Una musa para el dios de la guerra.

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Polvo de hada

Un poco de miel para sobrellevar tantos tragos tan amargos con esta historia. Les mando mil besos desde acá. 

...........

 

 

La musa estaba tan concentrada que no lo escucho llegar. Lo que no era de sorprenderse, porque a pesar de sus pesuñas, si un sátiro no quiere ser escuchado, es tan sigiloso como un hada misma.

El sátiro era pequeño, apenas un muchacho. La toco en el hombro y espero a que la musa se volviese. Pero ella estaba tan inspirada que lo ignoro.

-Daria. – susurro en su oído.

La musa abrió los ojos de a poco, dejando que el pobre novelista mortal se recargara en la silla y esperara por más inspiración.

-¿Si? – pregunto algo seria.

-Él está aquí – susurro.

-¿Quién?

-El dios, el que logro llegar hasta la fogata el otro día.

-Oh... - Daria miro en todas direcciones, ninguna musa les prestaba atención. Cada una estaba en sus propias actividades.

Daría asintió al sátiro, quien después de sonreírle se alejo. La musa intento no correr, intento caminar con gracia y elegancia, desinteresadamente, como si simplemente se hubiese cansado de inspirar. Fue hasta después de unos días cuando recordó al pobre novelista quien se quedo esperándola la noche entera.

No estuvo segura de haberlo logrado, pero al menos creyó que nadie la había visto. Se adentro en el laberinto de pasillos donde moraban los sirvientes fae hasta que llego a la pequeña habitación que había compartido con el dios la vez anterior que la había visitado.

Se detuvo en seco cuando lo vio. Ahí, sentado en el catre, recargado en la pared. Veía todo con ojos curiosos. Esta era la habitación de la musa, los sátiros y las ninfas una vez la habían llevado ahí, con los ojos cubiertos, y la habían sorprendido con un lugar entre ellos.

Daría se sintió aceptada por primera vez aquel día. Y se dio cuenta con tristeza, que aquellos sátiros y aquellas ninfas... no podrían integrarse al bosque por completo ni siquiera si algún día conseguían de nuevo su libertad. Los dioses habían hecho estragos en ellos... eran como ella... demasiado fae para estar entre dioses, pero con demasiadas costumbres olímpicas como para volver con los suyos.

Esta habitación, tenia raíces de arboles surcando las paredes. A veces florecía alguno que otro retoño. Tenía un par de amuletos fae que llevaba el día que había sido capturada y no mucho más.

Ares jugueteaba con uno de los collares que una ninfa le había hecho con conchas de mar y un hilo de caña.

Cuando la miro, la musa sintió su cuerpo entero arder. Ares siempre la miraba con ansias, pero de un tiempo hacia acá, su mirada era abrasadora.

Dejo el collar sobre el catre, esperando a que la musa se lanzara a sus brazos, como era la costumbre entre ellos.

Esta vez Daria sonrió de lado mientras se recargaba en el umbral de la puerta.

El dios, quien se había erguido esperándola, se recargo en la pared de nuevo.

-¿Qué puedo hacer por usted, mi señor?

Ares sonrió de lado, pero no respondió.

-No... parece tener ninguna herida... y... - mientras hablaba se acercaba a él muy lentamente – no soy una criada para servirlo.

-¿Qué puedes hacer por mi? – soltó con esa voz ronca y altiva que ella tanto amaba. – Puedes venir a mis brazos y dejarme poseerte.

-Supongo que podría... pero no soy una simple ninfa que está aquí para satisfacer sus necesidades, oh gran dios de la guerra.

-Por supuesto que no. – Sin siquiera darse cuenta de cuando Ares se había lanzado por ella, la musa se vio envuelta entre los fuertes brazos del dios. – Pero eres mi esposa... es tu deber satisfacerme.

La musa grito al ser levantada por el dios y depositada en el catre casi con fuerza.

Ares se posiciono sobre ella y la beso. La risa de la musa impedía que el beso fuese tan apasionado como él deseaba, pero tuvo que reír, la risa de Daria era contagiosa, le entibiaba el corazón. Soltó sus labios y comenzó a besar su cuello, haciéndole cosquillas con la barba. La musa rió más fuerte y él deseo poder estar así, con ella, lo que durara la eternidad.

-¿Qué haces aquí? – soltó la musa tratando de alejarlo y viéndolo con más seriedad.

-¿No puedo ver a mi mujer? – soltó con el ceño fruncido. Ella asintió con una sonrisa.

– ¿Ya has hablado con tu madre? - Ares asintió.

-Sí, pero no quiero hablar del tema. Mejor hagamos algo mejor que hablar. – soltó levantando su vestido. La musa tomo sus manos y lo miro a los ojos.

-He escuchado que has estado bastante activo últimamente.

-¿A qué te refieres?

-A que has entrado y salido de los templos de distintos dioses durante estos días.

Ares entrecerró los ojos.

-¿Quién te lo dijo?

-Una de las musas... ella... tiene visiones o algo así. – Al ver el rostro de Ares, serio y a punto de correr por la musa chismosa, Daria hablo de nuevo – descuida, no le dijo a nadie más... ni siquiera a Apolo.



Frann Gold

Editado: 14.11.2019

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