Una ciudad gris para Umi

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El lugar que anhelaba

—Eri, hijo. ¿Estás bien? —preguntó mi madre.

Ella se mantenía del otro lado de la puerta, no se atrevía a girar el picaporte y entrar a mi habitación, me temía.

—Lo estoy —mentí.

—¿Vendrás a desayunar? —preguntó con un dulce tono de voz que me hizo sentir mal.

—Sí. —Salí de mi habitación.

Mi madre se alejó, fue a la cocina y sirvió café en su taza favorita.

—Pronto vendrá el sustituto de tu padre —reveló triste.

—Me alegro, ya no estarás sola. —Tomé asiento en una de las sillas del comedor.

—También estaba pensando en una solicitud para hijos, hay muchos huérfanos —comunicó temerosa.

—Si eso te hace feliz, adelante. —Sonreí falsamente.

—Es extraño —dijo en un hilo de voz—. Cuando tenía tu edad, también era muy expresiva — reveló en un tono dulcificado—. Después me acoplé a las reglas.

Observé a mi madre, sus ojos estaban llorosos, ella tenía un poco de fe en mí, creía que tal vez, con el pasar del tiempo me acoplaría y me volvería ''alguien normal''. La miré, me vi reflejado en sus ojos de ámbar, había miedo en su mirar, pero también amor, el amor que únicamente conocen las madres. Le había fallado. Sin embargo, una parte de mí se sentía victoriosa, al quitarle de encima el abusivo de mi padre. Una mujer débil, bajita, de voz suave y ojos expresivos, temerosa, y amante de coleccionar medicamentos de su trabajo, así era ella. Quería que fuera feliz, que compartiera su vida con una persona que mínimo no la maltratara, y que educara niños obedientes que la hicieran sentir realizada como madre, ya había pasado por mucho, merecía algo mejor. Entonces, para quitarme la espina que permanecía en mi corazón, decidí decir lo que pensaba y así, tal vez, motivarla a no volver dejarse maltratar por nadie.

—Te volviste cobarde, ¿no? —reproché.

—Eri. —Retó con su triste mirada y frunció el ceño.

—¿Sabías lo qué papá le hacía mi hermana y ella a mí, no? —Bajé la cabeza, no pude con la mirada de mi madre—. ¿No crees qué hubiera sido todo diferente si hubieras interferido? Pudiste acusar a mi padre de rebelde, las pruebas estaban en su celular y en el cuerpo de Nia.

—Yo, lo sé. ¿A caso no crees que me recrimino mi cobardía? —dijo con la voz quebrada—. Tenía miedo, y me encontraba en una zona de confort. —Se sentó en una silla del comedor frente a mi lugar.

—¿Por qué tenías miedo? —Alcé la cabeza y clavé mi mirada en los ojos llorosos de mi madre.

—Porque él tenía pruebas para acusarme de rebelde a mí. —Desvió su mirada en su taza de café—. No quería dejarlos solos ni que los educara otra mujer. —Salieron lágrimas de sus ojos—. Son mi tesoro, mis precioso tesoro, mis niños.

—¿Por qué serías tú una rebelde? —pregunté triste, contagiado por la tristeza de ella.

A la lejanía sonaba la música de los altavoces, y el sol aún no se presentaba, la luz que se filtraba por la ventana era una grisácea, regalo de las nubes que no dejaban el cielo libre.

La luz amarillenta iluminaba escasamente el comedor y a mi madre. Ella domaba los rayos de sol que tenía por cabello en una coleta que dejaba a la vista su fino cuello de cisne. Observé de reojo su escuálida y pequeña figura recta, y sus labios pálidos y temblorosos. Pensé que mi madre pudo haber sido en el pasado una hermosa princesa. Ella juntó sus manos, tragó saliva y perdió su mirada en la taza del café.

—Tuve un amorío con un estudiante en otra universidad que trabajé como enfermera —soltó aquello de un momento a otro.

Su confesión la liberó de su triste mirada. Me reí, lo dicho por mi madre me causó demasiada gracia. Me quedó en claro que todos rompían las reglas de alguna manera.

—Lo siento, me ha dado mucha risa. Eso hubiera sido normal en el pasado. —Me encogí de hombros.

—¿En el pasado? —preguntó intrigada.

Mi madre me miró inmutada.

—Como dicen los libros prohibidos.

—¿Los has leído? —preguntó asombrada.

—Sí. —Asentí.

—Hijo, yo también llegué a leer libros prohibidos. —Rio apenada y secó con una servilleta las lágrimas que quedaron en sus mejillas arreboladas y ojos irritados—. Sabes, no hablamos mucho, tu padre siempre agitaba el ambiente con su presencia, pero él ya no está. Puedes confiar en mí. Sé cómo te puedes llegar a sentir.

—Eso sería muy agradable. —Bajé la cabeza y empuñé las manos.

—Lo siento, te conozco tan poco —habló en un hilo de voz—. Quiero conocerte más, convivir como madre e hijo que somos. Lo siento, por mi culpa... te viste forzado a atacar tu padre. Lo siento. —Soltó las lágrimas que contenía.



Maichen

Editado: 18.10.2019

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