Una conductista radical

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Capítulo I

Adrián Saavedra, recién nombrada directora de la Agencia Técnica de Investigación Criminal (ATIC) del Ministerio público de Tegucigalpa, tiene que enfrentarse a una gran crisis de cifras, anualmente ese lugar recibía un promedio de 120,000 casos de investigación, sin embargo, solo se investigan 6,000, de los cuales 1,500 llegaban a tener un juicio, y solo 951 tenían un dictamen de sentencia. Agregando que, en los últimos años, los asesinatos iban en aumento; en un rango de cinco años, había pasado de diez por cada cien mil habitantes a 500 por cada diez mil habitantes.

Esta mujer con su galante porte, una potente personalidad satírica frente a la vida añadiendo su obsesión con los experimentos y psicología de Burrhus Frederic Skinner, decide examinar los casos sospechosamente inconclusos acumulados en lo más recónditos de ese departamento.

Sosteniendo la teoría que podrían estar relacionados, le lleva a dar con un hombre encarcelado en la recién creada penitenciaria de máxima seguridad, su intuición le decreta que es punto vital en su investigación.

 

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Los personajes y hechos retratados en esta obra son completamente ficticios, imaginados por la autora, siguiendo los parámetros del género de novela negra; la historia se seguirá desde la jerarquía del sistema judicial de Honduras, desarrollándose en esta zona geográfica, cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con la realidad presente o pasada del país, son meras coincidencias.

La finalidad de este texto es el entretenimiento.

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-Saavedra, tráigame un café.

Ese mandato, siempre provenía del mismo lugar, puntualizada las siete horas con quince minutos, esas palabras se hacían presente para ambientalizar y dar la pauta de partida para las actividades diarias, la masculina voz que tan vehemente provenía de esa oficina los cinco días laborales de la semana, los últimos dieciocho años, extrañamente tuvo un inicio diferente, esta vez.

A menos de veinticuatro horas de laborar en el lugar, la “honorable petición” había recaído en la joven que justo el día anterior se había posicionado; luego de un gran proceso de selección, finalmente conquistó la vacante que, en el Ministerio público estaba disponible, ella contaba con una licenciatura en derecho, una maestría en derecho penal y procesal penal, varios diplomados en criminalística y criminología y algunos en el área de psicología, con una experiencia de ocho años en el juzgado de letras de la capital, de los cuales tres años fungió como detective privado, añadiendo que contaba con menos de 30 años; relucía como la joya que buscaban la mayoría de las empresas y contratistas del país: formación, experiencia, ciudadanos ejemplares, buenas referencias y primordialmente jóvenes.

Claro está, que esto no aplica a las personas que poseían un denominado “padrino político” bastante visto en varias áreas laborales; siendo en la legal y gubernamental las movidas más cínicas.

Siendo una localidad que no gozaba con el descrédito de pequeñez, más de alguno de los múltiples empleados, recurrirían al llamado, no solo ella poseía ese apellido, era lógico que la castaña con esa mentalidad, no se diera por aludida e inevitablemente la necesidad del mayor le fuese indiferente.

La neófita se daba a la tarea de supervisar algunos de los nuevos documentos que le habían enviado la semana pasada, además de mejorar la solicitud para indagar en los registros de casos pausados y cerrados.

Dirigió su mirada y sostuvo por unos segundos hacia el lugar donde provenía la voz que musitaba su nombre, seguido volvió a centrarla en el aparato.

- Buenos días ¿Le puedo servir en algo? -cuestionó amablemente, mientras seguía clicando el teclado.

- ¿Eres tú, jefe del departamento?, destruyó totalmente la imagen que había dispuesto a su honor- comentó la señora de cabellos platinados, cuando las extremidades inferiores hicieron su ingreso, la percusión de la cerámica producido por los zapatos altos, llegaba hasta lo más profundo del oído de la menor, quien se encontraba en un naciente dilema; la insolencia de la “invitada” ¿Qué era lo que le había ofendido más? ¿Que no saludará? ¿Que se tomará la libertad de tutearla? ¿Acaso la había subestimando? ¿Fue por la admisión sin autorización? ¿O por ser mayor en edad automáticamente tenía que dejarlo pasar?

- Si no lo fuera ¿Qué sentido tendría estar en esta oficina? Espero haberlo quebrado positivamente- la sonrisa y el tono jocoso de su repuesta, ahogó el sentimiento de molestia.



AiKarim

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Editado: 06.05.2018

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