Una porquería infrecuente

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Noviembre 29

Acostumbraba darle a leer todos mis escritos, desde los inéditos, que en la vida verían la luz, hasta aquellos que había trabajado suficiente para mostrar al mundo, cuando vivíamos juntos, se los dejaba en la mesa del comedor, el iba a trabajar, cuando lo hacía, y volvía con una opinión más bien desagradable, cosa que en aquel entonces consideré como crítica con el propósito de construir, en intención de impresionarle, probé tantos estilos que no puedo contarlos, y tantos géneros que me es imposible describir, pero mis historias seguían pareciéndole vacías, él era ya un gran escritor, a estas alturas tenía tres libros, algunos cuentos, hacía relatos para algunas revistas, y se ganaba la vida. Cuando se fue, sin decir nada, se las envié por correo postal, pero sus críticas no volvieron, y con el tiempo, supe que él no volvería, entonces escribí sobre su ausencia, sobre la suavidad de sus manos, sus ojos al mirarme, su sonrisa con descripción particular de cada uno de sus dientes, y de su forma de amar, que hasta ese entonces, me había parecido extraordinaria, como no lograba seguirle la pista, publiqué todo aquello, con la esperanza de que en algún lugar del mundo, me leyera como antes.

Cuando luego de catorce años fui nominada al nobel, Saimond estaba ahí, con su barba de dos días, sus ojeras enormes, y sus expresivos ojos.

¡BRAVO!

Fue lo que dijo cuando le vencí, y comenzó a enviarme sus escritos por correo.



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En el texto hay: pensamientos, vivencias raras, odio a la humanidad

Editado: 31.12.2019

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