de las amigas de mi madre postiza.

—Definitivamente el cloro —contestaron varias de las invitadas.

—Pero el cloro a la larga desgasta la ropa y la hace frágil —añadió mi madre postiza.

—Cuando eso pasa, hay que cambiarla... todo es sustituible, más la ropa —comentó una de las amigas, sin abandonar su expresión de amargada. 
Busqué con mi mirada al delegado, no lo vi. Supuse que no llegó por la nevada fuerte que caía. Por un momento me enfoqué en la conversación que mantenía mi padre con sus invitados.

—Cuando la madre de Umi se encontraba en labores de parto, nevaba peor, la ambulancia demoró en llegar. Umi nació en esta casa, su madre estaba orgullosa  que su hija naciera sin ayuda —contó mi padre a sus amigos.

—Ya es toda una mujer, crecen rápido —dijo un amigo de mi padre. El hombre vestía un traje negro, su piel era bronceada y sus facciones marcadas. A pesar de que vestía y se peinaba igual que mi padre, era muy diferente a él.

Al seguir buscando al delegado con mi mirada, me encontré con su tía, la maestra. Entendí el motivo de su ausencia. Ahí estaba, la maestra con su cara larga inexpresiva, masticaba minuciosamente de lo que comía. Los adultos me felicitaron por un exitoso año más de vida, me siguieron animando a que mejorara en todo lo que hacía para ser una buena ciudadana. La fiesta terminó pronto, los invitados temieron que la tormenta se agravara, decidieron irse pronto. Ayudé a mi madre postiza limpiar, después fui a mi habitación aburrida y desganada. Me lancé en la cama, buscando encontrar consuelo en dormir hasta el atardecer de otro día.

El sonido de los altavoces se paró, la tormenta arruinó el cableado. No escuché la música clásica a la lejanía, me sentí extraña, estaba acostumbrada a esta. A veces sentía que la música de los altavoces poseía identidad propia y me acompañaba en mi día a día, cambiando de humor dependiendo de sus notas. Mis pensamientos hicieron un ruido ensordecedor, escapé de mi mente cuando escuché un golpeteo en mi ventana. Me pareció extraño, supuse que era la nieve chochando con el cristal. Volví a escuchar el golpeteo. Con flojera me levanté de mi cama, prendí la luz de mi habitación y abrí la ventana. Una ventisca de viento con nieve me golpeó en la cara, añadiéndose copos de nieve en mi cabello. Mi mirada se deslumbró por el panorama cambiado, lo gris desapareció para ser todo blanco. La luz del atardecer no lograba llegar al suelo por la culpa de las nubes, cuales trastornaban la luz amarilla a una azulada.

—Cumpleañera —me llamó el delegado en voz baja.

Se encontraba parado cerca de mi hogar, llevaba puesto un grueso abrigo, que al igual que su cabello, estaba cubierto de nieve. Me saludó feliz, extendiendo su mano mientras sonreía con mucha dulzura.

—Ya salgo —respondí en voz baja.

Tomé un sombrero y abrigo de mi closet, al ponérmelos salí por la ventana, la cerré lentamente, sin hacer ruido. Al dar un paso, mi pie se hundió en un montículo de nieve, el jardín había desaparecido.

—Cuidado —alertó el delegado.

Saqué mi pie con cuidado y caminé por la suave nieve.

—Es asombroso, desapareció la ciudad —platiqué feliz.

Di un par de vueltas emocionada, alcé mi rostro para ver con más nitidez el cielo del invierno. Los copos de nieve eran ligeros, tardaban en descender, me pareció que bailaban al compás del viento. Uno copo de nieve aterrizó en mi ojo, me lo froté y dejé de dar vueltas. 

—Lo sé, todos se han encerrado en sus hogares, parece que la ciudad es sólo para nosotros. Vamos, exploremos la nueva ciudad de nieve. —Sonrió feliz y me ofreció su mano.

Tomé la mano del delgado, llevaba puestos guantes, y aún así, me fue cálida.

Caminé encima de la suave nieve, sin soltar su mano. El invierno había cambiado todo temporalmente. El alumbrado publico se encendió cuando las nubes no dejaron pasar más la luz del sol. Pasamos cerca de la escuela, me pareció un pequeño palacio de nieve.

—No pude estar presente en tu fiesta, lo siento, mi tía fue —dijo mientras caminábamos.

Observé el vaho salir de los rosados labios del delegado, sus ojos estaban brillantes como estrellas a punto de explotar, no podía ocultar su felicidad, todo en él lo delataba.

—Lo sé, no te preocupes. Todos se fueron, pero tú estás aquí. Es la primera vez que disfruto del invierno, es la primera vez que puedo valorarlo, la ausencia de vida que hay. Cada día que avanza aprendo sobre los libros prohibidos, y eso me permite tener una perspectiva diferente sobre ciertas cosas... siento que despierto de un profundo sueño, y puedo disfrutar de lo que antes ignoraba.



Maichen

Editado: 18.10.2019

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