Una musa para el dios de la guerra.

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La confesión de Dionisio

Daria se dio la vuelta para encontrar los ojos de Tamina. La ira la invadió y quiso lanzarse sobre la oráculo y arrancar esos mechones rizados de su cabeza.

-Tú – soltó. – Todo esto es tú culpa.

-Yo... Ares me pidió que lo guiara a la victoria, y eso hice...

-¿Pero a que costo? Los Fae contra los olímpicos... los mortales... los titanes...

-Lo sé... esto parece realmente malo ahora... pero en el futuro...

-El futuro puede cambiar... no será necesariamente lo que ves... ¿o sí? ¿Puedes asegurarme que todo estará bien?

-No... - respondió Tamina con tristeza - debemos... tener fe.

Daria soltó un suspiro. Daría cualquier cosa para regresar al tiempo en el que nada importaba excepto el estar cautiva. Ese tiempo en el que su única preocupación era que Ares regresara y la llamara para ir a curar sus heridas, cuando le molestaba ser tratada como a una ninfa... no sabía lo pacifica que era su vida entonces.

-Daria... todo estará bien. Esto... debía pasar, estaba destinado a pasar desde que...

-Desde que... ¿qué?

La mirada oscura del oráculo se cruzo con la violeta del dios del vino.

-Desde que tú fuiste concebida... no... desde mucho, mucho antes...

Daría miro hacia atrás, a donde Tamina observaba y se dio cuenta, de que lo que había estado evitando desde hacia tanto tiempo... tenía que suceder, ahora.

Tenía que saber porque había llegado a este mundo.

Debía hablar con su padre.

La musa dejo a Tamina y se encamino hacia Dionisio. Se paro con los brazos en jarras frente a él y le dio la mirada más parecida a la de su madre que pudo replicar. El dios del vino dio un largo trago a su copa y se levanto también.

-Supongo... que es tiempo de que lo sepas...

Mientras tanto, en la batalla, la reina de las hadas no podía evitar pensar precisamente en aquellos mismos recuerdos. Recuerdos de la terrible tarde en la que un olímpico se atrevió a traspasar los lindes de su bosque:

Todo estaba extrañamente calmado. Ni las hadas, ni los elfos, ni los duendes, ni los sátiros se veían por ahí. ¿Qué sucedía?

Zeus al parecer se había cansado de suplicar y se había retirado. Aunque había jurado que ella seria suya a como diera lugar. Morinda sonrió de lado. Olímpicos, jamás serian tan grandes como ellos mismos se sentían.

La reina recorrió el bosque en busca de alguna explicación pero no había indicios de nada extraño, además de que no había ni un solo ser feerico en el bosque.

Se detuvo un momento cerca del rio. Miro su reflejo afligido en el agua cristalina y bebió un poco.

Todo comenzó a dar vueltas de pronto.

Cayo a un lado del rio con fuerzas apenas para respirar.

Todo su cuerpo temblaba. Sus alas ardían justo en donde se juntaban contra su espalda, como si se les estuvieran arrancando.

Grito, no pudo evitarlo, grito por tanto dolor.

El pánico la invadió.

Sus criaturas. ¿Dónde estaban? ¡Que nadie beba del rio!

Su garganta quemaba como si hubiese bebido fuego.

De pronto, algo se movió entre el bosque. Era uno de ellos, un Olímpico.

La miro con tristeza.

-Lo siento, lo lamento mucho... no tenía otra opción. Son... ustedes o yo.

Era joven, muy joven, su cabello era castaño claro y sus ojos violetas. Sus labios rojos y se veía sincero arrepentimiento en su mirada.

-Tú... ¿que... has hecho?

-Yo... yo... puse ambrosia en el rio.

Los ojos de Morinda se abrieron ten grandes podían. Y silenciosas lágrimas cayeron por ellos.

-No. – susurro.

-Lo... lo lamento, no sabía que eso pasaría... yo... yo... solo quería embriagarlos. No sabía que morirían. Por favor. Perdóneme.

Morinda apretó los dientes tan furiosa como débil.

-Largo de mi bosque. – Soltó mientras su pecho ardía como lava.

-Me han enviado... a hacer algo... algo que no... quiero hacer... pero... tengo que...

El chico parecía seriamente mortificado pero Morinda solo podía pensar en todas sus criaturas muertas por ahí, como insectos en el invierno. Y dejo que las lágrimas continuaran corriendo por sus mejillas.

El olímpico la miro y se agacho junto a ella.

-Lo lamento...de verdad...

Se poso sobre ella, tan débil como estaba el hada no pudo defenderse.

Dionisio temblaba. Y sollozaba.

-No quería... no quería matar a nadie... no quería que ellos muriesen...

Morinda apretó los dientes y como toda una reina, decidió aceptar lo que sea que le esperara con orgullo y resignación.

No dijo una palabra más, ni un sollozo volvió a salir de sus labios. Ni una lágrima volvió a caer de sus ojos mientras el dios mancillaba su cuerpo. La reina volvió su rostro, sabiendo que no tenía fuerzas para pelear, por ahora.



Frann Gold

Editado: 14.11.2019

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