Una ciudad gris para Umi

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Mentiras

Pasadas las horas los agentes aparecieron, cuestionaron a mi madre, ella me encubrió. No me importó que lo hiciera, sabía que los agentes se hacían pasar por ignorantes, pero realmente veían y sabían todo. Desconocía cuanto tiempo me quedaba, pero igual, como ellos, decidí fingir.

—Estaba extraño, días era agresivo y violento. Al final me confesó lo que hizo y se quitó la vida. Sobre lo que hacía, las pruebas están en su celular. Me siento apenada de que él fuera mi esposo —fue lo que dijo mi madre.

—Entendemos, pronto recibirá una solicitud de pareja para que continúe criando a su hijo como es debido y pueda solicitar más —fue la respuesta que recibió por parte de los agentes.

Como las clases estaban paradas debido al incendio, los estudiantes permanecían en casa, haciendo tareas para sustituir las horas perdidas en la escuela. No era el mismo, entendí a Umi, cuando decía que fantasmas la acosaban. Me cuestioné en qué momento me vi contaminado por la toxina de la masa amorfa, y luego recordé el humo que espeso que salió cuando la incendié. Seguido escuchaba la voz de mi hermana en mi cabeza, después se le unió la de mi padre. Fue de lo más frustrante no poderlos silenciar. No podía concentrarme, ellos siempre escupían su opinión, vivían en mi mente y les encantaba atormentarme. Mientras intentaba concentrarme en mis deberes, ignoraba lo más que podía los susurros, ya que, sabía que era producto de una intoxicación de la masa amorfa. Pensé que tal vez no fui el único contaminado al igual que Umi, tal vez Lul, Lio, mi propio padre y hermana fueron contaminados, tentados para caer y ser comida de seres repulsivos.

Al ver que no había agentes rondando en la ciudad, salí por la ventana de mi habitación, deseaba ver a Umi y saber cómo se encontraba. Era un sábado tranquilo. Las nubes se movían con lentitud por el cielo y con su sombra oscurecían aún más la ciudad. No había transeúntes más que yo. Imaginé que la mayoría de los habitantes temían por el loco pirómano que encendió la escuela y por eso mismo se encerraban en sus hogares. Todo era tan solitario. Fue como si me encontrara en un sueño inducido a propósito para aprisionarme. Cuando llegué al hogar de Umi, la vi desde la ventana en su escritorio, lloraba mientras se obligaba a sí misma ignorar los susurros de sus fantasmas. Intentaba hacer los deberes. No podía ayudarla realmente, había caído en lo mismo que ella.

—Eres un inútil, si no te hubieras acercado a ella no le hubiera pasado nada malo —reprochó el fantasma de mi hermana.

—Pobre niña, tan inocente, terminó mal por tu culpa —añadió la masa amorfa de tentáculos.

—Déjala, ella ya no es tu problema. Nunca te amó, de seguro experimentaba lo prohibido contigo, no le tengas tanto afán. Ella nunca te va a querer como yo lo hice —susurró Nia.

No respondí y tampoco hice caso de las voces desagradables de las alucinaciones.

Entré por la ventana, quería con todo mi ser volver a ver la Umi feliz que me salvó de mis tormentos internos.

—Umi —la llamé.

Ella paró de llorar, se limpió las lágrimas con su vestido y me dirigió su mirada opaca.

—Delegado... —habló con una voz débil.

Al ver a Umi, supuse que no le quedaba mucho, ya no se encontraba en la misma realidad que yo, los fantasmas de la culpa se la habían llevado lejos, muy lejos. Y por mucho que estirara mi mano y la llamara para alcanzarla, no podía llegar a ella.

—Vamos a pasear, necesitas distraerte —dije fingiendo estar de buenos ánimos.

Umi dejó su lugar, sonrió de manera extraña, tal vez fingida u olvidó cómo hacerlo. Me pareció que ya estaba muerta. Vestía con desgano un oscuro vestido que resaltaba su tez cadavérica. La mitad de su rostro fino y decaído se encontraba cubierto por mechones de cabello, y los labios se veían azulados al igual que las ojeras marcadas. Estiró su mano, su fría mano. La tomé y salimos juntos de su habitación.

—Casi ya no escucho las voces —comentó mientras caminaba lentamente debajo de los rayos de sol, cuales lograba filtrarse entre las espesas nubes.

La miré de reojo, temí que los débiles rayos del sol la desvaneciera más.

—Eso es bueno, significa que has mejorado. —Sonreí falsamente.

—Ja, ¿mejorado? Mírala, parece un cadáver andante. Se ve muy enferma, pronto se la llevaran —comentó burlona el fantasma de Nia.

—¿Avanzaste con los deberes? —pregunté intentando hacer conversación.

—Sí. —Sonrió perdida y fijó su mirada en su sombra.

—¿Pudiste entenderles?

—Sí, eran fáciles, yo me los complicaba —mintió.

—Me alegro de que puedas avanzar, todo va estar bien. De hecho, quiero explicarte algo. Pero tienes que verlo.

Llevé a Umi a la escuela, detrás de la valla metálica donde se encontraba el terreno abandonado. Caminé lentamente al paso de Umi. Cada paso lento y suave que ella daba retumbaba en mi cabeza y hacía juego con los latidos de mi corazón triste. Entramos en la choza, ahí seguí el cuerpo quemado de la cosa. El tiempo se había parado en el interior de la choza. Los rayos del sol entraron con nosotros. Encima del cuerpo quemado revoloteaban motas de polvo mezcladas con las cenizas más ligeras desprendidas del cadáver.



Maichen

Editado: 18.10.2019

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