Una musa para el dios de la guerra.

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La familia de Ares

 

-¿En dónde estamos?

El dios le había pedido que cerrara los ojos y se aferrara a él. Después de eso, todo se vivió negro, el mundo dio un par de vueltas y la musa sintió sus fuerzas abandonarla. Cuando abrió los ojos el dios la sostenía con ternura y le sonreía dulcemente.

-En Tracia. Mi hogar.

La musa vio el templo, era apenas un templo. Estaba algo abandonado y el tiempo comenzaba a deteriorarlo. Entraron en él y Daria vio una enorme estatua de Ares, al menos eso se suponía, porque aquel hombre era todo menos algo parecido a su dios.

-¿Se supone que eres tú?

Ares sonrió. La llevaba de la mano alrededor de la enorme estatua.

Detrás de esta el dios hizo abrir una curiosa puerta. La musa la miro con curiosidad.

-Solo un dios puede abrirla. Y solo yo lo hare, si algún otro dios se atreve a usurpar en mi hogar deseara ser mortal para que su sufrimiento termine algún día. Son contadas las personas a las que dejo entrar aquí. – dijo guiándola por el oscuro pasillo.

-¿Por qué volviste al Olimpo si amas tanto este lugar?

-Venganza... - su voz sonó como un gruñido y se volvió a la musa, su expresión se suavizo – pero ahora sé que fue el destino. De no haber vuelto, no te habría conocido.

La musa se sonrojo mientras continuaban por el largo corredor.

Vio que un par de antorchas iluminaban el final. Cuando al fin las alcanzaron la claridad l inundo. Era una sala. Como cualquier otro templo que ella hubiese visto, adornado con oro y plata y miles de velas.

Había una fuente y una mesa con fruta fresca.

-Oh, este lugar es más grande de lo que parece.

Ares sonrió. La llevo hasta el dormitorio igual de adornado o más que el que tenía en el Olimpo.

-Lindo. – soltó la musa al ver que el dios no continuaba más allá del lecho.

El dios sonrió y extendió su mano para atraerla junto a él.

Después de reposar entre las sabanas durante un largo tiempo Ares se levanto.

-Debes estar hambrienta. Veré que se prepare la cena. Mientras puedes darte un baño.

La llevo hasta el cuarto de baño en donde la esperaba una enorme tina con agua caliente y pétalos de rosa.

-¿Como...?

Ares la beso dulcemente.

-Te presentare a alguien especial en la cena. – en su voz la musa escucho nerviosismo y las dudas la invadieron. – tenles paciencia, son algo... idiotas.

El dios salió del baño dejándola descansando dentro de la tina. Reposo tanto tiempo ahí hasta que sintió que se deslizaba alada por el sueño.

Salió de la tina relajada y feliz. Encontró en la cama un hermoso vestido dorado esperándola junto con todo lo que una mujer necesitaría. Sonrió ante los preparativos del dios.

Salió de la habitación sin hacer ruido y escucho la potente voz del dios charlando con alguien más. Cuando se presento ante la enorme mesa alumbrada con candelabros de tres brazos encontró a Ares, como todo un rey, sentado a la cabeza de la mesa, con aire relajado, sonreía ampliamente a dos hombres y una mujer. Llevaba una túnica blanca con un himatión rojo.

Sus ojos se posaron en ella y un brillo de pasión y dulzura los iluminaron.

Se levanto y la ayudo a sentarse a su lado.

Daría sentía su corazón palpitar contra su pecho tan fuerte que sentía saldría por su garganta.

-Daria, estos son Deimos y Phobos. Mis hijos. Ella es Enio. Mi hermana.

Daría los miro uno por uno y asintió con la cabeza como saludo, no se atrevió a hablar porque pensó que su voz se había perdido cuando intentaba que el corazón desistiera en su huida.

Deimos y Phobos eran exactamente iguales, al menos para ella porque al parecer Ares los diferenciaba bastante bien. Eran altos, su cabello negro como el de Ares, no llevaban barba pero estaba segura que de hacerlo sería igual que la de Ares también. Se le parecían mucho, excepto en los ojos, los ojos de Ares dorados y cálidos estaban reemplazados por un par de pares de color lila.

Daría reconoció esos ojos de inmediato. Eran los mismos ojos de Afrodita.

Su pecho se contrajo y estuvo segura de haber hecho una mueca desagradable porque Ares comenzó a moverse algo nervioso. La relación que la musa tenia con la diosa era tensa. La diosa se la pasaba diciendo que ella no merecía un lugar entre los dioses por ser mitad hada, lo que era peor que ser una arpía en su opinión, todo el tiempo trataba de ridiculizarla y en las reuniones de Apolo exigía que no la tratara ella, sino otra musa.

Un día Apolo harto de los caprichos de la diosa le dijo que era libre de irse si no se sentía bien al lado de sus musas. Ella alego diciendo que ella no era una musa de verdad y solo era un hada vulgar. Daría tuvo que acudir a toda su paciencia para no saltarle encima a la diosa y arrancarle esa sedosa melena castaña y no sacarle esos ojos, esos ojos purpuras que ahora veía doble. A ver qué tan linda seguía luciendo, Apolo la tomo por los hombros con ternura y la diosa rabiosa salió del lugar.

No solo estaba molesta por la musa, sino porque Apolo la había rechazado, ella solo quería lastimarlo y la mejor forma de lastimar al astro rey era metiéndose con sus soles. Apolo no permitió esto, por supuesto y la puso en su lugar de inmediato. Era como la quinta vez que la rechazaba desde que Daria se encontraba en el Olimpo y la diosa cada vez se mostraba más furiosa. Afrodita tomo la protección de Apolo sobre la musa hada como algo personal y desde entonces su mirada de odio la perseguía por todo el Olimpo.



Frann Gold

Editado: 14.11.2019

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