Una musa para el dios de la guerra.

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Equivocaciones.

 

Ares despertó entre sabanas rojas, el olor le era familiar, su cabeza dolía, pensaba que la causa había sido mezclar el vino con la ambrosía. Le gustaba el vino, le recordaba a ella, pero no le daba el efecto que la ambrosía.

Quito su brazo, que se encontraba tapando sus ojos pues la luz lo lastimaba. Sintió el cálido cuerpo de alguien a su lado. Se volvió para ver el familiar tono de cabello de la mujer.

Maldijo en su interior. Maldijo en voz alta, y fue entonces cuando la diosa despertó.

-Ares, amor, es muy temprano, vuelve a dormir. – soltó Afrodita somnolienta. – ¿O prefieres… hacer algo más? – pregunto sonriendo mientras acariciaba su pecho.

No, no, no, no. No había podido ser tan estúpido.

Salió de la cama y se vistió tan rápido como pudo, maldiciéndose a cada instante. Afrodita se levanto también y lo siguió hasta la puerta del templo.

-Descuida Hefesto no volverá hasta dentro de…

-No me interesa Hefesto. ¡Demonios!

-Ares… tranquilízate… - soltó la diosa poniendo una delicada mano sobre su musculoso brazo.

El dios se aparto de ella con un brusco movimiento. No recordaba como había llegado ahí, solo se recordaba bebiendo hasta casi caer inconsciente y… extrañando tanto a la musa… tanto…

-No me toques. – siseo.

La diosa se molesto. Puso sus brazos en las caderas sin importarle encontrarse totalmente desnuda.

-Ares, fuiste tú quien vino a mí anoche. No tienes ninguna razón para tratarme así ahora.

Las palabras quemaron en la razón del dios, no había sido tan estúpido como para ir a ella… cerró sus ojos con fuerza y se maldijo de nuevo.

-¿No? ¿Ninguna razón? ¿Qué te parece el que me hayas traicionado hace tantos años, eh? ¿Te parece poco? – soltó con la mandíbula tensa.

La diosa bajo los brazos y los cruzo sobre su pecho. Hizo un puchero con los labios.

-Eso fue hace tanto, ¿no puedes olvidarlo y…? - Trato de tocarlo de nuevo pero el dios la rechazo.

-Lamento haber venido anoche. Fue una equivocación yo… estaba…

-¿Desesperado?

El dios al fin la vio a los ojos. Esos ojos violeta que en algún momento venero. Le parecieron fríos, sin vida.

La diosa se dio la vuelta.

-¿Dime Ares? ¿Quién es Daria? – soltó la diosa creyendo recordar ese nombre de algún lado pero sin poder recordar de donde.

El dios se quedo de piedra.

-¿Daria?

Daría, el rostro de la musa llego a su mente y por alguna razón se lleno de vergüenza. Recordó su promesa a la musa “Nadie más que tú, lo juro por mi honor... ninguna otra mujer pisara este templo más que tú” bueno, no había faltado a su promesa después de todo, fue él quien había ido al templo de Afrodita, al menos no había profanado su templo, lamentaba no poder decir lo mismo de su orgullo.

-La mencionaste anoche, en algún momento, no recuerdo exactamente cuándo – soltó la diosa fingiendo desinterés, el dios la había llamado por ese nombre toda la noche y ella necesitaba saber quién era la mujer que había ocupado los pensamientos del dios mientras estaba con ella.

Ares se apresuro a salir del templo, la diosa lo siguió.

-¿No me dirás? ¿Es que es importante? – cubrió su furia con burla.

-No es de tu incumbencia.

-Te equivocas dulce Ares, si es de mi incumbencia. Lo mío, no me gusta compartirlo.

Ares se volvió y la tomo por el cuello.

-No vuelvas a referirte a mí como tuyo diosa vanidosa. O te arrancare la cabeza ¿entiendes? - siseo levantándola del suelo mientras la asfixiaba.

Afrodita trato de asentir pero le fue imposible, al fin, Ares la soltó y cayó al suelo tratando desesperadamente de respirar.

Había vuelto al Olimpo para vénganse, no para enredarse con Afrodita de nuevo, quería desesperadamente creer que no era tan débil. Quería creer que no volvería a caer tan fácilmente en los falsos encantos de una mujer, menos aun de esta mujer quien tanto daño le había causado.

Ares subió a su carro y los caballos galoparon tan rápido que el templo rápidamente se convirtió en un punto lejano pero por más que trato de dejar su vergonzoso acto en aquel lugar, no lo logro, lo llevo con él.

Preparo el baño en cuanto llego a su templo, entro en el agua sintiéndose sucio, lleno de vergüenza. Descanso su cabeza en la orilla y recordó como la musa solía lavarle el caballo, él solía mirar sus labios embelesado mientras ella lo hacía, sus labios, sus ojos, su cuello, su escote… cubrió su rostro con sus manos, ¿Cómo podía pensar en ella ahora? ¿Qué pensaría ella si supiese lo que había hecho la noche anterior? ¿Estaría ella con algún hombre Fae… con ese estúpido elfo, Eldrick?

El mero pensamiento lo llenaba de cólera aunque sabía que no tenía ningún derecho sobre ella ahora…

Su corazón latía como si estuviera en batalla y no entendía por qué. Tantos sentimientos dentro de él, sentía como si fuese a explotar. Solo era una musa, una musa que no volvería a ver jamás. ¿Por qué sentía esa opresión en el pecho cada vez que la recordaba? ¿Por qué no podía dejar de pensar en ella?



Frann Gold

Editado: 14.11.2019

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