Una Rosa Para Ti...

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Capítulo Treinta y tres

(***)

  • Estarás súper feliz de tenerla tan cerca ¿verdad? – dice Ricardo acercándose sin bajarme la mirada. 
  • ¿Qué es lo que quieres Ricardo? – respondo con cara de cansancio por lo mismo de siempre - ¿Qué es lo que pretendes con todo esto?
  • Te quiero a ti y a mi hija.
  • Valentina está en su habitación, hace poco se quedó dormida.
  • Anghela, no puedes seguir evitándome - me toma por la cintura.
  • Disculpen, – Priscila se aclara la garganta, estaba junto a Yaneth – no queríamos interrumpir, vamos querida – toma de la mano a Yaneth y suben las escaleras.
  • Suéltame Ricardo, – me suelto de su agarre – no quiero que vuelvas hacer lo que has hecho.
  • ¡Eres mi mujer! – acorta la distancia.
  • Basta con eso ¿sí? – me alejo de él – buenas noches.
  • Anghela, – me detiene del brazo – te amo.
  • Eso lo hubieras pensado… antes de meterte con Vania. – planto mi mirada en sus ojos y me voy a mi habitación.

El fin de semana fue totalmente divertido, estábamos disfrutando de la vitalidad que siempre resplandecía en Yaneth. El domingo decidimos salir a pasear un rato, ella insistía en manejar, pero Priscila y yo se lo negamos cual pequeña regañada, al decirle que ella se encargaría de cuidar de Valentina se olvidó de todo, de discutir, de poner peros, para mostrar la más bella sonrisa. Fuimos a caminar por la playa, mientras Yaneth nos tomaba fotos, estuvimos por el malecón y en el secreto de mi padre, y siempre sin soltar su cámara. Cuando volvimos a casa se le notaba cansada, pero no dejaba de sonreírnos, al parecer los paseos largos eran agotadores para Yaneth, así que no cenó y se despidió subiendo a descansar.

  • Hola – entro después de tocar la puerta.
  • Princesa – se encontraba echada en cama.
  • ¿Te encuentras bien? - asiente – no me engañas ¿cierto? – me siento a un lado de su cama.
  • Claro que no, – sonríe – solo me siento cansada - toco su frente para cerciorarme que no tenga fiebre, no lo tenía – ¿qué me has traído? - mira la bandeja que estaba entre mis manos.
  • Un emparedado con una taza de anís, no es bueno que duermas con el estómago vacío.
  • Gracias, – se sienta – no tengo hambre, pero antes de que me regañes lo comeré ¿está bien?  - asiento.
  • Escúchame, - me mira mientras come - si te siente mal… no dudes en tocar mi puerta. ¿entendido?
  • ¿y para otra cosa no puedo tocar? – sonríe pícaramente.
  • ¡Payasa! – golpeo suavemente su frente – veo que ya te sientes mejor.
  • Te dije que estaba bien, – toma su anís – pero creo que fue un pretexto para verme antes de irte a dormir ¿cierto? – vuelve a sonreírme como antes.
  • Como ya terminaste me voy, malcriada. – tomo la bandeja y me levanto de la cama – Que tengas buenas noches – camino a la salida.
  • ¡Anghela! – detengo mi paso y volteo a mirarla – gracias.
  • De nada, que descanses. – salgo de su habitación y bajo a la cocina.

Hoy lunes le tocaba su vacuna a Valentina, Yaneth se despertó temprano, nunca solía hacer eso, si por ella fuera a partir del medio día empezaba a hacer sus cosas, pero veo que el estar mucho tiempo en cama le ha servido para algo bueno.

  • Que milagro temprano –digo entrando a la habitación de Valentina, lugar donde estaba ella jugando con la bebé.
  • Tengo que hacer algunas cosas.
  • ¿También saldrás? – tomo a Valentina para asearla.
  • ¿También? – mira mi rostro y volteo a verla
  • Valentina y yo saldremos.
  • Entonces vayamos juntas – asiento
  • ¿A dónde irán juntas? – dice entrando Priscila – buenos días. 
  • Señora Priscila, no la recordaba tan curiosa, – besa su mejilla – buenos días madre.
  • Bueno… la edad, que te puedo decir – reímos.
  • Hoy le toca su vacuna a Valentina y Yaneth también saldrá.
  • ¿¡También saldrás!? – pregunta Priscila abriendo desmesuradamente los ojos.
  • Si madre, saldré.
  • Bien, iré contigo – ahora entiendo de donde saco Yaneth lo de la auto invitación.
  • Lo siento, señora Priscila… pero usted no me puede acompañar.
  • ¿Por qué no?
  • Si, porque no puede acompañarte – secundo a mi suegra.
  • Porque… siempre he sido… muy independiente y eso me hace sentir… escúchame madre, que te parece si vamos juntas en mi auto, las dejo en el hospital y luego las recojo para salir a comer en tu restaurante favorito, ¿Qué dices?
  • A mí me parece que estás ocultando algo – intervengo.
  • ¿ocultando? ¿yo? – la miro con mis ojazos asintiendo.
  • Hablando de ocultar, – interviene Priscila – hace mucho que no veo a Amanda, ¿Qué pasó? ¿se han peleado?
  • ¿Amanda? Ella… tuvo que regresar… a Canadá.
  • ¿Canadá? Pero si ella trabaja en Estados unidos.
  • ¡Exacto! Estados unidos – responde nerviosa por su mentira.
  • Ya, no desviemos el tema ¿que nos estás ocultando? – vuelvo arremeter.
  • ¡Anghela! – me hace un gesto que bien conozco y sé significa, no sigas porque hay algo.
  • Bueno, mi Valentina está lista para irnos – la levanto en brazos y la beso.
  • Entonces… ¡vámonos! – sale Yaneth de la habitación con cara de alivio.
  • Iré por mi cartera – Priscila camina a su habitación.
  • A mí no me engañas, ¿qué ocultas? – enfrento a Yaneth.
  • Es algo relacionado con Amanda, – responde – necesito reunirme con ella y asegurarme que sea la última vez.
  • ¿Qué está pasando? – pregunto preocupada.
  • Quiere contarle todo a mi madre, – me mira fijamente – debo cerrarle la boca.
  • ¿Cómo harás eso?
  • Descuida, yo me encargo – me guiña el ojo.
  • Estoy lista, ¡vámonos! – sale Priscila
  • ¡Pero que madre más guapa tengo! – abraza y besa en la mejilla a su madre.
  • ¿Vamos?, - me mira y asiento - no temas, todo lo tengo bajo control – dice muy cerca a mi oído.



April Ge

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En el texto hay: anghela, yaneth, ricardo

Editado: 15.05.2019

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