Una musa para el dios de la guerra.

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El regreso de Ares.

 

La musa paso los siguientes días distraída. Las musas le preguntaban constantemente el por qué de su comportamiento pero ni ella misma lo entendía. La fruta le parecía menos dulce y el agua menos fresca. El sol menos radiante y el sueño no venia. Jamás había sentido algo así.

Apolo apareció ante ella una noche y la aparto de las demás musas.

-Daria querida. Ares ha regresado de la guerra y su madre me ha pedido que le envié a una de mis musas de nuevo… - la preocupación se podía ver en el rostro del dios.

Daria frunció el ceño, una parte de ella sintió emoción al escuchar estas noticias.

-Daria, no creo que ninguna de las otras pudiera soportar estar cerca de él por mucho tiempo, tú misma viste como se comportaron en la reunión…

-Lo entiendo Apolo. Iré.

 

…….

 

La musa llego ante las enormes puertas doradas del palacio del dios de la guerra. Entro sin siquiera tocar y espero ver la misma escena que la vez anterior, un dios torturado y débil. Pero se encontró con el hombre de pie quitándose la armadura.

Al escucharla se volvió hacia ella y sonrió, no de lado, fue una sonrisa sincera de unos cuantos segundos, antes de percatarse de ella y forzarse a borrarla.

-Apolo… me envió.

-Lo sé, lamento que te enviaran a tan desagradable labor, de nuevo.

La musa se acerco y lo observo. No estaba tan mal herido esta vez. Solo algunas heridas superficiales, la armadura había llevado la peor parte y ella internamente se alegro.

-Te ayudare con eso. – le dijo ella viendo las laceraciones de su rostro y pecho.

Lo hizo sentarse y comenzó a limpiar las heridas de su rostro.

Estaban tan cerca que podían sentir el olor del otro, ella olía a rosas y alguna flor que él no supo identificar y él olía a sangre, polvo y muerte, mezclado con su propio aroma inconfundible. Por alguna razón la musa encontró el aroma varonil y embriagante.

-¿Ganaste?

-Siempre. – soltó el dios orgulloso. Con su voz ronca y profunda.

-¿Hubo muchos muertos?

-Siempre. – repitió, aunque menos orgulloso.

Ella asintió sin mirar sus ojos.

-¿Alguna vez, te has, arrepentido de alguna guerra?

Él dios no tuvo que pensarlo mucho, sabia la respuesta, pensaba mucho en eso. Aun así, tardo en responder.

-La… guerra de Troya. Estuve del lado equivocado por… las razones equivocadas. Y ocurrieron cosas que… aun ahora… lamento… que aun hoy… desearía poder cambiar.

El dios la miro, y aun con la razón nublada por su propio dolor logro ver el de ella.

-¿Qué sucede?

La musa se levanto y le dio la espalda para enjuagar el paño en la infusión de hierbas.

-Se de esa guerra… Un hombre al que amaba, pereció en la guerra de Troya.

Él frunció el ceño, trato de entender pero un nuevo sentimiento lo embargo, dejando de lado el rencor, el dolor y los recuerdos de la diosa de la belleza y de batallas sin sentido, un fuego irrevocable calentó su pecho.

-¿Quién? – pregunto con voz ronca, justo la que usaba cuando le hablaba al enemigo en combate.

La musa termino de enjuagar el paño de lino en la infusión y se volvió. Lo encontró de pie y camino hacia él obligándolo a sentarse de nuevo, comenzando a tratar las heridas de su pecho. Fue entonces cuando se dio cuenta de la luz roja que emitía el dios.

-Respóndeme.

-Él, era un gran guerrero. Aquiles. – respondió la musa frunciendo el ceño.

Aquiles, él lo conocía, había luchado contra él, había sido el causante de la muerte de su hija, nada había disfrutado más que su muerte. Y ahora ella, ella ¿lloraba por él? La cólera comenzó a invadir su mente. Dejo de pensar…

-Escuche que una flecha envenenada traspasó su talón y… murió.

La tristeza en la chica era perceptible para el dios y eso lo enfurecía aun más. Su respiración se acelero y se profundizo como el de un animal enjaulado.

-Ni siquiera, me pude despedir de él. Cuando me atraparon, jamás volví a verlo… fue mi único amigo durante mucho tiempo…

Se dio la vuelta de nuevo, limpiando sus ojos acuosos y al volverse encontró al dios de nuevo de pie. Destellando el brillo rojo y un humo negro que le hizo retroceder. El dios frunció el ceño, quiso atraparla y acercarla de nuevo.

Después de un momento en el que lo miraba confusa soltó:

- ¿Qué te pasa? Tus ojos están rojos.

El dios dio un paso atrás y se extraño y alegro al mismo tiempo. No muchos tenían la suerte de verlo con su esplendor divino y vivir para contarlo. Regularmente cuando el brillo rojo resaltaba la muerte corría a su presencia.

-No importa ya… sucedió hace tanto tiempo… estará feliz en los campos Elíseos… preparare el baño.

Verla alejarse le resulto tortuoso incluso por esa fracción de tiempo, no pudo evitar ir tras ella y verla preparar la tina con sales aromáticas y pétalos de flores desde el umbral.



Frann Gold

Editado: 14.11.2019

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