Una fogata para la bruja

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Capitulo 4

 Cap. 4

Con los primeros rayos del sol llegaron nuevos problemas.
El viejo cuidador de caballos estaba tironeando a Elizabeth del hombro tratando de despertarla.  La mujer sobresalto y se sentó en su cama improvisada.
— ¿Qué pasó? — dijo Elizabeth frotando los ojos.
— Vaya rápido a ver al niño, la están esperando, — dijo el viejo con cara preocupada.
Elizabeth se levantó y se fue corriendo a la mansión.
Al entrar a la habitación ella vio a la madre del niño, la señora Abigail llorando y a Rachel con una sonrisa malvada.
— ¿Qué pasó? —  preguntó Elizabeth con la voz temblando.
— ¿Qué le hiciste a mi hijo? — gritó Abigail y le pegó a Elizabeth una cachetada, — Mi hijo, ¡Mira lo que le pasó!
  Elizabeth frotó el cachete que le empezó a arder, se acercó a la cama y destapó al pobre niño.
  Todo el cuerpo del chico estaba cubierto con costras.
Elizabeth se estremeció. La receta del libro de medicina no mencionaba estos efectos de la crema en la piel. De repente Elizabeth sintió unos chorros de la transpiración helada que empezaron a deslizarse por la espalda.
   Probablemente ella no va a poder sanar la enfermedad y tiene que rendirse.  Entonces lo mejor que puede hacer ahora es escapar de acá. 
“Pobre niño”, — pensó Elizabeth, — “Qué lástima que tiene que morir un alma inocente”.
— ¿Y qué me dices ahora, bruja? — dijo de Rachel.
   Elizabeth suspiró profundamente.
— No se preocupen, — dijo ella a las dos, — Es una parte del tratamiento,  pronto el pequeño estará mejor.
— Me gustaría verlo, — dijo Rachel y sonrió como un lobo hambriento.
   — El tratamiento va en conjunto, — dijo Elizabeth, — hay que usar las hierbas medicinales,  pero por otro lado parece que el niño está embrujado y hay que desatar la magia negra, en esto ustedes tienen razón.
— Entonces yo tenía razón, — dijo Rachel, — el niño está embrujado.
— Lamentablemente sí, — dijo Elizabeth, — trate de recordar adónde lo llevaron o en qué lugar estuvo, donde le podría hacer un hechizo alguna bruja.
   Abigail puso la cara preocupada tratando de hacer memoria, — No se me ocurre nada, no viajamos lejos de la ciudad, — dijo ella.
— Pero si, — continuó Elizabeth, — claramente hay presencia de magia negra acá.
— ¿Y tú puedes desatarla? — preguntó la esposa del alcalde.
— No soy una bruja a ver si me entiende. Pero creo que puedo hacerlo.
 Abigail se acercó a la curandera y puso las manos como para rezar. Otra vez se convirtió en una madre que estaba rogando a salvar a su hijo.
— ¿Qué te hace falta para salvar a mi hijo? 
  Elizabeth puso la cara pensativa.
— Déjeme ver, — Elizabeth tocó su cachete golpeado. — Necesito que me consigan un gato negro. 
— ¿Un gato negro? — Rachel frunció las cejas, — ¿no piensas matarnos a todos?
— Ya les dije que no soy una bruja, pero sé cómo desatar la magia negra.  ¿Me van a traer un gato o no?
Con un gesto desesperado de Abigail, las dos chicas sirvientas salieron apuradas de la habitación.

***
  Mientras Elizabeth estaba esperando que le traigan el animal, revisó el libro de medicina. En la receta no decía nada sobre costras. Y no decía nada sobre el estado del enfermo, solo el procedimiento de la curación. Y ahora Elizabeth ni siquiera sabía si esta receta va a ayudar al niño o no. 
  Pero por las dudas le puso al chico más crema verde sobre las costras.
  Después se quedó sentada en el borde de la cama, observando el estado del niño. El chico parecía estar más calmado, la fiebre bajó. Pero todavía el niño casi no abría los ojos, no reconocía a nadie alrededor y aguantaba la comida con mucha dificultad.
Cerca del mediodía Elizabeth escuchó que desde el pasillo empezaron a sonar maullidos.

***

  La puerta de abrió y entraron las sirvientas. Entre las dos sostenían una bolsa de tela. Las chicas estaban asustadas. Tiraron la bolsa en medio de la habitación y se alejaron un poco.
— Acá tienes lo que pediste, — dijo Abigail.
— Gracias. — contestó Elizabeth, levantó la bolsa y salió de la habitación.
  Al apartarse en la cocina y abrir la bolsa ella vio que le trajeron tres gatos negros. Los animales parecían estar asustados y seguían maullando. Elizabeth les hizo cariño. 
  Después revisó el libro de brujería. Y de inmediato descartó dos de tres gatos y los dejo huir por la casa, ya que la receta decía que el gato tenía que ser totalmente negro, sin pelos blancos.
El gato que se quedó, la miraba a la mujer asustado, parece que presentía lo que lo espera. 
Ahora sigue la próxima etapa de la receta.
Elizabeth trató de tranquilizarse, le daba asco y miedo seguir el procedimiento.
“Qué difícil que es la vida de las brujas” — pensó Elizabeth, — “Tantas cosas asquerosas tienen que tratar para lograr lo que quieran”.
También le daba lastima a matar a un animal inocente. 
Elizabeth trató de pensar que es un simple animal que va a ser sacrificado para sus propósitos, así como la gente sacrifica las vacas para poder comer.  Pero en este caso, por suerte, Elizabeth no tenía que comer al gato, solo matarlo. 
“Aunque,”  — pensó ella,  — “al final del hechizo, será, casi como comerlo”.
Con una mano la mujer apretó el gato del cuello muy fuerte y lo puso en la tabla de madera. 
Cuando ella levantó el cuchillo el gato empezó a maullar del miedo, tratando de girar la cabeza para mirar a Elizabeth. Eso era lo que menos ella quería sentir, - la mirada de este gato.
De repente la puerta se abrió y entró una de las sirvientas, Elizabeth no se acordaba su nombre.
— Le traigo su almuerzo, — dijo la chica y dejó en la mesada un tazón con guiso.
— Gracias, — contestó Elizabeth.
La comida olía deliciosa, a carne asada. El gato empezó a mover el hocico oliendo aire.
Elizabeth suspiró. 
“Pobre animal. Por lo menos se da un gusto antes de morir, como pasa a los condenados a  muerte.”
  Ella bajó el tazón al piso y soltó al gato.
El gato empezó a devorar la comida sorbiendo y salpicando por todo lado.
  La mujer se sentó en el piso al lado para observarlo.
Cuando en el tazón quedaba apenas la mita, el animal parece que ya estaba lleno. Levantó la cabeza, la miró a Elizabeth en hizo unos pasos hacia ella.
La mujer estiró la mano para agarrarlo, pero de repente el gato se echó atrás, pegó un rugido, después siseó y empezó rasguñar la cara desesperado, como tratando de sacar algo doloroso.
Al piso cayeron unas gotas de sangre. El gato estaba rodando el piso y maullaba fuerte.
Elizabeth hizo un paso atrás. No sabía qué hacer, solo se quedó observando el extraño comportamiento del animal.
En unos minutos el gato estaba muerto. Se quedó tirado en el piso como una bola negra, manchado con su propia sangre que se veía más oscura sobre su piel.
Elizabeth miró alrededor.
“¡El guiso!” — al instante se dio cuenta. — “Me quieren matar aun antes de que yo pensaba”.
“¿Y ahora qué?  ¿Tengo que dejar de comer en esta casa?”
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas. De la rabia pateó el tazón, tirando el guiso envenenado por el piso.
  Miró alrededor. Vio el barril de madera a donde tiraban los restos de la comida. Se acercó despacio.
  “¡Me voy a vengar de todos ellos, de la manera más cruel posible!” — pensó    Elizabeth sacando un hueso de la basura y raspándolo con los dientes,  tratando de sacar restos de carne.
  “Peor que esto no puede ser” — pensó ella con amargura.
Pero el destino opinaba de otra manera. Y la mujer se dio cuenta de esto, cuando escuchó de afuera ruidos de la muchedumbre, los gritos de la gente enojada.
Elizabeth se levantó y miró por la ventana.
El patio de la mansión estaba lleno de pueblerinos, hombres y mujeres. Todos estaban gritando a la vez, con mucho enojo.
Entre los gritos Elizabeth entendió una frase repetitiva, que la dejó helada.
“¡Entréguenos la bruja!”



Vitto De Leone

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En el texto hay: bruja, hechizo

Editado: 12.11.2019

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