Una ciudad gris para Umi

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Esa desgraciada

¿Cómo enloquecer a una persona? Prohibirle, controlarle y decirle cómo vivir, el resultado siempre será la locura. 
La ira me invadió, odié a Cai con todas mis fuerzas. Ella no tenía porque intervenir en mi relación, mi felicidad, y mi libertad. En mi mente apareció el recuerdo de Lul y Lio cayendo por la azotea, una y otra vez la escena se repitió en mis pensamientos, hasta que imaginé ser Cai la que se entregaba a la muerte lanzándose. La ira no me dejaba pensar con claridad. Cené consumida en mis alucinaciones, encontrando consuelo temporal con estas.

—Hija, ¿todo bien? —preguntó mi padre al verme consumida en mis pensamientos.

Miré el rostro de mi padre, me pareció tan genérico y tan común. No sentí que él fuera mi padre, no le tenía confianza para hablarle de mis problemas. Él dejó que se llevaran a mi hermana y madre, las sustituyó con una fría mujer que parecía vivir en una dimensión diferente a la que yo. Deseé en ese momento tener una familia como en los libros antiguos, y así poder acudir a una amorosa madre que me aconsejara qué hacer con mis tormentos. En mi realidad era algo que si fallaba podía ser sustituida. La única persona que me entendía era el delegado.

—Sí, todo bien padre, hoy estudié mucho. Mis calificaciones ya subieron de nuevo.

—Muy bien, hija.

—Con permiso, iré a estudiar.

Dejé mi lugar en el comedor. Mi madre postiza ni se inmutó ante mi extraño comportamiento, al contrario, me pareció que lo sintió normal.

Pensando en qué hacer, di vueltas en mi habitación con la copia de la fotografía en manos.

Asustada, sabía que me considerarían rebelde por intimidar en clases, por tener una relación amorosa cual no tenía como objetivo formar una familia, sino disfrutar de las emociones y sensaciones, algo mal visto. Según para la sociedad no tenía la edad y preparación para estar con alguien, tener una relación amorosa a temprana edad se consideraba una distracción innecesaria y un terrible error.

Cansada de darle vueltas todo, escapé. Brinqué por la ventana y en la oscuridad de la noche me camuflé. En una ciudad gris, un ser gris como yo no resaltaba en las tinieblas. No había nadie en la calle, estaba tan sola que daba miedo y cualquier sonido común se intensificaba para ser algo con vida atraído a mí. Las pocas casas que iluminaban y ayudaban a las débiles farolas, se fueron apagando una tras otras. 
Corrí asustada y en mi andar hice eco, cual destruyó la soledad que sentí. Fui a la casa del delegado, no quería esperar ni un minuto más para informarle de la situación.

Vi la luz de su habitación encendida. Me acerqué a la ventana, y como un fantasma impulsado por una imponente ráfaga de viento la abrí y entré. El delegado lanzó el libro que llevaba en manos como respuesta a mi interrupción. Apenado, se disculpó en voz baja por lanzarme el libro. Dejó su lugar en su cama y puso seguro a la puerta del cuarto.

—¿Qué haces aquí? —preguntó asombrado.

—Yo... —Salieron rápidamente lágrimas de mis ojos.

La ira que me llevó hasta su habitación se convirtió en tristeza y miedo, me aterró la idea de pensar que ya no podría estar junto a él. Sin responder en el momento, me abracé con todas mis fuerzas de él.

—¿Qué te ha pasado? Dime, Umi —su amable voz acarició mi tímpano.

Saqué del bolsillo de mi vestido la copia de fotografía que me dio Cai, se la entregué al delegado y le expliqué en voz baja la situación, las amenazas de Cai.

El delegado me tranquilizó y propuso que fingiéramos aceptar las condiciones de Cai por el momento, viéndonos así en mi casa después de la cena mientras planeábamos qué hacer al respecto. La tranquila voz del delgado calmó mi acelerado corazón y las lágrimas pararon como respuesta. Le había dado demasiado poder sobre mí. Cuando me dispuse marcharme, él me detuvo y me pidió que me quedara, y que regresara a mi hogar temprano, antes del desayuno. Era algo nuevo, dormir junto con la persona que más confiaba. 
En esa noche no pude conciliar el sueño, no importó lo cálido que era el delegado, mi mente se encontraba ocupada pensando en una solución. Di un par de vueltas en la cama, al forzarme dormir, las pesadillas llegaron. Soñé con los agentes, eran increíblemente más grande de lo normal, tapaban las nubes del cielo rojizo con su cuerpo. Retiraron sus máscaras y apestosos tentáculos salieron. Escuché con claridad los viscosos tentáculos que rozaban entre sí, mientras se movían erráticamente por el cielo de nubes sangrientas.

Los tentáculos dejaron el cielo, postrándose en la escuela la agitaron, sacando entre temblores a todos los estudiantes. Curiosamente los estudiantes que salían por las ventanas eran maniquís grises vestidos con trajes negros y sin rostro alguno. Sus gritos de horror se quedaron, aunque ellos desaparecieron. Los agentes después de sacudir la escuela, la desprendieron del suelo y se llevaron toda la instalación. El sueño de un momento a otro me llevó al cementerio. No comprendí el cambió de escenario, el cielo era el mismo, uno de sangre y llamas. Los agentes volvieron a tener protagonismo, eran más pequeños y removían desesperados las lápidas, sacaron a los muertos de sus tumbas y los devoraron. Inmutada, observé como comían los cadáveres putrefactos y la escena me llevó al hueco donde introducían lo que comían. El crujir de los huesos machados por cientos de dientes afilados retumbó en mi cabeza.



Maichen

Editado: 18.10.2019

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