Una musa para el dios de la guerra.

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La decisión de Ares.

 

Hera lo miro furica. El dios mayor fingió que no se daba cuenta y permaneció en su trono viendo a su hijo mayor hasta que este se hubo marchado con fuertes pasos y rompiendo todo a su paso.

-¿Cómo te atreves? – soltó la diosa.

-Hace mucho que di la orden. Las musas le pertenecen a Apolo.

-¡Tu bastardo no es superior a mi hijo! – grito la reina furiosa.

Zeus al fin la miro, Hera parecía una fiera.

-La orden fue dada ya. – soltó aunque hubiese preferido no hacerlo.

Hera se acerco lentamente a él, su mirada pudiera haber derretido un glaciar.

-Le darás esa mujer a mi hijo Zeus, o juro, que matare a tu bastardo.

Zeus tenso la mandíbula. Si Hera no había matado a Apolo antes era solo porque después de todo, tenía un corazón, un corazón que sabía que la culpa de los errores del padre no debía recaer en los hijos. Pero no podía darse el lujo de provocarla porque así como tenía corazón también tenía una sed de venganza terrible.

-Lo he hecho por su bien. La mujer es mitad fae. No son de fiar, le arrancara el corazón mientras duerma.

-Eso no es tu asunto. Dale la mujer a mi hijo Zeus, o te atendrás a mi ira.

Hera salió de templo y cuando lo hizo el mismo Zeus se estremeció. Un temblor colosal sacudió el templo haciendo que todas las estatuas de Zeus cayesen al suelo hechas añicos.

El dios rey gruño furioso. De alguna manera debía impedir que Ares tuviera a esa fae. ¿Pero cómo? ¿Cómo hacerlo con Hera de su lado?

.....

El dios se levanto sin que la musa despertara. El día estaba comenzando de nuevo, maldijo al sol, maldijo a Apolo. Maldijo a su padre.

Miro a la musa enredada entre sus sabanas y sonrió de lado. Era tan tierna y frágil. Sus mejillas estaban sonrojadas y sus labios rojos e hinchados. Los de él mismo estaban rojos e hinchados debido a los besos dados durante la noche entera.

Trato de encontrar la forma de quedársela, él quería a la musa. Pero su padre se la había negado. ¿Cómo tenerla si su padre ordenaba devolverla?

Además estaba la alegata de Apolo.

-La musa morirá – había dicho – sin inspirar y sin mi energía se debilitara. Sin poder inspirar a los mortales entristecerá hasta desear la muerte. Y al final, morirá. No puedes dejar que muera por tu capricho Ares.

Ares gruño y bebió de la botella de ambrosia. Maldito Apolo, jactándose de cuento lo necesitaba su musa. Porque era suya. No de Apolo, no más. Él la había reclamado. Él la había poseído y la musa le pertenecía. Aunque ella dijera lo contrario. Incluso la había marcado, en el cuello, senos y caderas de la musa se podían ver las marcas dejadas por el dios, a propósito. Para que todos vieran que tenía un dueño. Para que a nadie se atreviera a acercarse.

La musa se removió y tembló por el frio. El dios se acerco y la cubrió con la manta, su cabello de fuego estaba esparcido por la almohada y Ares sonrió mientras lo acariciaba. Podía imaginarla jugueteando en el bosque, espiando mortales, bañándose en algún lago. Brillando bajo la luz de la luna. Era donde debería estar, donde pertenecía. No encerrada en un templo. Ella debía ser libre. Además, si él no podía tenerla, nadie podría. 

-Musa – susurro en su oído. – Despierta musa. Es hora de marcharnos.



Frann Gold

Editado: 14.11.2019

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