Una ciudad gris para Umi

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Ojos mirones

Asustada, de un empujón me alejé del cálido abrazo.

—¿Qué sucede aquí? —preguntó Cai sumamente desconcertada.

En su rostro fue evidente el asombro, me reflejé por un momento en sus lentillas negras, en sus ojos habitaba el asombro coexistiendo con el odio.

—Nuestra compañera se siente mal —mintió el delegado con mucha agilidad—. Es mi deber cuidar de los compañeros —aclaró con autoridad en su voz.

—Sí. —Molesta, cruzó los brazos—. ¿No te parece demasiado atrevido entrar al baño de mujeres? —inquirió.

—Sí, discúlpame —habló con una fría voz carente de emoción.

Salió el delegado del baño, dejándome sola. Por un momento, mi corazón intentó escapar por mi garganta para irse corriendo muy lejos de mí.

—Creo que también me resfrié por el invierno. —Llevé mi mano a mi frente—. Será mejor que regrese a clases.

—No, vamos a la enfermería. —Tomó mi mano con fuerza.

Mis manos temblaban y se encontraban más frías que el mismo invierno.

Cai me llevó a tirones y jalones a la enfermería y me dejó a solas después de explicarle a la enfermera que ''casi me desmayo''.

—Tu presión está elevada —reveló mientras escribía su diagnostico.

Ella me hizo una revisión general y rápida.

La enfermera era una mujer joven, parecían recién graduada. Poseía en su rostro una expresión suave, libre de preocupaciones, era ovalado y estaba enmarcado con sutileza por su cabello negro demasiado crespo.

—No entiendo el porqué —hablé con frialdad, intentando hacerme pasar por alguien normal.

—Lo más seguro debe ser a causa de cambios hormonales, puede que pronto venga tu periodo. Te recetaré pastillas de hierro. —Escribió con rapidez en la receta, el sonido del rozar de la punta del bolígrafo con el papel, me absorbió la mente por un momento—. Debes comer y dormir bien —dijo con una cálida voz.

—Sí, gracias —asentí con la cabeza.

Mientras me encontraba recostada en una camilla, contemplé la pequeña habitación que era la enfermería. Había dos camillas, en un muro un gran gabinete con puertas de cristal, mantenía bajo llave diversos medicamentos. Un escritorio con una computadora encima y cerca una silla que le hacía juego. La enfermera se encontraba sentada recta, sumergida en sus pensamientos, adjuntaba datos de mi historial clínico.

Los blancos muros no me animaron, tampoco la vista de la venta hacia el pasillo. De un momento a otro, pasó caminando lentamente uno de los agentes, me pareció que flotaba. Me senté de golpe, asombrada por ver el extraño andar del huesudo.

—Debido a los suicidios se decidió que por un tiempo los agentes vigilarían la escuela —comentó la enfermera cuando se distrajo de sus deberes al mirar por la ventana.

—Hacen bien en cuidarnos —mentí—. Podría alguien más intentar matarse. La escuela ya ha perdido mucho prestigió debido a las muertes.

—Así es. —Soltó un largo suspiro—. Para mal, el director está convencido de que su hijo no se suicidó. Qué deshonra, su primogénito un loco. Pienso que las descabelladas declaraciones del director influyeron en que llegaran agentes—habló de más la enfermera.

Mi corazón se agitó, había sospechas. Pensé en el delegado, temí por él y por mí.

—Iré a clases—. Me levanté temblorosa de la camilla—. Me siento mejor, gracias.

—Ten un productivo día. —Con esas palabras se despidió la enfermera.

En la hora del almuerzo tomé las pastillas disimuladamente y comí sumergida en mis pensamientos. La presencia de los agentes estaban en todos lados. Presentía que debajo de la máscara, entre los tentáculos, me juzgaban unos ojos. Por un momento supuse que ellos sabían sobre lo que hice, que tal vez, me intimidaban con su presencia hasta que hablara. Lancé a Lio con la ayuda del delegado, después de que fue golpeado. 
El director estaba convencido de que su hijo no se mató, y tenía razón, y por eso los agentes se hicieron presentes, para encontrar al culpable. Con la presión de comunicarle eso al delegado, fijé mi mirada en él. El delegado comía tranquilo, siendo un alumno más en el comedor.

Al terminar las últimas clases del día, me quedé en el salón con el delegado como era de costumbre.

Permanecimos en silencio. Perdida en mis pensamientos, limpié el mismo lugar sin darme cuenta. El delegado leía mientras esperaba a que la escuela se vaciara por completo. Al paso del tiempo, suspiré aliviada al sentir la soledad de la escuela.

—Umi, se te ve nerviosa —rompió el silencio el delegado—. No actúes de manera extraña, la presencia de los agentes no es buena señal.

—Lo sé, sospechan que Lio no se mató, deben estar investigando el caso.



Maichen

Editado: 18.10.2019

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