Una musa para el dios de la guerra.

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A divertirse

 

Ares llegó hasta el templo de su padre en donde bajó de su carro. La noche estaba pasiva, demasiado pasiva, se podía sentir una gran tensión, como la calma antes de la tormenta y eso era justamente.

El dios miró hacia todos lados en aquel inmenso jardín, no había luna, no soplaba el viento, solo había silencio.

El único ruido que se escuchó fue el que hizo su caballo al relinchar. Ares se acercó a los caballos, negros como el carbón y tan fuertes como para cargarlo a él. Estaban inquietos.

Acarició el hocico de uno de ellos mientras les soltaba las riendas.

-Vayan por ella. – les susurro. Ante esto, los caballos salieron corriendo para luego emprender vuelo mientras escupían fuego a cada relincho.

Ares suspiro. Esto era por mucho lo más duro que había tenido que hacer jamás. La pelea más fiera que hubiese tenido antes no se compararía a esta noche, lo sabía. Tampoco había planeado tanto una batalla como esta. Cada movimiento estaba fríamente calculado y preparado desde hacía mucho.

Entró en el templo, a paso firme y sintiéndose tan pesado como si llevara un par de yelmos en sus pies.

Zeus estaba en su trono, pensativo. Levantó la cabeza cuando lo vio llegar.

Ares, armado de su lanza y escudo lo miro a los ojos.

Ambos debieron de haber predecido este momento desde hacía eones. Después de todo asesinar a tu padre es casi una tradición en la familia.

-Ares. – soltó Zeus sin inmutarse.

-Padre...

El silencio se produjo de nuevo.

-Sabes a qué he venido. – soltó al fin Ares.

-Sí.

-Bien... entonces, comencemos. No tiene caso alargar el momento.

Zeus asintió con la cabeza lentamente, casi taciturno.

De uno de los umbrales a uno de los lados del trono entró Atenea, armada también, su armadura dorada relucía y su espada reflejaba todo a su paso.

-Ares... hermano.

-Atenea... - saludo Ares.

Las dos guerras se miraron frente a frente. Por un segundo, Ares vio tristeza en los ojos de la diosa pero pronto esta se transformó en ira.

-¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a luchar contra él?

-¿Contra él? No... jamás podría, yo... hice un juramento hace tiempo... yo jamás podría luchar contra mi padre. Eso me haría caer muerto en cuanto lo intentara.

El rostro de Atenea se contrajo con duda.

-Pe... pero...

-No, yo luchare de su lado, hermana... de tu lado, porque jure luchar sus guerras... claro que... jamás jure... ganarlas.

Dicho esto y como si la escena hubiese sido ensayada, las puertas del templo se abrieron salvajemente. Un par de enormes dioses entraron, ataviados con armaduras bastante parecidas a las de Ares, doradas con negro. Y una mujer liderándolos. Una rubia de sonrisa siniestra que usaba una armadura púrpura. Una diosa a la que Atenea hacía siglos no veía.

-Eris. – soltó Atenea con odio.

-Y no vine sola querida...

Un ejército comenzó a entrar detrás de estas tres siniestras figuras.

Zeus se levantó. Ares y Atenea le hacían frente a un ejército de dioses pero el rey tenía el suyo propio.

Ares se sorprendió cuando vio que Zeus se despojó de su túnica y una brillante armadura de plata lo recubría.

¿Él pelearía?

Ares jamás había visto hacer a Zeus más que leyes absurdas o disfrazarse de mortal para ir a seducir mujeres. Este fue el primer obstáculo no planeado para Ares.

Ares comenzó a pelear contra sus propios hijos, en realidad Deimos y Phobos no hacían más que darle estocadas que él detenía con facilidad mientras le contaban los avances de su lado. Cuando terminaron de darle las noticias Ares asintió, de un empujón con la espada lanzó a Phobos hacia Heracles, quien luchaba nada más que con sus fuertes manos. Phobos comenzó a atacar con su espada, el pelirrojo lo detenía con sus increíbles fuerzas y en una distracción de Phobos, logró golpearlo en la cabeza con el puño, Ares supo que de no ser por el casco, Phobos probablemente hubiese perdido la cabeza.

Deimos corrió a auxiliar a su hermano y Ares se volvió.

Apolo había llegado, y demonios estaba del lado de Zeus. Ares gruño, le habría gustado tanto luchar contra el astro.

Miró con curiosidad por un momento. Había muchos dioses menores pero la mayoría de los doce se encontraban escondidos cuales ratas.

No estaban Dionisio, ni Afrodita, seguramente ella estaría oculta bajo su cama, obviamente no estaba Eros, solamente al recordarlo sintió un escalofrío de rabia, ese bastardo... como osaba llamarse a sí mismo su hijo, no era más que un cobarde.

Su madre... esperaba que hubiese seguido su consejo y se hubiese marchado a su templo junto a sus hijas. Hermes tampoco estaba...

A quien sí vio fue a Hefesto... quien también se encontraba del lado de Zeus, demonios, ¿que acaso no podría combatir de verdad hoy?

Bien, tal vez era lo mejor... si su sed de sangre despertaba, cabría la posibilidad de no poder contenerse. Y era necesario que se contuviese.

Sonrió de lado al ver a Eris, parecía una niña jugando con tierra en lugar de una mujer sacando viseras.



Frann Gold

Editado: 14.11.2019

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